El deshielo del Himalaya entra en zona crítica y amenaza el agua de media Asia

El Himalaya vuelve a situarse en el centro de la crisis climática mundial. Un informe abreviado publicado en septiembre de 2026 por Systemiq, en colaboración con Integrated Mountain Initiative y con aportaciones técnicas de ICIMOD y del G.B. Pant National Institute of Himalayan Environment, advierte de que la cordillera está acercándose a una zona de no retorno. La señal más clara está en sus glaciares: pierden masa un 65% más rápido que hace una década y, si las emisiones siguen la trayectoria actual, el Hindu Kush Himalaya podría perder hasta el 80% de su volumen glaciar actual para finales de siglo.

La noticia no habla de un glaciar aislado ni de una montaña remota. El sistema Hindu Kush Himalaya se extiende desde Afganistán hasta Myanmar y actúa como una enorme reserva natural de agua para ríos que sostienen agricultura, ciudades, energía hidroeléctrica y economías enteras. Se le llama a menudo el “Tercer Polo” porque concentra la mayor cantidad de hielo fuera del Ártico y la Antártida. La diferencia, incómoda, es que bajo este sistema helado viven o dependen cientos de millones de personas, muchas de ellas en regiones ya expuestas a monzones extremos, deslizamientos e inundaciones repentinas.

El informe sitúa el problema en una fase especialmente peligrosa: la llegada al llamado “pico de agua”. Durante un tiempo, el deshielo puede aumentar el caudal de los ríos porque los glaciares liberan más agua de la habitual. Ese aumento, que a primera vista podría parecer una ventaja, es una señal de agotamiento. Cuando la masa de hielo se reduce lo suficiente, los caudales dejan de crecer y empiezan a caer. Según la advertencia difundida por Reuters el 14 de septiembre de 2026, ese punto podría llegar hacia mediados de siglo, con consecuencias profundas para la seguridad hídrica regional.

El Himalaya no solo pierde hielo: está alterando el calendario del agua del que dependen hogares, cosechas, presas y ciudades enteras.

La dimensión del riesgo se ve con especial claridad en India. El nuevo análisis señala que el agua vinculada al Himalaya sostiene más del 20% del PIB indio, aunque los estados de montaña reciben solo una pequeña parte de ese valor económico. La paradoja es dura: las zonas que conservan los bosques, glaciares, manantiales y cuencas altas cargan con costes de construcción más altos, carreteras más vulnerables y amenazas climáticas crecientes, mientras buena parte de los beneficios se acumula río abajo, en llanuras agrícolas, industrias y áreas urbanas.

A esa presión lenta se suma un peligro súbito: los lagos glaciares. A medida que los glaciares retroceden, dejan depresiones donde se acumula agua. Muchas de esas masas de agua quedan retenidas por morrenas, es decir, diques naturales de roca suelta, hielo y sedimentos. Pueden resistir durante años, hasta que una avalancha, lluvia extrema, terremoto o simple sobrecarga las rompe. Entonces llega una riada repentina, cargada de barro, rocas y troncos, capaz de bajar por valles estrechos con muy poco aviso.

India ya ha catalogado 189 lagos glaciares de alto riesgo en la región himalaya, de los cuales 56 están clasificados como de riesgo “muy alto”, según datos oficiales comunicados en 2026. Es una cifra que convierte el problema en algo más concreto que una proyección climática. No se trata solo de cuánto hielo se perderá en 2100, sino de qué pueblos, carreteras, puentes, centrales hidroeléctricas o cultivos quedan hoy bajo lagos inestables que apenas pueden vigilarse de cerca.

La vigilancia sigue siendo uno de los puntos más débiles. Reuters recoge que solo 21 glaciares se monitorizan actualmente sobre el terreno de un total estimado de unos 40.000 en la región Hindu Kush Himalaya. ICIMOD, por su parte, había señalado en marzo de 2026 que los glaciares de la región perdieron alrededor del 12% de su superficie y el 9% de sus reservas estimadas de hielo entre 1990 y 2020. La lectura es inquietante: la ciencia sabe que el sistema cambia deprisa, pero todavía observa muchas zonas casi a ciegas.

La cordillera que alimenta grandes ríos asiáticos está entrando en una fase en la que los mapas de riesgo envejecen más rápido que las infraestructuras construidas para resistirlos.

El informe también pone el foco en el carbono negro, partículas oscuras procedentes en parte de hornos de ladrillo y otras fuentes de combustión que se depositan sobre la nieve y el hielo. Al oscurecer la superficie, hacen que absorba más radiación solar y se funda antes. Systemiq calcula que aproximadamente un tercio del deshielo glaciar del Himalaya estaría impulsado por este factor, una palanca regional más inmediata que la reducción global de gases de efecto invernadero, aunque ambas sean necesarias.

El aviso llega después de meses de desastres en la región y de una creciente preocupación por las inundaciones de origen glaciar. En India, el Gobierno ha aprobado programas de mitigación para estados del Himalaya como Himachal Pradesh, Uttarakhand, Sikkim y Arunachal Pradesh, con inventarios, sistemas de alerta temprana y evaluaciones técnicas de lagos peligrosos. Es un avance, pero parece insuficiente frente a una cordillera que cambia al mismo tiempo por calor global, contaminación regional, obras en alta montaña y ocupación de valles expuestos.

El mensaje de fondo es sencillo y bastante incómodo: el Himalaya ya no puede tratarse solo como paisaje, frontera o destino turístico. Es una infraestructura natural de escala continental. Si sus glaciares cruzan determinados umbrales, el impacto no se quedará arriba, entre picos y pasos de montaña. Bajará por los ríos, atravesará fronteras y llegará a campos, ciudades, presas y presupuestos públicos que dependen de una estabilidad que empieza a desaparecer.

Chile, primer país sudamericano validado por la OMS por eliminar la rabia canina

Chile recibió la validación de la Organización Mundial de la Salud por haber eliminado la rabia humana transmitida por perros como problema de salud pública, un reconocimiento que coloca al país en un lugar poco habitual dentro del mapa sanitario mundial: el de las amenazas que no desaparecen por casualidad, sino por vigilancia sostenida durante décadas. La confirmación fue comunicada por la OPS/OMS el 14 de septiembre de 2026 en Santiago, Washington D. C. y Ginebra, y convierte a Chile en el primer país de América del Sur con esta validación para la rabia transmitida por perros. No significa que el virus haya dejado de existir en todo el territorio ni que pueda bajarse la guardia, pero sí que la transmisión canina a personas quedó interrumpida y que el sistema nacional demostró capacidad para evitar que vuelva a instalarse.

La clave temporal ayuda a entender la dimensión del logro. El último caso chileno de rabia humana transmitida por perros se notificó en 1972. Desde entonces han pasado más de cincuenta años de campañas de vacunación de mascotas, vigilancia epidemiológica, diagnóstico de laboratorio, educación comunitaria y atención rápida de personas expuestas. La imagen resulta sencilla, casi doméstica: perros vacunados puerta a puerta, municipios siguiendo mordeduras sospechosas, laboratorios atentos a muestras y equipos de salud aplicando profilaxis postexposición a quienes lo necesitaban. Vista desde fuera, puede parecer una rutina burocrática; vista desde la rabia, que es casi siempre mortal cuando aparecen los síntomas, es precisamente la diferencia entre un susto y una tragedia.

Chile no ha recibido una medalla simbólica, sino una validación técnica. Para conseguirla presentó un expediente con evidencias de que cumplía los criterios internacionales establecidos por la OMS. Ese material fue revisado por un grupo independiente de expertos convocado por PANAFTOSA, el centro especializado de la OPS en salud pública veterinaria. La evaluación debía demostrar dos cosas a la vez: la ausencia sostenida de muertes humanas por rabia transmitida por perros y la existencia de sistemas capaces de detectar, responder y contener una posible reintroducción.

Más de medio siglo sin casos humanos por transmisión canina no es una casualidad: es el resultado visible de vacunas, vigilancia y respuesta rápida.

La rabia es una enfermedad viral zoonótica que afecta al sistema nervioso central y se transmite, sobre todo, a través de mordeduras o arañazos con saliva infectada. La OMS recuerda que los perros son responsables de hasta el 99% de los casos humanos de rabia en el mundo y que, una vez aparecen los síntomas clínicos, la enfermedad es prácticamente mortal. Esa dureza explica por qué la noticia chilena pesa más que una certificación administrativa. En términos simples, un país ha logrado mantener cerrada durante décadas una de las rutas más antiguas y letales entre animales domésticos y personas.

El reconocimiento llega en un momento en el que las Américas acumulan un descenso notable de la rabia humana transmitida por perros. Desde 1983, los casos en la región han caído más de un 98%, aunque todavía se notifican algunos cada año. El contraste global sigue siendo áspero: la rabia transmitida por perros continúa causando decenas de miles de muertes anuales, principalmente en Asia y África, pese a que existen herramientas conocidas para prevenirlas. De ahí que Chile funcione como escaparate, pero también como recordatorio incómodo: el control exige dinero, constancia y coordinación, no solo vacunas disponibles en una bodega.

La ministra de Salud chilena, May Chomalí, situó el resultado en el trabajo acumulado de políticas públicas, vacunación de mascotas, profilaxis para personas expuestas y cooperación con municipios y comunidades. Ese punto es importante porque la rabia no se controla únicamente desde una oficina nacional. Hace falta que alguien registre mordeduras, que los dueños vacunen, que los equipos locales sepan qué hacer cuando aparece un animal sospechoso y que los hospitales actúen sin retrasos. Es una cadena larga; si se rompe en un eslabón pequeño, el riesgo vuelve a asomar.

La validación no elimina toda la rabia en Chile: obliga a sostener la vigilancia, especialmente ante variantes asociadas a fauna silvestre.

El matiz final evita una lectura triunfalista. En las Américas, cuando la transmisión canina está controlada, los murciélagos hematófagos y otros animales silvestres pueden seguir siendo fuentes de virus rábico. Por eso la validación de la OMS no equivale a declarar al país libre de cualquier forma de rabia. Equivale a reconocer que una vía concreta, la del perro al ser humano, dejó de ser un problema de salud pública y que existen barreras para que no reaparezca. La diferencia puede parecer técnica, pero es decisiva para no relajar la vigilancia.

Chile suma así un hito que mezcla ciencia, salud pública y una paciencia institucional poco vistosa. La noticia no tiene el estruendo de una vacuna nueva ni de un hospital recién inaugurado, pero contiene algo más raro: una política que se sostuvo lo suficiente como para volver invisible una enfermedad. Y ahí está, quizá, la parte más llamativa. La mejor victoria contra la rabia no se ve en una sala de urgencias llena, sino en esa mordedura que se atiende a tiempo, en ese perro vacunado antes de morder y en ese caso humano que nunca llega a producirse.

La demanda mundial de madera crece mientras los grandes bosques desaparecen

El mundo se enfrenta a una contradicción difícil de ordenar: necesita más madera para construir, empaquetar, fabricar papel, producir fibras y sustituir materiales intensivos en carbono, pero al mismo tiempo pierde bosques a un ritmo que sigue siendo demasiado alto. La advertencia volvió a tomar fuerza el 9 de septiembre de 2026, cuando Reuters puso el foco en una tensión que ya aparece en los informes de la FAO, el World Resources Institute y los organismos que vigilan la deforestación: la demanda global de productos de madera procesada podría aumentar un 37% hasta 2050, mientras incendios, tala, agricultura y degradación forestal siguen reduciendo o debilitando masas forestales clave.

La cifra del 37% procede del informe Global Forest Sector Outlook 2050, publicado por la FAO junto con la Organización Internacional de las Maderas Tropicales y Unique Land Use. En el escenario de continuidad, el consumo de madera aserrada, tableros, chapa, contrachapado y pasta de madera llegaría a 3.100 millones de metros cúbicos equivalentes de madera en rollo en 2050. No es una predicción marginal: refleja una economía más poblada, más urbana y con mayores ingresos en regiones emergentes, donde aumentarán el consumo de muebles, embalajes, vivienda, papel y textiles derivados de celulosa.

La madera también ocupa un lugar ambiguo en la transición climática. Usarla en construcción puede reducir parte de la demanda de acero y cemento, dos materiales con una huella elevada de emisiones. Los productos de madera técnica, como la madera laminada cruzada, aparecen a menudo en planes de edificación baja en carbono. El problema es que esa ventaja solo existe si la madera procede de bosques gestionados de forma sostenible, plantaciones bien ubicadas o restauración de tierras degradadas. Si el suministro sale de bosques primarios, concesiones mal vigiladas o cadenas opacas, el remedio climático puede terminar alimentando el daño que pretendía evitar.

La presión no llega a un paisaje intacto. Según los datos más recientes del World Resources Institute y Global Forest Watch, el planeta perdió 4,3 millones de hectáreas de bosque tropical primario en 2025, una superficie similar a Dinamarca. La cifra bajó un 36% frente al récord de 2024, pero sigue siendo enorme. Los incendios, además, se han convertido en una amenaza cada vez más pesada: en 2025 causaron el 42% de los 25,5 millones de hectáreas de pérdida de cobertura arbórea mundial. En horizontes más largos, Reuters resume que, entre 2001 y 2025, los incendios aportaron el 30% de la pérdida de cobertura arbórea y la tala el 25%, mientras la agricultura continúa siendo el principal motor de deforestación permanente.

La madera puede ser parte de la transición climática, pero solo si no empuja la frontera forestal hacia los bosques que aún conservan más biodiversidad y carbono.

La fotografía cambia según la región. En los trópicos, la expansión agrícola suele tener un papel dominante cuando el bosque desaparece de manera permanente. En los bosques boreales y templados, incendios y aprovechamientos madereros explican buena parte de las pérdidas de cobertura. Esa distinción importa porque no toda pérdida forestal es igual: una tala planificada puede regenerarse, al menos en teoría, mientras que la conversión a cultivo, pasto, mina o urbanización cambia el uso del suelo. Aun así, incluso las pérdidas llamadas temporales pueden dejar cicatrices largas: suelos compactados, especies desplazadas, ríos más calientes y masas forestales más vulnerables al fuego siguiente.

En este contexto, la trazabilidad se ha convertido en una palabra incómoda. La Unión Europea prepara la aplicación plena de su Reglamento sobre productos libres de deforestación, conocido como EUDR, desde el 30 de diciembre de 2026 para operadores grandes y medianos, con un calendario posterior para parte de las micro y pequeñas empresas. La norma exige que productos como madera, papel, cacao, café, soja, aceite de palma, caucho y ganado no procedan de terrenos deforestados o degradados recientemente, y obliga a aportar geolocalización de las parcelas de origen. Sobre el papel, es un salto importante. En la práctica, la cadena de la madera es una de las más difíciles de seguir desde el árbol hasta el producto final.

La dificultad no es solo técnica. El comercio internacional de madera ilegal sigue moviendo cantidades enormes de dinero. Interpol estima que el comercio de madera talada ilegalmente tiene un valor anual de entre 51.000 y 152.000 millones de dólares. Reuters recogió además que alrededor del 20% de la madera ilegal acabaría entrando en la Unión Europea, según ClientEarth. El dato muestra una grieta conocida: si un mercado regula más, parte del flujo puede desplazarse hacia destinos con menos controles, procesarse allí y volver transformado a mercados más exigentes. Es una especie de lavandería comercial de la deforestación.

Las empresas tampoco están demostrando, todavía, una capacidad de control suficiente. El análisis más reciente de Accountability Framework initiative y CDP citado por Reuters apunta que el sector de la madera concentra la mayor proporción de compañías que declaran riesgo de deforestación, pero solo el 11% de las divulgaciones del sector informan de que más del 90% de su abastecimiento está libre de deforestación o conversión. Dicho de manera llana: muchas compañías saben que tienen riesgo, pero pocas pueden enseñar una cadena limpia casi completa.

La pregunta ya no es si el mundo usará más madera, sino de qué bosques saldrá y quién podrá demostrarlo sin zonas grises.

Una salida defendida por parte de la industria es aumentar la producción en plantaciones de crecimiento rápido, sobre todo en tierras ya degradadas por agricultura o ganadería. El eucalipto aparece con frecuencia en esa conversación. Puede producir mucha fibra en poco tiempo y aliviar la presión sobre bosques naturales si se planta donde no desplaza ecosistemas valiosos. Pero también genera críticas por su impacto sobre agua, suelos y biodiversidad cuando se expande como monocultivo o reemplaza vegetación nativa. La solución, por tanto, no es plantar árboles sin más, sino decidir dónde, para qué y bajo qué controles.

La FAO ya avisó de que, si la producción de bosques naturalmente regenerados se mantiene estable, harían falta al menos 33 millones de hectáreas de nuevos bosques para atender parte de la demanda futura de madera. Es una superficie inmensa, y no basta con dibujarla en un mapa. Requiere inversión, derechos de tierra claros, vigilancia, restauración real y tiempo. Un árbol plantado hoy no resuelve la presión industrial de mañana por la mañana; un bosque maduro perdido hoy tampoco se recupera con una campaña de reforestación de fin de semana.

La noticia deja una tensión de fondo bastante simple: la madera puede ayudar a descarbonizar sectores concretos, pero el planeta no puede permitirse que esa demanda justifique una nueva ola de degradación forestal. Los grandes bosques tropicales y boreales son depósitos de carbono, refugios de biodiversidad y sistemas de agua, no simples almacenes de materia prima. La economía del siglo XXI quiere madera más que nunca. La pregunta, cada vez más urgente, es si será capaz de obtenerla sin seguir vaciando los bosques que hacen habitable buena parte del planeta.

El James Dyson Award español premia implantes vasculares impresos en 3D

NitiBraid, una tecnología que permite fabricar estructuras metálicas flexibles mediante impresión 3D y adaptar implantes vasculares a geometrías complejas, ha sido elegida ganadora nacional en España del James Dyson Award 2026. El proyecto está creado por Carlos Aguilar Vega y vinculado a la Universidad Politécnica de Madrid. Su planteamiento combina un algoritmo de diseño con fabricación aditiva de nitinol, una aleación de níquel y titanio conocida por sus propiedades superelásticas y de memoria de forma.

La clave está en abandonar la idea de una pieza metálica rígida y tratar el material como si fuera un tejido. El sistema genera fibras continuas y entrelazadas, inspiradas en arquitecturas textiles, cuya geometría puede modificarse de manera localizada. El diseñador puede controlar parámetros como el grosor de las fibras, la distancia entre ellas o la forma de la sección transversal. También puede introducir discontinuidades y unir extremos para crear dispositivos con bifurcaciones o fenestraciones.

NitiBraid convierte nitinol impreso en 3D en una arquitectura metálica flexible que puede ajustarse localmente a geometrías vasculares complejas.

Ese control permite fabricar en una sola pieza estructuras con zonas que responden de manera diferente. NitiBraid puede combinar regiones más rígidas con otras muy deformables y adaptar la morfología a superficies anatómicas obtenidas de exploraciones médicas. Entre los prototipos mostrados por el proyecto figuran una estructura personalizada para válvula aórtica reconstruida a partir de tomografías de un paciente, un stent bifurcado y fenestrado, un desviador de flujo de densidad variable y actuadores para recuperación de coágulos.

El proceso parte de una superficie anatómica o matemática y utiliza un algoritmo para construir fibras sinusoidales adaptadas a esa forma. Después, las piezas se producen mediante fusión láser de lecho de polvo. El equipo tuvo que ajustar parámetros de fabricación —entre ellos potencia del láser, velocidad de escaneo y atmósfera de argón— para reducir problemas como porosidad y grietas y poder imprimir estructuras de alta resolución.

Tras la impresión, el tratamiento incluye ataque químico y electropulido para disminuir la rugosidad superficial y adelgazar las fibras. Según la documentación técnica presentada al premio, la arquitectura resultante alcanza deformaciones superiores al 50 % y permite que las fibras se deslicen entre sí bajo compresión antes de que la estructura se rigidice. Ese comportamiento es el que da nombre al concepto más amplio de materiales arquitectados trenzados o BAM.

El interés médico está en la personalización. Muchos dispositivos vasculares deben atravesar catéteres y después recuperar una geometría determinada dentro del organismo. Al mismo tiempo, las anatomías reales incluyen curvas, bifurcaciones y diferencias entre pacientes que complican el uso de diseños uniformes. NitiBraid propone controlar simultáneamente la forma y las propiedades mecánicas del dispositivo, en lugar de limitar la personalización a sus dimensiones externas.

La propuesta no se limita a cambiar el tamaño del implante: busca programar también su rigidez, flexibilidad y geometría en distintas zonas de una misma pieza.

El proyecto, sin embargo, se encuentra todavía en una fase de desarrollo. La propia candidatura explica que el equipo está analizando qué aplicaciones vasculares ofrecen mayor potencial clínico y prepara una empresa derivada de IMDEA Materials. Por tanto, el premio reconoce una tecnología y sus prototipos; no significa que estos implantes estén ya disponibles para uso clínico rutinario.

La plataforma tiene además una segunda línea de aplicación fuera de la medicina. Las redes metálicas entrelazadas pueden comprimirse, absorber energía mediante el deslizamiento de sus fibras y pasar después a estados más rígidos. El equipo estudia ese comportamiento para posibles usos en hardware espacial, protección frente a impactos, vibraciones y blindaje estructural, y señala que mantiene conversaciones con actores de la industria y con la Agencia Espacial Europea para definir prototipos y futuras validaciones.

Antes del James Dyson Award, NitiBraid había obtenido el tercer premio de ActúaUPM 2025, dotado con 5.000 euros, y una ayuda interna Proof-of-Concept de IMDEA Materials de 50.000 euros. La candidatura también indica que existen dos solicitudes de patente pendientes, consolidadas en una solicitud internacional PCT.

El reconocimiento nacional del James Dyson Award aporta al proyecto 5.770 euros y lo sitúa dentro del proceso internacional del concurso. El calendario oficial establece que, tras el anuncio de ganadores nacionales y finalistas del 16 de septiembre, los ingenieros de Dyson seleccionarán una lista internacional que se anunciará el 14 de octubre; los ganadores internacional y de sostenibilidad se conocerán el 4 de noviembre. NitiBraid ha ganado, por ahora, la fase española: su recorrido internacional todavía no está decidido.

Después de crear textos e imágenes, la inteligencia artificial empieza a diseñar vida

La inteligencia artificial generativa, hasta hace poco asociada sobre todo a textos, imágenes, música o código, ha entrado en una zona bastante más delicada: el diseño de sistemas biológicos completos. Un equipo vinculado a Stanford University y al Arc Institute presentó el 6 de agosto de 2026 en Science un trabajo en el que modelos de lenguaje genómico, en especial Evo 2, generaron genomas completos de bacteriófagos —virus que infectan bacterias— y una parte de esos diseños funcionó después en el laboratorio contra cepas de Escherichia coli.

El estudio no significa que una IA haya creado “vida” en el sentido pleno y cotidiano de la palabra. Los bacteriófagos son virus y siguen ocupando esa frontera incómoda entre lo vivo y lo no vivo. Pero el salto sí es importante: no se trató de sugerir una proteína suelta, ni de optimizar un fragmento de ADN, sino de proponer genomas enteros capaces de dar lugar a partículas virales funcionales. Dicho de forma llana, el modelo no se limitó a leer el lenguaje del ADN; empezó a escribir textos genéticos suficientemente coherentes como para que la biología real los aceptara.

El equipo, liderado por investigadores como Samuel H. King y Brian L. Hie, eligió como plantilla el bacteriófago ΦX174, un viejo conocido de la genética molecular. No fue una elección casual. Su genoma tiene 5.386 nucleótidos y 11 genes, un tamaño pequeño frente a los genomas de bacterias, plantas o animales, pero lo bastante enrevesado para poner a prueba un sistema de diseño. ΦX174 tiene regiones solapadas, señales regulatorias y piezas que deben encajar con mucha precisión para que el virus pueda empaquetarse y replicarse en su bacteria huésped.

También arrastra una carga histórica difícil de ignorar: ΦX174 fue el primer genoma completo secuenciado, en 1977, y décadas después sirvió como demostración de que un genoma entero podía sintetizarse químicamente. En 2026, su papel cambió de nuevo. Esta vez no fue solo un objeto leído o copiado, sino una especie de molde para comprobar si una IA entrenada con millones de secuencias podía explorar variantes que la evolución natural no había dejado registradas.

El procedimiento, contado sin la letra pequeña de laboratorio, tuvo varias etapas. Los modelos Evo 1 y Evo 2 fueron entrenados y afinados con grandes colecciones de genomas de bacteriófagos relacionados con ΦX174. Después generaron miles de candidatos. Los investigadores aplicaron filtros informáticos para descartar secuencias que no parecían conservar rasgos mínimos de calidad, especificidad de huésped o diversidad evolutiva. De esa criba salieron cientos de opciones para probar, y finalmente se ensayaron 285 diseños.

De esos 285 genomas diseñados por IA, 16 produjeron bacteriófagos viables capaces de propagarse e inhibir el crecimiento de las bacterias objetivo en condiciones de laboratorio.

La cifra puede leerse de dos maneras. Por un lado, la tasa de éxito fue baja: la mayoría de los diseños no funcionó. Varios expertos lo han comparado, con cierta prudencia, con una especie de “alucinación biológica”: secuencias que parecen plausibles sobre el papel, pero no sobreviven al choque con la realidad celular. Por otro lado, los 16 casos que sí funcionaron bastan para demostrar algo que hasta ahora permanecía en el terreno de la promesa: un modelo de IA puede generar genomas completos que no son meras copias de la naturaleza y que, aun así, tienen actividad biológica verificable.

Los bacteriófagos resultantes no fueron clones triviales. Según la descripción técnica del trabajo y el resumen divulgado por los investigadores, los diseños funcionales presentaban mutaciones nuevas respecto a sus parientes naturales más cercanos. Uno de ellos, denominado Evo-Φ2147, acumulaba cientos de diferencias frente al genoma natural más próximo; otro, Evo-Φ36, incorporaba una proteína de empaquetamiento de ADN procedente de un fago evolutivamente distante. Ese tipo de combinación ya había resultado difícil mediante enfoques racionales clásicos, porque no basta con cambiar una pieza: todo el sistema debe seguir encajando.

El objetivo inmediato fue E. coli, una bacteria que puede ser inocua en muchas circunstancias, pero que también incluye cepas capaces de causar infecciones graves. Los investigadores trabajaron con cepas de laboratorio no patógenas y mantuvieron el alcance del experimento dentro de bacteriófagos que no infectan células humanas. El matiz importa. La noticia no es que la IA haya fabricado un patógeno humano, sino que ha demostrado capacidad para diseñar pequeños sistemas virales funcionales bajo restricciones concretas.

Una parte llamativa del estudio fue la prueba frente a bacterias resistentes al ΦX174 natural. En ensayos de evolución de resistencia, cócteles formados por bacteriófagos generados por IA superaron la resistencia en tres cepas de E. coli que ya no eran vulnerables al fago original. La idea recuerda a las terapias combinadas: si una bacteria aprende a escapar de un atacante, quizá le resulte más difícil esquivar a varios fagos distintos al mismo tiempo.

Los cócteles de bacteriófagos diseñados por IA lograron superar en laboratorio resistencias que el ΦX174 natural no podía vencer por sí solo.

La promesa médica todavía queda lejos. Pasar de una placa de laboratorio a un tratamiento aprobado exige demostrar seguridad, eficacia, fabricación reproducible y control sobre qué bacterias se atacan y cuáles no. Aun así, el avance apunta a un problema muy concreto: la resistencia antimicrobiana. Durante años, la terapia con fagos ha despertado interés porque estos virus pueden atacar bacterias de forma selectiva. El obstáculo, muchas veces, es encontrar en la naturaleza el fago correcto, adaptarlo, combinarlo y mantenerlo útil cuando la bacteria evoluciona.

Ahí es donde la IA cambia el enfoque. En lugar de buscar únicamente en ríos, suelos, aguas residuales o bancos de muestras, los investigadores empiezan a generar diversidad biológica en un ordenador y luego la someten a la prueba dura del laboratorio. Es un cambio modesto en escala, pero profundo en dirección. La biología sintética deja de depender solo de copiar y editar piezas conocidas, y comienza a explorar diseños nuevos a partir de reglas estadísticas aprendidas de la evolución.

La misma demostración trae una incomodidad evidente. Si se pueden diseñar genomas funcionales de bacteriófagos, la pregunta sobre seguridad aparece casi sola. Los responsables de Evo 2 subrayan que el trabajo se realizó con huéspedes bacterianos no patógenos, que el sistema incorporó exclusiones de virus humanos y que la validación experimental sigue siendo un cuello de botella. No es una máquina autónoma que produzca organismos peligrosos al pulsar un botón. Pero sí obliga a discutir cómo se supervisan los modelos biológicos abiertos, cómo se controlan los pedidos de ADN sintético y quién decide qué experimentos son aceptables.

La escena, vista con algo de distancia, tiene un punto inquietante: un algoritmo entrenado con los restos digitales de millones de genomas escribe nuevas combinaciones de A, C, G y T, y algunas consiguen abrirse paso en una bacteria real. No hay monstruo de laboratorio ni relámpagos sobre una mesa de operaciones. Hay listas de secuencias, filtros, síntesis de ADN, ensayos fallidos y 16 resultados que funcionaron. Precisamente por eso la noticia pesa: no parece ciencia ficción, sino el comienzo práctico de una herramienta nueva.

El hallazgo no cierra el debate sobre qué será capaz de hacer la IA en biología. Más bien lo abre con una prueba tangible. Después de aprender a leer genomas y predecir funciones, los modelos generativos empiezan a escribir instrucciones biológicas completas. Falta saber hasta dónde podrá escalarse ese método, qué controles serán necesarios y si sus aplicaciones beneficiosas —desde terapias contra bacterias resistentes hasta herramientas agrícolas o industriales— avanzarán más rápido que sus riesgos.

Una ciudad Han de 2.000 años revela talleres y una posible puerta de agua única

Las excavaciones del yacimiento de Chengba, en el condado de Quxian, al este de la provincia china de Sichuan, están dibujando con una precisión poco habitual el plano de una ciudad de hace unos 2.000 años. Los arqueólogos han identificado un recinto fortificado de aproximadamente 50.000 metros cuadrados, calles, edificios, zonas de producción, restos de fundición de hierro, un cementerio y estructuras relacionadas con el río. Entre ellas destaca una construcción que los investigadores interpretan como una posible puerta de agua de época Han, un tipo de elemento urbano del que no se conoce otro ejemplo equivalente conservado de ese periodo.

El asentamiento estaba protegido por una muralla con accesos y un perímetro de unos 725 metros, acompañado por un foso. En el interior han aparecido trazados viarios y cimientos que permiten distinguir áreas con funciones diferentes. Fuera o en torno al núcleo urbano, las evidencias de talleres cerámicos, actividades metalúrgicas, enterramientos y un embarcadero muestran que Chengba no era un pequeño poblado aislado, sino un centro donde se mezclaban administración, residencia, producción artesanal y comercio.

Una de las preguntas principales es su nombre antiguo. Los hallazgos apuntan a que Chengba podría corresponder a Dangqu, un condado conocido por fuentes históricas de la dinastía Han. La identificación todavía debe manejarse como una interpretación arqueológica, no como una certeza absoluta. Sin embargo, hay indicios llamativos: se han recuperado tejas con caracteres relacionados con Dangqu y documentos escritos sobre tiras de bambú, materiales que pueden ayudar a conectar el lugar físico con la administración descrita en los textos.

El recinto fortificado ocupa unos 50.000 metros cuadrados y conserva huellas de calles, talleres, metalurgia, enterramientos y actividad fluvial.

La dinastía Han gobernó China entre 206 a. C. y 220 d. C., con una interrupción entre las etapas Han Occidental y Han Oriental. Durante esos siglos se consolidaron redes administrativas y comerciales que conectaron regiones muy distintas. Sichuan, en el suroeste, tenía un papel importante por sus recursos, su agricultura y sus rutas. Encontrar una ciudad con áreas industriales y documentación escrita permite observar cómo esa organización se materializaba lejos de los grandes centros imperiales.

El elemento más singular se encuentra junto al río. Los investigadores han documentado una estructura que podría haber funcionado como puerta de agua, es decir, un punto controlado de conexión entre el sistema defensivo urbano y la vía fluvial. Si la interpretación se confirma, el hallazgo tendría un valor excepcional para estudiar la ingeniería urbana Han. La prudencia es necesaria porque identificar la función exacta de una estructura incompleta exige combinar arquitectura, estratigrafía, materiales y relación con el antiguo cauce.

Los talleres añaden otra capa. La presencia de escorias y restos vinculados al trabajo del hierro indica actividad productiva, mientras la cerámica aporta información sobre la vida cotidiana y las cadenas de suministro. Una ciudad administrativa no funcionaba únicamente mediante oficinas o residencias: necesitaba fabricar, almacenar, reparar y mover bienes. Chengba conserva precisamente ese conjunto de actividades, algo que permite reconstruir la economía urbana con más detalle que un hallazgo aislado.

Las tejas con caracteres asociados a Dangqu acercan el yacimiento a una ciudad citada en las fuentes, aunque la identificación aún no es definitiva.

Los documentos de bambú son especialmente valiosos porque este soporte fue utilizado ampliamente para escribir antes de la generalización del papel. Cuando el contenido y el contexto arqueológico pueden estudiarse juntos, esos textos ofrecen nombres, registros o referencias administrativas que complementan la arquitectura. En Chengba, su aparición junto a elementos urbanos refuerza la posibilidad de que el lugar tuviera funciones oficiales.

El río ayuda a explicar el emplazamiento. Una instalación portuaria permitía recibir materias primas, distribuir productos y conectar la ciudad con otros puntos del territorio. Al mismo tiempo, una abertura en la muralla hacia el agua planteaba necesidades defensivas y de control. La posible puerta de agua concentra, por tanto, varias funciones en una sola estructura: movilidad, comercio, gestión hidráulica y protección.

Las excavaciones no convierten todavía todas esas piezas en una historia cerrada. Queda por precisar la cronología de algunas estructuras y confirmar hasta dónde puede sostenerse la identificación con Dangqu. Lo que sí está documentado es un centro urbano Han de gran complejidad en Chengba. Murallas, calles, talleres, escritura y conexión fluvial permiten pasar de una referencia antigua a un paisaje urbano tangible, con lugares donde la gente trabajó, comerciaba y se movía hace alrededor de dos milenios.

Encuentran la primera nueva especie de pingüino en más de un siglo

Una población de pingüinos papúa de las remotas islas Kerguelen, en el océano Índico austral, ha resultado ser una especie distinta. Un equipo internacional liderado por investigadores de Chile y de la Universidad de California en Berkeley ha utilizado información genómica, rasgos físicos y características de comportamiento para revisar una clasificación discutida durante más de un siglo. El resultado no solo incorpora una especie a la familia de los pingüinos: reorganiza por completo al llamado pingüino papúa, que pasa de considerarse una única especie ampliamente distribuida a dividirse en cuatro especies diferentes.

La nueva especie ha recibido el nombre científico Pygoscelis kerguelensis y corresponde al linaje del sudeste, asentado principalmente en Kerguelen y probablemente también en la cercana isla Heard. A simple vista se parece mucho a otros papúa: conserva el vientre blanco, el dorso negro y el aspecto característico del grupo. Las diferencias visibles son discretas y afectan, entre otros aspectos, al tamaño y las vocalizaciones. La separación decisiva aparece en el genoma, donde los investigadores encontraron una diferenciación suficiente para reconocer linajes independientes.

El estudio, publicado en Communications Biology, analizó secuencias de genoma completo de 64 ejemplares procedentes de diez colonias reproductoras. Ese muestreo cubrió casi toda la distribución geográfica del grupo, algo especialmente relevante porque sus poblaciones están separadas por enormes distancias oceánicas. El trabajo también comparó coloración, llamadas, calendarios de reproducción, dieta y comportamiento de alimentación.

El análisis de 64 genomas de diez colonias concluye que los papúa forman cuatro especies distintas.

La conclusión resuelve una discusión taxonómica especialmente larga. Durante décadas se propusieron distintas combinaciones de especies y subespecies sin que existiera un consenso general. Con los nuevos datos, tres poblaciones que ya habían sido tratadas como subespecies adquieren rango de especie, mientras que el linaje de Kerguelen recibe reconocimiento formal como especie diferenciada. Los cuatro grupos habrían divergido durante los últimos 300.000 a 500.000 años.

El aislamiento geográfico ayuda a explicar esa separación. Los papúa suelen regresar a los mismos lugares para reproducirse y, gracias a una dieta flexible de peces, kril, calamares y otros animales marinos, no siempre necesitan alejarse mucho de sus colonias para encontrar alimento. Con el paso de miles de generaciones, esa fidelidad al territorio pudo reducir el intercambio entre poblaciones y favorecer adaptaciones locales. La propia Corriente Circumpolar Antártica y el Frente Polar, donde cambian de manera brusca la temperatura y la salinidad del agua, funcionan además como barreras para numerosos organismos marinos.

Las otras tres especies reconocidas son Pygoscelis papua, restringida a las islas Malvinas/Falkland y Martillo; Pygoscelis taeniata, presente en Crozet, Marion y Macquarie; y Pygoscelis ellsworthi, el linaje meridional que ocupa la península Antártica, zonas costeras de la Antártida y Georgia del Sur. Esta última es la más numerosa y presenta adaptaciones genéticas relacionadas con la producción de calor, el almacenamiento de grasa y la percepción de la luz.

La especie de Kerguelen vive en una población relativamente pequeña y aislada, precisamente una de las condiciones que complican su respuesta a cambios rápidos del clima.

El reconocimiento tiene consecuencias para la conservación. Si poblaciones genéticamente distintas se contabilizan como una sola especie extensa, su vulnerabilidad puede quedar diluida. Los modelos climáticos utilizados por el equipo indican que, bajo un escenario moderado de calentamiento, varias especies subantárticas podrían perder hábitat adecuado hacia 2050. En islas tan aisladas como Kerguelen, encontrar otro territorio apropiado no es una alternativa sencilla.

El contraste con el papúa antártico es significativo. Pygoscelis ellsworthi podría mantener mejor sus condiciones e incluso ampliar su distribución a medida que cambie el clima del continente, mientras otras especies de pingüinos más dependientes del hielo marino y del kril afrontan presiones diferentes. Fuera de la Antártida, a las variaciones de temperatura se suman la alteración del hábitat, especies introducidas, la competencia con pesquerías y las capturas accidentales.

Más allá de poner nombre a un nuevo animal, el trabajo muestra por qué la genética puede modificar decisiones prácticas. Saber dónde termina una especie y comienza otra permite estimar con más precisión su población, su área de distribución y los riesgos que soporta. En el caso de Kerguelen, la paradoja es clara: la lejanía que probablemente favoreció que estos pingüinos evolucionaran por separado también contribuyó a que su identidad pasara inadvertida durante tanto tiempo y puede limitar sus opciones si su entorno deja de ser adecuado.

Una especie desconocida emerge de una colección fósil de 1963

Un esqueleto fósil descubierto en Tanzania en 1963 y conservado durante más de seis décadas en el Museo de Historia Natural de Londres ha resultado pertenecer a una especie hasta ahora desconocida. Un equipo internacional dirigido por la Universidad de Bristol ha descrito al animal como Dinodontosaurus isiyavamanda, un gran herbívoro del Triásico de hace unos 240 millones de años. La identificación no solo añade una especie al registro fósil: aporta una nueva pista para fechar las rocas africanas en las que aparecieron algunos de los candidatos a dinosaurios más antiguos conocidos.

Los restos proceden de una expedición británica realizada hace 63 años a lo que hoy es Tanzania. Aquella campaña reunió una extensa colección de sinápsidos, el gran linaje de vertebrados al que pertenecen los mamíferos y numerosos grupos extintos que prosperaron antes del dominio de los dinosaurios. Parte del material quedó estudiado solo de manera parcial. Entre esas piezas estaba un esqueleto asociado de un dicinodonto, un grupo de sinápsidos herbívoros característico del Pérmico y el Triásico.

El esqueleto fue excavado en 1963 y pasó más de seis décadas en una colección antes de recibir un nombre científico propio.

La pieza llevaba décadas dando señales de que escondía algo distinto. El paleontólogo Nigel Larkin, hoy investigador visitante de la Universidad de Reading y coautor del nuevo trabajo, estudió el esqueleto en 1994 para su tesis de máster en University College London. Entonces ya consideró que podía tratarse de una especie nueva para la ciencia. Sin embargo, la descripción formal no llegó hasta ahora, después de incorporar más material, nuevas comparaciones anatómicas y técnicas que hace treinta años eran mucho menos accesibles, como la microtomografía computarizada.

El equipo examinó aquel esqueleto junto con un fragmento de cráneo descubierto más recientemente. La anatomía reveló que ambos pertenecían al género Dinodontosaurus, conocido hasta ahora únicamente en Sudamérica. Un análisis más detallado mostró diferencias suficientes para reconocer una especie distinta. El nombre isiyavamanda hace referencia a la tierra del pueblo Wamanda, que habita la región tanzana donde se encontraron los fósiles.

Ese detalle geográfico es precisamente lo que convierte el hallazgo en algo más que la descripción de un nuevo animal. Dinodontosaurus aparece ahora a ambos lados del Atlántico actual, en Tanzania y Sudamérica. Hace 240 millones de años la disposición de los continentes era radicalmente distinta y esas faunas podían compartir conexiones que hoy parecen remotas. La presencia del mismo género permite correlacionar los estratos fosilíferos de ambas regiones y sostener que tienen una edad equivalente.

La consecuencia afecta a una cuestión muy discutida: cuándo aparecieron los primeros dinosaurios. Los lechos de Manda de Tanzania, de donde procede Dinodontosaurus isiyavamanda, también han proporcionado Nyasasaurus y el silesáurido Asilisaurus, fósiles considerados candidatos entre los dinosaurios más antiguos o sus parientes inmediatos. Durante años, parte de la cronología se apoyó en comparaciones con formaciones sudafricanas atribuidas al Triásico Medio.

La aparición de Dinodontosaurus en África conecta Tanzania con Sudamérica y puede desplazar millones de años la cronología atribuida a sus primeros candidatos a dinosaurios.

La nueva conexión con Sudamérica introduce otro reloj. Dataciones radiométricas recientes de secuencias sudamericanas indican que los niveles equivalentes portadores de estas faunas pueden ser hasta diez millones de años más jóvenes que los de Sudáfrica. Si la correlación basada en Dinodontosaurus es correcta, los estratos tanzanos tampoco deberían considerarse tan antiguos como se había propuesto. Eso debilita la idea de que Tanzania conserve necesariamente los candidatos a dinosaurios más antiguos.

El estudio, publicado el 16 de septiembre en Journal of Vertebrate Paleontology, no fija por sí solo un nuevo lugar de nacimiento para los dinosaurios. Sí obliga a afinar las comparaciones entre yacimientos y refuerza la posibilidad de que algunos fósiles tanzanos sean más recientes de lo pensado. Los investigadores consideran que los candidatos de Tanzania probablemente no sean más antiguos que los de Sudamérica, una diferencia importante cuando se intenta reconstruir una transición evolutiva ocurrida hace alrededor de 240 millones de años.

También queda trabajo pendiente con el propio animal. Una parte considerable del material tanzano atribuido a Dinodontosaurus todavía debe estudiarse, especialmente el esqueleto situado detrás del cráneo. El equipo pretende comparar esos huesos con ejemplares sudamericanos y analizar la biomecánica y ecología de estos dicinodontos para entender cómo podían coexistir varias especies de grandes herbívoros en los ecosistemas triásicos.

El caso ilustra además el valor científico de las colecciones de museo. El fósil no apareció en una excavación de 2026: llevaba allí desde 1963. Su importancia emergió al volver a examinarlo con nuevas preguntas, material adicional y herramientas actuales. En paleontología, una colección antigua puede alterar una cronología tanto como un hallazgo recién extraído de la roca.

Dinodontosaurus isiyavamanda queda así situado en dos historias a la vez. La primera es la de un herbívoro que vivió en el Triásico, cuando los dinosaurios apenas comenzaban su expansión. La segunda empezó 240 millones de años después, cuando sus huesos viajaron desde Tanzania hasta Londres y quedaron parcialmente estudiados durante décadas. Ahora esos restos aportan una conexión inesperada entre África y Sudamérica y una razón concreta para revisar uno de los capítulos más difíciles de fechar de la evolución de los dinosaurios.

Organoides, chips e IA: el NIH impulsa alternativas a los animales

Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) han presentado cinco iniciativas destinadas a ampliar el uso de tecnologías basadas en biología humana y reducir la dependencia de animales en investigación biomédica cuando existan alternativas adecuadas. El paquete incluye más de 88 millones de dólares para infraestructuras, un concurso dotado con más de 7 millones, un nuevo laboratorio que combinará organoides humanos, robótica e inteligencia artificial, cambios en la selección de revisores de subvenciones y una consulta pública sobre cómo contabilizar los vertebrados empleados en proyectos financiados por la institución.

El movimiento no elimina los modelos animales. El propio NIH reconoce que siguen siendo una herramienta importante para determinados descubrimientos, pero plantea que una parte creciente de los experimentos preclínicos pueda realizarse con métodos que reproduzcan mejor aspectos concretos de la biología humana. En ese grupo entran los organoides —estructuras celulares tridimensionales que imitan algunas propiedades de órganos—, los sistemas de órgano en chip, modelos computacionales y otras metodologías conocidas como NAM, siglas en inglés de nuevos enfoques metodológicos.

La partida más grande corresponde al Biomedical Research Facilities Program. Diez proyectos de construcción repartidos por Estados Unidos recibirán en conjunto 88 millones de dólares para crear o mejorar instalaciones dedicadas a estas metodologías. Los centros trabajarán en ámbitos como enfermedades crónicas, salud ambiental, patologías infantiles raras, cáncer, obesidad y alteraciones metabólicas. Históricamente, parte de este programa había financiado infraestructuras orientadas al desarrollo de modelos animales; la nueva convocatoria desplaza el énfasis hacia plataformas humanas.

Diez proyectos recibirán 88 millones de dólares para ampliar infraestructuras dedicadas a nuevos modelos de investigación biomédica.

Una segunda pieza es el desafío Qu-SAFE, que repartirá más de 7 millones de dólares en premios. Su objetivo es desarrollar sistemas de detección y medición basados en tecnologías cuánticas, solos o combinados con métodos clásicos, capaces de captar señales biológicas que hoy resultan difíciles de medir en ensayos de seguridad y toxicidad. Entre las plataformas que podrían beneficiarse están los órganos en chip, diseñados para producir información relevante para humanos sin recurrir necesariamente a un animal completo.

El proyecto más llamativo será el Bio Genesis Autonomous Human Biology Laboratory, previsto dentro del NIH Clinical Center. La instalación estará coordinada con el centro de modelización estandarizada de organoides del NIH y reunirá organoides humanos, robots de laboratorio, inteligencia artificial y sistemas avanzados de datos en una plataforma experimental de circuito cerrado. La idea es que los experimentos puedan ejecutarse sobre sistemas biológicos humanos reproducibles, con un alto grado de automatización y con preguntas vinculadas a necesidades clínicas.

Esta combinación intenta atacar uno de los problemas de los modelos alternativos: no basta con que sean técnicamente sofisticados; deben ser repetibles, comparables entre laboratorios y capaces de ofrecer resultados útiles para decidir si un compuesto es seguro o merece avanzar en su desarrollo. La estandarización de organoides y la automatización pueden reducir parte de la variabilidad que aparece cuando diferentes equipos cultivan y manipulan tejidos con protocolos distintos.

El nuevo laboratorio Bio Genesis integrará organoides humanos, robótica, inteligencia artificial y datos en una misma plataforma experimental.

El NIH también modificará una parte menos visible, pero decisiva, del sistema: la evaluación de proyectos. La agencia quiere incorporar a sus paneles más especialistas en ciencia basada en humanos, de manera que las propuestas que utilicen estas tecnologías sean examinadas por investigadores familiarizados con sus posibilidades y limitaciones. Paralelamente, ha abierto una solicitud de información para estudiar si es viable publicar cada año una estimación de los animales vertebrados utilizados en investigaciones financiadas por el organismo.

El giro coincide con una tendencia más amplia en la evaluación de medicamentos y sustancias químicas. Los modelos animales pueden reproducir procesos biológicos complejos que siguen siendo difíciles de simular, pero las diferencias entre especies limitan la capacidad de algunos experimentos para predecir exactamente lo que ocurrirá en una persona. Un modelo construido con células humanas puede resolver parte de ese problema, aunque tampoco reproduce por sí solo la interacción completa entre órganos, metabolismo, sistema inmunitario y conducta.

Por eso, el cambio planteado por el NIH es gradual y tecnológico, no una sustitución inmediata. La agencia está financiando herramientas para que los investigadores puedan escoger modelos más directamente relacionados con la fisiología humana cuando sea científicamente viable. Si esos sistemas demuestran reproducibilidad y capacidad predictiva, podrían alterar una etapa clave de la investigación biomédica: la que decide qué hipótesis y tratamientos merecen dar el salto desde el laboratorio hacia estudios posteriores.

Una IA conecta células separadas por 700 millones de años de evolución

Comparar una célula humana con una de ratón es relativamente sencillo cuando ambas utilizan genes claramente equivalentes. El problema crece al intentar hacer lo mismo con organismos separados por cientos de millones de años de evolución: los genes cambian, se duplican, desaparecen o asumen funciones nuevas y las correspondencias directas empiezan a romperse. Un equipo liderado por la Universidad de Ciencia y Tecnología Rey Abdalá (KAUST), en Arabia Saudí, ha desarrollado Unify, una herramienta de inteligencia artificial diseñada para encontrar similitudes celulares incluso cuando esa traducción genética literal ya no funciona.

El método, publicado en Nature Communications, fue aplicado a siete especies que abarcan más de 700 millones de años de evolución y permitió reconstruir relaciones entre 125 tipos celulares. Su objetivo no es afirmar que células de animales muy distintos sean idénticas, sino detectar programas biológicos compartidos que pueden quedar ocultos cuando el análisis exige que cada gen de una especie tenga un equivalente directo en otra.

Buena parte de la biología celular moderna utiliza secuenciación de ARN de célula única. Esta técnica permite saber qué genes están activos en cada célula y, con miles o millones de perfiles, distinguir tipos celulares y estados biológicos. Para comparar especies, los programas suelen buscar genes ortólogos, es decir, genes relacionados por descendencia evolutiva. Esa estrategia funciona bien a distancias moderadas, pero pierde información a medida que aumenta la separación entre linajes.

Unify relacionó 125 tipos celulares de siete especies separadas por más de 700 millones de años de evolución.

Unify intenta salvar esa distancia creando lo que los investigadores llaman macrogenes. En lugar de limitarse al nombre o a la correspondencia uno a uno de cada gen, integra la expresión de ARN con representaciones generadas por modelos de lenguaje de proteínas y modelos de lenguaje de propósito general que incorporan descripciones de funciones génicas. Genes diferentes, pero vinculados a tareas biológicas parecidas, pueden quedar agrupados en una representación común.

Esta aproximación permite distinguir situaciones evolutivas diferentes. Hay genes prácticamente equivalentes que conservan una función; genes emparentados que, tras duplicaciones o cambios, han adquirido tareas distintas; y genes sin un parentesco directo sencillo que han convergido hacia funciones parecidas. Para construir una historia celular amplia, tratar los tres casos como si fueran lo mismo puede inducir errores, pero ignorar los dos últimos también hace desaparecer relaciones biológicas reales.

El equipo probó el sistema en vertebrados, tunicados, insectos, nematodos y platelmintos. Al integrar los datos, Unify produjo árboles evolutivos de tipos celulares con mayor resolución y recuperó programas convergentes. En células inmunitarias encontró estrategias de defensa compartidas entre especies que podían pasar desapercibidas con métodos basados estrictamente en genes equivalentes.

La herramienta no busca genes iguales palabra por palabra: intenta reconocer cuándo genes distintos siguen realizando trabajos biológicos comparables.

Una prueba especialmente práctica consistió en trasladar información entre ratón y humano. A partir de la respuesta de células inmunitarias de ganglios linfáticos de ratón a una señal del sistema inmune, el método predijo cómo responderían células sanguíneas humanas. En el conjunto de genes evaluado, las predicciones de Unify superaron a las de métodos comparativos existentes, según los resultados publicados.

Esta capacidad tiene una consecuencia potencial para la investigación biomédica. Una gran parte del conocimiento sobre enfermedades humanas procede de animales modelo, sobre todo ratones, pero no todos los mecanismos se conservan de la misma forma entre especies. Poder identificar con más precisión qué programas celulares sí son comparables puede ayudar a seleccionar qué resultados merecen trasladarse a estudios humanos y cuáles necesitan mayor cautela.

El sistema tampoco elimina la necesidad de experimentos. Una similitud computacional es una hipótesis cuantificada sobre relaciones biológicas, no una demostración de que dos organismos responderán igual a un fármaco o desarrollarán la misma enfermedad. La utilidad está en ordenar mejor el enorme volumen de datos de célula única y señalar conexiones que después pueden comprobarse mediante investigación experimental.

Los autores trabajan ahora en ampliar Unify con información sobre regulación genética y sobre la posición de las células dentro de los tejidos. Esas capas permitirían pasar de comparar qué genes se expresan a estudiar también dónde se activan y cómo se controlan. La ambición final es construir representaciones celulares capaces de atravesar grandes distancias evolutivas sin borrar las diferencias que hacen única a cada especie.

Setecientos millones de años son suficientes para transformar profundamente genomas y organismos. Que todavía puedan rastrearse funciones celulares comunes no significa que la evolución haya dejado todo intacto; significa justo lo contrario: algunas tareas esenciales han sobrevivido aunque las piezas moleculares hayan cambiado. Unify ofrece una manera de buscar esas continuidades sin exigir que la biología conserve el mismo vocabulario genético durante cientos de millones de años.