Una fortificación de hace 3.500 años reescribe la prehistoria del Magreb

Nuevas excavaciones en Oued Beht, un gran yacimiento del noroeste de Marruecos, han permitido fechar un sistema defensivo de foso y terraplén construido hace más de 3.500 años. El hallazgo constituye, según el equipo internacional responsable del proyecto, la construcción defensiva confirmada más antigua conocida hasta ahora en el norte de África fuera de Egipto. La estructura pertenece al segundo milenio antes de nuestra era y demuestra que este lugar siguió teniendo importancia mucho después de la gran ocupación agrícola neolítica que ya había hecho célebre al yacimiento.

Oued Beht se encuentra en la provincia de Khémisset, sobre una cresta que domina el río del mismo nombre. Las grandes estructuras lineales del extremo sur no son un descubrimiento completamente nuevo: ya llamaron la atención de arqueólogos franceses en la década de 1930. Entonces se interpretaron como partes de un recinto fortificado prehistórico, pero durante décadas faltaron pruebas capaces de establecer cuándo se habían construido realmente. Excavaciones franco-marroquíes realizadas entre 2013 y 2015 tampoco consiguieron resolver de forma definitiva esa cronología.

El foso y el terraplén de Oued Beht son la defensa confirmada más antigua conocida en el norte de África fuera de Egipto.

La tercera campaña del Oued Beht Archaeological Project, desarrollada en octubre y noviembre de 2023, cambió esa situación. Los investigadores excavaron el sector meridional de la cresta y documentaron una secuencia de varias fases formada por un foso y un terraplén que cortaban el estrechamiento natural entre el río y un barranco. La posición permitía aislar y proteger el extremo sur del promontorio, aprovechando la propia topografía como parte de la defensa.

Las dataciones por radiocarbono situaron la construcción original en el segundo milenio a. C., en un momento equivalente a la Edad del Bronce de otras regiones del Mediterráneo occidental. El Consejo Nacional de Investigaciones de Italia (CNR), una de las instituciones participantes, sitúa el sistema entre hace unos 3.500 y 4.000 años. Esa cronología es crucial porque amplía varios siglos la historia conocida del lugar y aporta la primera evidencia clara de actividad de la Edad del Bronce en Oued Beht.

El dato obliga también a separar dos capítulos que hasta ahora podían confundirse. La comunidad agrícola más conocida de Oued Beht es bastante anterior: las excavaciones y trece dataciones radiocarbónicas la sitúan principalmente entre aproximadamente 3400 y 2900 a. C., en el Neolítico Final regional. Aquel asentamiento ocupaba unas nueve o diez hectáreas y ha proporcionado abundante cerámica, herramientas de piedra pulida, piedras de molienda y profundas fosas, junto con evidencias de cultivos y ganado domesticado.

Por su extensión y densidad de materiales, esa fase neolítica ya había llevado a los investigadores a describir Oued Beht como el complejo agrícola conocido más antiguo y grande de África fuera del corredor del Nilo para ese periodo. El nuevo trabajo no demuestra que las fortificaciones pertenezcan a aquellos primeros agricultores. Al contrario: las sitúa después, durante una ocupación del segundo milenio a. C. que hasta ahora apenas estaba representada en el yacimiento.

La sorpresa cronológica es clave: la gran comunidad agrícola de Oued Beht es neolítica, pero la defensa monumental pertenece a una ocupación posterior de la Edad del Bronce.

Esa distinción cambia la lectura del lugar. En algún momento posterior a la fase neolítica, la actividad parece haberse concentrado hacia el espolón meridional, una posición más protegida. Levantar un foso y un terraplén en ese punto exigía planificación y trabajo colectivo, lo que ofrece una señal material de comunidades capaces de organizar el espacio con objetivos concretos de protección o control. El uso exacto del recinto y la naturaleza de quienes lo ocuparon todavía requieren más investigación.

El contexto mediterráneo amplía la importancia del hallazgo. En el mismo periodo, al otro lado del Mediterráneo occidental, comunidades de la península ibérica levantaban asentamientos fortificados y desarrollaban nuevas formas de organización social y producción metalúrgica. Oued Beht ya había mostrado conexiones entre el Magreb y el sur de Iberia durante el Neolítico Final mediante semejanzas en cerámicas y otros materiales. Las nuevas evidencias permiten investigar si esas redes y paralelismos continuaron o cambiaron durante el segundo milenio a. C., sin asumir por ello que ambos lados siguieran una misma trayectoria.

La historia del promontorio tampoco terminó en la prehistoria. Sobre el sistema de tierra se construyó mucho más tarde un gran muro de piedra de época medieval. Los arqueólogos localizaron asimismo enterramientos medievales, prueba de una nueva utilización del enclave muchos siglos después. Así, una estructura que durante buena parte del siglo XX parecía poder explicarse como una sola fortificación prehistórica ha resultado ser un paisaje construido y reutilizado en momentos muy distintos.

Los resultados proceden del Oued Beht Archaeological Project, desarrollado por investigadores del Institut National des Sciences de l’Archéologie et du Patrimoine de Marruecos, el Instituto de Ciencias del Patrimonio Cultural del CNR italiano, la Universidad de Cambridge y la asociación ISMEO, entre otras colaboraciones. El estudio de la campaña de 2023 ha sido publicado en la revista científica Libyan Studies.

Oued Beht se está convirtiendo así en un archivo excepcional de larga duración. Primero reveló una gran sociedad agrícola del cuarto y tercer milenio a. C.; ahora documenta actividad y arquitectura defensiva durante el segundo milenio a. C.; y sus muros y tumbas registran además una reutilización medieval. Más que una única muralla de 4.000 años, el hallazgo muestra cómo distintas comunidades volvieron durante milenios al mismo espolón sobre el río y transformaron el lugar según sus necesidades.

158 tortugas gigantes regresan a Floreana después de casi dos siglos

La isla Floreana, en el archipiélago ecuatoriano de Galápagos, vuelve a tener tortugas gigantes después de más de 180 años sin ellas. El 20 de febrero de 2026 fueron liberados en su hábitat ancestral 158 ejemplares jóvenes con ascendencia de la tortuga gigante de Floreana (Chelonoidis niger), un linaje que desapareció de la isla a mediados del siglo XIX. El regreso no es una simple suelta de animales: culmina más de dos décadas de investigación genética, reproducción bajo cuidado humano y restauración de un ecosistema profundamente alterado por la actividad humana y por especies introducidas.

La historia resulta especialmente singular porque la población original de Floreana sí se extinguió. Durante el siglo XIX, balleneros y otros navegantes capturaron tortugas como alimento, mientras animales invasores introducidos en la isla aumentaban la presión sobre el ecosistema. Cuando Charles Darwin visitó Floreana en 1835, el declive ya era evidente. La especie terminó siendo la primera tortuga gigante de Galápagos en desaparecer de su isla natal.

Más de 180 años después de su desaparición, 158 tortugas con linaje de Floreana volvieron a caminar por la isla.

El giro llegó en el año 2000, lejos de Floreana. Durante estudios de las tortugas del volcán Wolf, en la isla Isabela, investigadores y guardaparques encontraron ejemplares con caparazones en forma de silla de montar, un rasgo extraño entre las tortugas propias de aquella zona. Los análisis genéticos posteriores mostraron que algunos eran híbridos y conservaban ascendencia de Chelonoidis niger. La explicación encajaba con registros históricos según los cuales los marineros trasladaban tortugas entre islas y, en ocasiones, abandonaban algunos animales.

Aquel hallazgo significaba que la población original había desaparecido, pero parte de su patrimonio genético seguía vivo. A partir de ejemplares con fuerte ascendencia de Floreana se desarrolló un programa de reproducción en el centro de crianza de Santa Cruz. Los emparejamientos fueron guiados por información genética con el objetivo de producir descendientes capaces de recuperar en Floreana las funciones ecológicas que habían desempeñado sus antepasados.

El proceso exigió tiempo. Los juveniles liberados habían crecido durante aproximadamente 12 a 14 años bajo cuidado humano hasta alcanzar un tamaño que mejorara sus posibilidades de sobrevivir en libertad. La fecha de la suelta tampoco fue casual: se eligió la estación lluviosa, cuando la vegetación es más abundante y las condiciones ofrecen a los animales más alimento y agua.

Las tortugas gigantes son consideradas ingenieras del ecosistema. Al desplazarse y alimentarse abren espacios entre la vegetación, dispersan semillas a largas distancias y contribuyen a modificar las comunidades vegetales y los procesos del suelo. Su ausencia durante casi dos siglos dejó a Floreana sin una pieza que históricamente había participado en la configuración del paisaje. Por eso, el objetivo del proyecto no consiste únicamente en volver a ver tortugas en la isla, sino en recuperar procesos ecológicos perdidos.

El regreso busca algo más que recuperar una especie: pretende devolver a Floreana procesos ecológicos ausentes durante casi dos siglos.

El regreso forma parte del Proyecto de Restauración Ecológica de Floreana, dirigido por las autoridades ambientales ecuatorianas a través de la Dirección del Parque Nacional Galápagos y la Agencia de Regulación y Control de la Bioseguridad y Cuarentena para Galápagos, con la participación de varias organizaciones científicas y conservacionistas. El plan es de largo recorrido: contempla restaurar hábitats y reintroducir, cuando las condiciones lo permitan, otras especies que desaparecieron localmente.

Los 158 ejemplares constituyen, por tanto, una primera población reintroducida, no el final del programa. Las tortugas serán objeto de seguimiento y controles, mientras los adultos reproductores permanecen bajo cuidado para seguir generando nuevas crías. La previsión es realizar liberaciones adicionales de manera gradual a medida que otros juveniles alcancen la edad y el tamaño adecuados.

La restauración de Floreana sigue abierta y requerirá vigilancia durante años. Los propios responsables del programa subrayan que recuperar exactamente la tortuga original es imposible: los animales liberados proceden de un linaje reconstruido a partir de híbridos que conservaron ascendencia de Floreana. Ese matiz es importante. Lo que ha regresado es una población con herencia genética de la tortuga extinta, criada para desempeñar de nuevo su papel ecológico en la isla.

El resultado, aun así, cierra un vacío histórico muy concreto. En 2000, unas tortugas inesperadas en un volcán de otra isla revelaron que parte del linaje sobrevivía. Veintiséis años después, 158 de sus descendientes han vuelto al lugar del que sus antepasados desaparecieron en el siglo XIX. Su supervivencia, reproducción y efecto sobre el paisaje determinarán ahora hasta qué punto Floreana puede recuperar una dinámica ecológica que llevaba más de 180 años interrumpida.

La nueva apuesta de GSK contra el cáncer: entrenar al propio sistema inmunitario

GSK ha cerrado un acuerdo para hacerse con un fármaco experimental de Chimagen Biosciences que busca dirigir las células T del sistema inmunitario contra el mieloma múltiple, un cáncer de la sangre todavía tratable pero no curable. La operación, anunciada en Londres el 15 de septiembre, puede alcanzar hasta 750 millones de dólares en pagos iniciales y por hitos si se cumplen determinadas fases de desarrollo y comercialización. No es una llegada inmediata a los hospitales: el programa está previsto para entrar en ensayos clínicos de fase 1 en 2027. Esa distancia importa, porque sitúa la noticia en el terreno de la promesa científica verificable, no en el de un tratamiento ya disponible.

El activo que GSK quiere incorporar es un T-cell engager, o TCE, trispecífico. En términos sencillos, este tipo de molécula intenta poner en contacto a las células T, que son una parte clave de la defensa inmunitaria, con las células tumorales. La particularidad del candidato de Chimagen es que está diseñado para unirse a las células T y, al mismo tiempo, apuntar a dos antígenos asociados al tumor. GSK sostiene que esa doble diana podría ayudar a lograr respuestas más profundas y duraderas, además de mejorar la tolerabilidad frente a algunas terapias actuales de la misma familia.

El matiz es clave: podría. La compañía no ha anunciado resultados clínicos en pacientes para este programa concreto, sino un acuerdo para adquirirlo antes de que empiece su primera prueba en humanos. En oncología, esa fase temprana sirve para evaluar seguridad, dosis y primeras señales de actividad, no para confirmar eficacia definitiva. Aun así, el movimiento encaja con una tendencia clara de la industria: comprar o licenciar plataformas capaces de convertir el sistema inmunitario en una herramienta más precisa contra tumores que reaparecen o dejan de responder a los tratamientos habituales.

El mieloma múltiple afecta a las células plasmáticas, un tipo de glóbulo blanco que produce anticuerpos. Cuando estas células se vuelven cancerosas, pueden acumularse en la médula ósea y causar anemia, infecciones, daño renal o lesiones óseas. GSK calcula que es el tercer cáncer de la sangre más común del mundo, con unos 180.000 nuevos diagnósticos al año. Los tratamientos han mejorado en los últimos años, pero muchos pacientes terminan volviéndose refractarios: la enfermedad aprende a esquivar los fármacos, y cada nueva recaída estrecha el margen de opciones.

El acuerdo no lleva todavía un medicamento a los pacientes, pero sí coloca una nueva pieza en la carrera por redirigir el sistema inmunitario contra tumores difíciles.

Para GSK, el pacto también funciona como una señal estratégica. La farmacéutica británica lleva meses reforzando su cartera oncológica con compras y acuerdos, en un momento de fuerte competencia por terapias dirigidas e inmunoterapias. Reuters situó la operación dentro del giro de la compañía bajo el liderazgo de Luke Miels, su nuevo consejero delegado, y recordó otros movimientos recientes en cáncer, entre ellos la compra de Nuvalent y acuerdos previos con Chimagen. El mensaje empresarial es bastante claro: GSK quiere ganar presencia en áreas donde el valor depende tanto de la biología como de la capacidad de ejecutar ensayos complejos.

Chimagen Biosciences, por su parte, es una biotecnológica china centrada en terapias basadas en anticuerpos y moléculas multiespecíficas. La relación entre ambas compañías no empieza de cero. GSK ya había firmado en 2024 un acuerdo con Chimagen por CMG1A46, otro TCE dirigido a CD19 y CD20, en desarrollo para tumores hematológicos de células B y enfermedades autoinmunes. Esa continuidad reduce parte de la incertidumbre operativa, aunque no elimina la principal: que el nuevo candidato todavía debe demostrar en humanos que su diseño puede traducirse en beneficio clínico real.

El componente económico del acuerdo está estructurado de manera habitual para una molécula temprana. GSK abonará una cantidad inicial no detallada a cambio de los derechos globales completos, y Chimagen podrá recibir pagos adicionales ligados a hitos de desarrollo y comercialización. El valor total potencial alcanza los 750 millones de dólares, pero esa cifra no equivale a dinero garantizado desde el primer día. También faltan condiciones de cierre habituales en este tipo de transacciones, por lo que el acuerdo queda sujeto a los trámites correspondientes.

Los 750 millones de dólares son una cifra máxima condicionada: el verdadero examen empezará cuando el candidato entre en fase 1 en 2027.

La noticia tiene interés más allá de la bolsa o de las operaciones corporativas porque refleja cómo se está reordenando la investigación contra el cáncer. Las terapias que reclutan células T han transformado parte del tratamiento del mieloma múltiple y otros cánceres hematológicos, pero no están libres de problemas. La toxicidad, la resistencia del tumor y la comodidad de administración siguen pesando. Por eso la industria busca moléculas más selectivas, combinaciones más inteligentes y diseños que no solo ataquen más fuerte, sino que ataquen mejor.

Por ahora, el fármaco de Chimagen es una apuesta temprana con una lógica científica clara y una incertidumbre considerable. Su atractivo está en la posibilidad de unir varias señales biológicas en una sola molécula para guiar a las células T hacia el tumor. Su límite, de momento, es que esa posibilidad todavía debe pasar por el filtro de los ensayos clínicos. Ahí se separará la promesa del resultado. Si el programa avanza, GSK habrá sumado una pieza relevante a su cartera de mieloma múltiple. Si no, será otro recordatorio de que, en cáncer, incluso las ideas más elegantes tienen que sobrevivir al paciente real, no solo al diseño de laboratorio.

De diagnóstico oculto a causa global: el nuevo Emmy de Michael J. Fox

Michael J. Fox recibió el Bob Hope Humanitarian Award en la 78.ª edición de los premios Emmy, celebrada en el Peacock Theater de Los Ángeles, por una labor que ya hace tiempo dejó de pertenecer solo al terreno de la televisión. La Academia de Televisión lo reconoció por convertir su diagnóstico de párkinson en una campaña sostenida de investigación, divulgación y apoyo a pacientes. El momento tuvo algo de cierre simbólico: un actor que durante años fue identificado por la energía casi eléctrica de sus personajes subió al centro de la gala por una causa nacida precisamente de una enfermedad que castiga el movimiento.

Fox, de 65 años, llegó al premio después de más de cuatro décadas de carrera pública. Para varias generaciones sigue siendo Marty McFly, el adolescente de Regreso al futuro que corría contra el reloj en un DeLorean. Para otras, Alex P. Keaton, el hijo conservador y brillante de Family Ties. Sin embargo, el reconocimiento humanitario no se apoyó en la nostalgia, sino en lo ocurrido desde que el actor decidió hablar de una enfermedad que había mantenido en privado durante años. Según la Academia, el galardón distingue sus aportaciones a la investigación y a la concienciación sobre el párkinson.

Fox empezó a notar síntomas cuando tenía 29 años, durante el rodaje de Doc Hollywood. El diagnóstico era de párkinson de inicio temprano, una noticia difícil para cualquier persona y especialmente incómoda para alguien cuya imagen profesional dependía de la rapidez, la precisión física y la presencia constante ante la cámara. Lo hizo público en 1998. Dos años después dejó Spin City, una de las series de mayor visibilidad de la televisión estadounidense de la época, y fundó The Michael J. Fox Foundation for Parkinson’s Research.

La decisión cambió la escala del problema en el espacio público. Lo que podía haber quedado como una confesión biográfica se convirtió en una estructura con financiación, ensayos, alianzas científicas y presión social. La fundación se presenta hoy como el mayor financiador sin ánimo de lucro de investigación sobre párkinson en el mundo y afirma haber destinado más de 3.000 millones de dólares a programas de investigación desde su creación. La cifra no cura por sí sola, claro. Pero ayuda a entender por qué el Emmy fue menos un homenaje a una carrera que el reconocimiento a una maquinaria levantada durante más de dos décadas.

Más de 3.000 millones de dólares en investigación separan este premio de un simple homenaje televisivo.

El párkinson es una enfermedad neurodegenerativa que afecta al movimiento y puede provocar temblores, rigidez, lentitud y problemas de equilibrio, además de síntomas no motores que a menudo quedan menos visibles. No tiene cura conocida. Por eso la investigación se mueve en varias direcciones: mejores tratamientos para controlar los síntomas, herramientas para detectar antes la enfermedad, biomarcadores y ensayos que intentan modificar su evolución. La fundación de Fox ha tratado de empujar precisamente ese terreno intermedio, tan frustrante para los pacientes: el espacio entre lo que ya se puede aliviar y lo que todavía no se puede detener.

El premio también llegó en un año en el que Fox volvió a estar vinculado a la televisión de manera directa. La Academia recordó que había recibido su 19.ª nominación al Emmy por su intervención en Shrinking, la serie de Apple TV+ en la que interpreta a un personaje con párkinson. Esa vuelta tuvo un peso particular porque el actor había anunciado en 2020 que se retiraba de la actuación por la progresión de la enfermedad. No fue una retirada teatral, sino práctica: aprender líneas, controlar el cuerpo en escena y sostener largas jornadas de rodaje se había vuelto más difícil.

En Los Ángeles, la ovación que acompañó el reconocimiento condensó varias lecturas. Estaba el aplauso al intérprete de televisión y cine, ganador de cinco Emmy y figura central de la cultura popular de los años ochenta y noventa. Estaba también el agradecimiento a una campaña que ha dado visibilidad a millones de personas con párkinson. Y había, quizá, una emoción menos cómoda: la de ver cómo una enfermedad que suele avanzar en silencio fue llevada durante años a alfombras rojas, entrevistas, libros, documentales y reuniones científicas sin quedar reducida a una historia de superación fácil.

La historia que llevó a Fox al escenario de los Emmy empezó con un temblor discreto y terminó movilizando a científicos, pacientes y donantes en todo el mundo.

El Bob Hope Humanitarian Award no se entrega todos los años. Fue creado en 2002 para reconocer a figuras de la industria televisiva cuya acción filantrópica haya tenido un impacto duradero en la sociedad. Entre sus destinatarios anteriores figuran nombres como Oprah Winfrey, George Clooney, Sean Penn, Ted Danson y Mary Steenburgen. Esa lista ayuda a situar el premio: no distingue una interpretación concreta, sino una forma de usar la fama cuando las cámaras se apagan.

El reconocimiento a Fox llega, además, en un momento en el que la investigación biomédica compite por atención pública, financiación y paciencia. Los avances contra enfermedades complejas rara vez ofrecen una escena final perfecta. Son lentos, caros y a veces decepcionantes. En ese terreno, la campaña del actor ha tenido una virtud poco vistosa pero esencial: mantener el tema en conversación durante años, incluso cuando no había grandes titulares que celebrar. Eso explica por qué la noche de los Emmy no fue solo la de un actor querido recogiendo una estatuilla especial. Fue la de un diagnóstico convertido en infraestructura científica y en memoria colectiva.

Madrid levanta una ciudad para Shakira: 12 noches de música y cultura latina

Madrid no va a recibir a Shakira con una parada más de gira, sino con un recinto levantado para alterar durante varias semanas el ritmo del sur de la ciudad. La artista colombiana abrirá el 18 de septiembre de 2026 una residencia europea de doce noches en el Estadio Shakira, dentro del espacio Iberdrola Music, en Villaverde. El ciclo seguirá los días 19, 20, 25, 26 y 27 de septiembre, y 2, 3, 4, 9, 10 y 11 de octubre, con una estructura pensada para que el concierto sea solo el tramo final de una jornada mucho más amplia.

El proyecto forma parte de Las Mujeres Ya No Lloran World Tour, la gira vinculada al álbum del mismo nombre, publicado en 2024 y premiado en 2025 con el Grammy a mejor álbum pop latino. Para Shakira, la residencia supone también su regreso a España ocho años después de El Dorado World Tour, que pasó por Madrid en 2018. No llega, por tanto, como una visita aislada: llega con una operación cultural, logística y comercial diseñada para repetirse durante cuatro fines de semana consecutivos.

Durante 12 noches, el sur de Madrid funcionará como una pequeña ciudad musical levantada alrededor de un estadio temporal para más de 50.000 personas.

El recinto principal, presentado como Estadio Shakira, ha sido concebido específicamente para esta residencia e integrado dentro de Iberdrola Music. La información publicada por el espacio y por Turismo Madrid sitúa su capacidad por encima de las 50.000 personas por noche. La organización lo describe como un estadio temporal con recursos escénicos, acústicos y visuales de gran formato; aun así, lo que vuelve llamativo el caso no es solo el tamaño, sino la voluntad de convertir el entorno en una experiencia previa y posterior al concierto.

Ese entorno tiene nombre propio: Macondo Park. La ciudad efímera, inspirada en el imaginario del realismo mágico, será el epicentro del proyecto Es Latina, una plataforma cultural impulsada alrededor de la residencia. Según la programación anunciada, el espacio reunirá música, literatura, moda, gastronomía, arte, danza y actividades familiares a través de varios pabellones. Entre ellos figuran La Biblioteca, vinculada a Penguin Random House Grupo Editorial y a la literatura iberoamericana; El Taller, centrado en moda; El Mercado, con propuesta gastronómica; El Museo de Shakira; La Sala por Occident, con actuaciones; Club Loba; Macondito, pensado para familias; y Macondo Plaza, como punto central del recorrido.

El cartel paralelo refuerza esa idea de residencia extendida. Nathy Peluso, Amaia, Guitarricadelafuente y Lia Kali figuran entre los artistas que acompañarán a Shakira durante el ciclo, junto a Aria Vega, Gale, Louta, Maro, Santos Bravos y Yerai Cortés. También se han anunciado proyectos emergentes como Iza TKM, Ángeles Toledano, J Noa, Nico o Yapi. Conviene subrayar una precisión: estos nombres forman parte del ecosistema de la residencia y de sus espacios asociados, no necesariamente de un único concierto principal compartido cada noche.

La entrada a Macondo Park estará ligada al acceso al show de Shakira. Live Nation España ha indicado que no habrá una entrada exclusiva para visitar el parque sin asistir al concierto, de modo que las actividades, incluidos los conciertos del segundo escenario, funcionarán como parte del mismo paquete de experiencia. Esta decisión concentra el público en jornadas largas: el Ayuntamiento de Madrid prevé la apertura del recinto a mediodía, el acceso a pista y gradas por la noche y una salida gradual tras los conciertos.

El dato más revelador no está solo en el aforo: el Ayuntamiento calcula alrededor de 57.000 asistentes diarios y ha preparado un plan de movilidad específico para Villaverde.

Ese plan recomienda acudir en transporte público y contempla refuerzos en Metro, especialmente en las líneas 3 y 12 a la salida, además de una lanzadera gratuita de autobuses entre la avenida de Gran Vía de Villaverde y Atocha. Las estaciones de Villaverde Alto y San Cristóbal Industrial aparecen como referencias clave para los desplazamientos, mientras que la organización advierte de que no habrá aparcamiento general de libre acceso en el recinto. La escena, por tanto, no se limita a un espectáculo musical: durante casi un mes, Madrid probará cómo funciona una residencia pop de enorme escala metida en un distrito residencial e industrial, con el calendario, la calle y el transporte público convertidos en parte de la noticia.

Datos, chips y PFAS: la huella tóxica que crece detrás de la IA

El crecimiento de la inteligencia artificial ha dejado de medirse solo en chips, energía y centros de datos. Una alerta difundida este 14 de septiembre de 2026 por ChemSec, organización sueca dedicada al control de sustancias peligrosas, apunta a un efecto menos visible de la carrera tecnológica: los grandes fabricantes de PFAS estarían preparando un aumento de producción para atender la demanda asociada a semiconductores, refrigeración avanzada y equipos críticos para centros de datos.

Los PFAS —sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas— se conocen como “químicos eternos” porque resisten muy bien la degradación. Esa misma estabilidad química los ha hecho útiles durante décadas en aplicaciones industriales y de consumo: recubrimientos, espumas contra incendios, componentes electrónicos, fluidos especializados y refrigerantes. El problema, ya conocido por reguladores y comunidades contaminadas, es que su persistencia también favorece que se acumulen en agua, suelo, aire, alimentos y organismos vivos.

ChemSec sostiene que la industria está en pleno giro expansivo. Según la investigación citada por The Guardian, casi todos los diez mayores fabricantes de PFAS analizados tenían planes para aumentar producción en instalaciones de Europa, Asia y Norteamérica. Entre las compañías mencionadas aparecen Daikin, Arkema, Chemours, AGC, Dongyue, Gujarat Fluorochemicals, HaloPolymer, Orbia Fluor & Energy Materials, Solstice y Syensqo. Las excepciones claras señaladas en la información disponible serían Archroma, orientada a alternativas sin PFAS, y BASF, que ha comunicado su salida de la producción de PFAS en 2028.

La expansión de la inteligencia artificial no solo está presionando la red eléctrica: también está reactivando una cadena química que muchos reguladores intentaban contener.

El vínculo con la IA no es anecdótico. Los centros de datos que entrenan y ejecutan modelos cada vez más grandes concentran miles de servidores funcionando de manera continua. Ese hardware genera mucho calor y obliga a buscar sistemas de refrigeración más eficaces que el aire tradicional. En la refrigeración por inmersión bifásica, una de las tecnologías observadas por organizaciones ambientales, los servidores pueden sumergirse en fluidos de bajo punto de ebullición; al calentarse, el fluido se evapora, absorbe calor y vuelve a condensarse en un circuito cerrado. Sobre el papel, puede ahorrar agua y energía. La inquietud es qué ocurre si esos compuestos se fabrican, se fugan, se degradan en otros productos persistentes o acaban gestionados como residuo.

También hay una segunda puerta de entrada: los semiconductores. La fabricación de chips exige procesos de limpieza, grabado, deposición y control de materiales a escala extremadamente pequeña. En varios de esos pasos se emplean sustancias fluoradas por su resistencia térmica, química y eléctrica. Sin chips avanzados no hay aceleradores de IA; sin aceleradores, el despliegue masivo de modelos queda limitado. Por eso, la misma fiebre que está levantando nuevas naves de servidores está tirando de una cadena industrial que empieza bastante antes de que un usuario escriba una consulta en una pantalla.

Los propios fabricantes han empezado a presentar esa oportunidad en términos de crecimiento. Daikin recogió en documentación corporativa de 2026 sus planes para lanzar un “data center hub” y ampliar soluciones de refrigeración para el sector. Arkema anunció en Kentucky una unidad de producción de Forane 1233zd con más de 60 millones de dólares de inversión y 15 kilotoneladas anuales de capacidad, con aplicaciones que incluyen refrigeración por inmersión para centros de datos de IA. Chemours, por su parte, comercializa soluciones Opteon para centros de datos, refrigeración líquida y fabricación de semiconductores, y defiende que ciertos fluoropolímeros son parte del suministro necesario para industrias estratégicas.

El riesgo no está solo en el centro de datos: comienza en la fábrica, sigue durante el uso y reaparece cuando llega la hora de gestionar residuos y fugas.

La advertencia llega en un momento delicado. Europa mantiene abierta la evaluación de una restricción amplia de PFAS bajo REACH, con posibles exenciones para usos considerados esenciales. En Estados Unidos, los litigios por contaminación siguen pesando sobre el sector químico: Chemours, DuPont y Corteva alcanzaron en septiembre de 2026 un acuerdo de 455 millones de dólares con Carolina del Norte y entidades locales por reclamaciones vinculadas a PFAS. Ese contexto explica por qué las organizaciones ambientales ven la nueva demanda de la IA como algo más que un problema técnico.

Nada de esto significa que todos los centros de datos usen los mismos PFAS, ni que cualquier tecnología de refrigeración líquida dependa necesariamente de ellos. Existen alternativas como sistemas directos al chip basados en mezclas de agua y glicol, además de esfuerzos para sustituir compuestos persistentes en usos concretos. Pero el aviso de ChemSec coloca una pregunta incómoda en el centro de la conversación tecnológica: si la inteligencia artificial promete acelerar ciencia, productividad y servicios digitales, ¿quién contabiliza las sustancias que hacen posible su infraestructura?

La respuesta aún no está cerrada. La industria química insiste en que algunos materiales fluorados son difíciles de sustituir en aplicaciones críticas y que ciertos sistemas funcionan en circuitos controlados. Los grupos ambientales replican que la historia de los PFAS muestra justo lo contrario: cuando una sustancia persiste durante décadas, las fugas pequeñas, la falta de transparencia y los residuos mal gestionados pueden convertirse en un problema enorme. La nueva ola de centros de datos no ha creado los químicos eternos, pero puede estar dándoles una segunda vida industrial justo cuando los reguladores empezaban a acotar su uso.

25 años después, el 11-S sigue dejando víctimas invisibles

Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la nube gris que cubrió el sur de Manhattan ya no se ve, pero sigue apareciendo en historiales médicos, programas públicos de salud y nuevas líneas de investigación. La novedad más relevante no está en una ceremonia de aniversario, sino en el giro del seguimiento sanitario: el World Trade Center Health Program, dependiente de NIOSH y los CDC, ha puesto en marcha el proceso para crear un centro de coordinación de investigación destinado a estudiar a personas expuestas al 11-S cuando eran niños, adolescentes, jóvenes de hasta 21 años o incluso cuando estaban todavía en el útero materno.

El objetivo es cerrar una laguna que ha acompañado al desastre desde el principio. Buena parte de la investigación se concentró durante años en bomberos, policías, personal de rescate, trabajadores de limpieza y adultos que vivían o trabajaban cerca de la Zona Cero. Era lógico: eran quienes habían pasado más horas entre los escombros, o quienes empezaron antes a manifestar problemas respiratorios, digestivos, oncológicos o de salud mental. Pero alrededor de la misma nube también había escolares, bebés, adolescentes, mujeres embarazadas, familias enteras que volvieron a apartamentos cubiertos de polvo y vecinos que intentaron seguir con la vida normal en calles donde el aire aún olía a incendio.

El 11 de septiembre de 2001, dos aviones secuestrados impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York. El derrumbe de los edificios, en menos de dos horas, lanzó una mezcla de polvo, humo, gases y restos pulverizados que entró en oficinas, colegios y viviendas del bajo Manhattan y llegó también a zonas de Brooklyn. Durante semanas, la exposición no se limitó al instante del colapso: hubo polvo reasentado, trabajos de limpieza, interiores contaminados y una población civil que no siempre recibió una respuesta clara sobre qué había respirado.

La investigación entra ahora en una generación que vivió el 11-S sin poder decidir nada: niños, adolescentes y bebés aún no nacidos.

El nuevo impulso científico se centra precisamente en esa generación. NIOSH ha señalado que se sabe mucho menos sobre quienes estuvieron expuestos en etapas tempranas de la vida que sobre los adultos. No es un matiz menor. En la infancia y la adolescencia, el organismo crece deprisa, los pulmones y el cerebro siguen madurando y algunas sustancias se absorben, procesan o eliminan de forma distinta. Eso no permite afirmar automáticamente que todos los problemas de salud actuales procedan del 11-S, pero sí hace razonable estudiar si aquella exposición tuvo efectos que solo se han hecho visibles al llegar a la edad adulta.

Las líneas prioritarias previstas incluyen salud respiratoria y desarrollo pulmonar, salud reproductiva, desarrollo cerebral, salud mental, trastornos metabólicos, enfermedades cardiovasculares, cáncer y otras enfermedades crónicas. La futura cohorte juvenil deberá reunir a personas expuestas y compararlas con otras de edad similar que no estuvieron sometidas a la nube ni al entorno contaminado. Es un reto incómodo: han pasado 25 años, muchos afectados se mudaron, otros nunca fueron registrados y parte de la memoria familiar depende de detalles tan concretos como la escuela a la que iba un niño, la dirección de una vivienda o el trimestre de embarazo en septiembre de 2001.

El Registro de Salud del World Trade Center, creado en 2002, ya había mostrado que el desastre no terminó al despejarse los escombros. Nueva York mantiene uno de los seguimientos sanitarios posdesastre más largos del mundo, con decenas de miles de personas observadas durante más de dos décadas. Sus resultados han vinculado la exposición con problemas respiratorios, cánceres, estrés postraumático, depresión, síntomas cognitivos y otras afecciones de aparición lenta. En menores expuestos directamente, el registro ha señalado más riesgo de asma que en la población general del estado de Nueva York, además de una mayor probabilidad de depresión.

El programa federal de salud también refleja el tamaño del problema. Con datos disponibles hasta el 30 de junio de 2026, el WTC Health Program registraba 145.275 miembros actualmente inscritos. Entre sus certificaciones acumuladas de enfermedades relacionadas con el World Trade Center figuraban 57.044 de cáncer, 42.372 de rinosinusitis crónica, 39.190 de reflujo gastroesofágico, 23.137 de asma y 18.321 de trastorno de estrés postraumático. Son certificaciones administrativas y médicas, no una fotografía simple de prevalencia, pero ayudan a entender por qué el 11-S sigue siendo una cuestión sanitaria abierta.

El dato más duro es que la nube ya no es una imagen de archivo: es una variable médica que aún se mide en cánceres, asma, memoria y salud mental.

Para muchas familias, la nueva cohorte llega tarde, aunque llega. Hubo niños que recuerdan pañuelos mojados en la cara, escaleras llenas de polvo o aulas cerradas; otros no recuerdan nada porque eran demasiado pequeños o porque aún no habían nacido. En esos casos, la investigación dependerá de expedientes, direcciones antiguas y testimonios parentales. La escena tiene algo inquietante: una generación que creció con el 11-S como recuerdo nacional empieza ahora a ser estudiada también como posible población expuesta.

El trabajo no dará respuestas inmediatas. Primero deberá construirse la red de investigadores, reclutar participantes, ordenar datos dispersos y separar, con cautela, lo atribuible al desastre de lo que pertenece a la vida ordinaria, la genética, el envejecimiento o el entorno posterior. Pero el cambio de foco ya es significativo. El 11-S fue un ataque terrorista, una ruptura geopolítica y un trauma colectivo; a los 25 años, también se confirma como un experimento ambiental involuntario cuyas consecuencias todavía no se han terminado de contar.

Cinco noticias sobre objetos malditos

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Un objeto maldito rara vez empieza su vida como una amenaza. Suele ser una cosa más: una joya, una pieza funeraria, una estatuilla, una prenda, un libro, un retrato, una caja, un mueble, un amuleto, una herramienta… Lo inquietante aparece después, cuando alguien decide que ese objeto no solo estuvo cerca de una desgracia, sino que de algún modo la provocó, la atrajo o la conservó dentro.

La historia de los objetos malditos es, en realidad, una historia sobre cómo las sociedades convierten la materia en relato. No hay ninguna prueba verificable de que un objeto pueda arrastrar una maldición sobrenatural en sentido literal. Sí hay, en cambio, pruebas abundantes de que las personas atribuyen significado, peligro, pureza, culpa o prestigio a las cosas. Ese mecanismo aparece en religiones, rituales, colecciones familiares, museos, mercados de antigüedades y hasta en la cultura popular de internet.

Por eso el fenómeno interesa más allá del susto. Un objeto considerado maldito puede revelar quién tuvo poder para poseerlo, quién lo perdió, qué violencia lo rodeó, qué miedo necesitaba explicarse y qué versión de los hechos terminó imponiéndose. A veces la supuesta maldición tapa un expolio. Otras, convierte una tragedia en espectáculo. Y, en muchos casos, solo ofrece una narración más cómoda que la realidad: si algo salió mal, la culpa fue del objeto.

La superstición como atajo para ordenar el caos

Las maldiciones tienen una función muy práctica: ordenan coincidencias. Una muerte inesperada, una ruina económica, un accidente doméstico, una enfermedad o una cadena de conflictos pueden parecer sucesos sueltos. Pero si todos se colocan alrededor de un mismo objeto, la mente encuentra una línea. No necesariamente una línea verdadera, pero sí una línea fácil de recordar.

Esa forma de pensar no pertenece solo al pasado. La psicología ha estudiado durante décadas la idea de contagio mágico: la percepción de que algo puede transmitir una especie de esencia, mancha o influencia por contacto, cercanía o asociación simbólica. Es el motivo por el que muchas personas rechazarían usar una prenda que perteneció a alguien infame, aunque haya sido lavada, o sentirían incomodidad al tocar un objeto asociado a una muerte violenta. La reacción no necesita una creencia paranormal articulada. A veces basta con una sensación: “esto tiene algo negativo”.

Ahí nace buena parte del atractivo de los objetos malditos. Son pruebas físicas de una historia que quizá no se pueda demostrar del todo. Se pueden señalar, guardar, vender, fotografiar y exhibir. Frente a un rumor abstracto, el objeto da una falsa sensación de expediente: está ahí, ocupa espacio, pesa, tiene bordes. Y esa materialidad hace que el relato parezca más sólido.

Relicarios, amuletos y piezas prohibidas

La relación entre objetos y poder invisible es muy antigua. En muchas culturas, ciertas cosas han servido para proteger, curar, bendecir, dañar, recordar a los muertos o marcar autoridad. No hace falta reducirlo todo a superstición ingenua: los objetos rituales, sagrados o funerarios forman parte de sistemas complejos de creencias, de normas sociales y de memoria colectiva. Una pieza no vale solo por su material, sino por el lugar que ocupa dentro de una comunidad.

El problema surge cuando una mirada exterior arranca ese objeto de su contexto y lo convierte en rareza, trofeo o curiosidad exótica. Lo que para unas personas era una reliquia, un vínculo con los antepasados o un elemento ceremonial, para otras pudo convertirse en mercancía, recuerdo de viaje o pieza de vitrina. En ese desplazamiento se abre una grieta: cuanto más dudosa es la forma en que una cosa llegó a manos ajenas, más fácil resulta que alrededor aparezca una historia oscura.

La palabra “maldito” puede funcionar entonces como una manera torpe, pero reveladora, de nombrar una incomodidad real. No siempre habla de fantasmas. A veces habla de saqueos, de compras opacas, de tumbas abiertas sin permiso, o de colecciones formadas con criterios que hoy serían éticamente inaceptables. La maldición, en ese sentido, puede ser una coartada narrativa para no decir algo más directo: este objeto tiene una biografía incómoda.

Museos: entre el morbo y la responsabilidad

Los museos conocen bien esa tensión. Un objeto con fama siniestra atrae público, genera conversación y se recuerda mejor que una pieza presentada de forma neutra. Pero también plantea un riesgo: si el relato se apoya solo en la maldición, la historia se empobrece. La vitrina deja de explicar procedencia, uso, contexto o conflicto, y se convierte en escenario de sustos y supersticiones.

Las normas profesionales actuales insisten precisamente en lo contrario: procedencia, adquisición legítima, conservación, restitución cuando proceda, documentación y respeto por los significados culturales. Dicho de otra forma, la pregunta importante no es si un objeto está maldito, sino de dónde salió, cómo llegó allí, quién puede reclamarlo, qué representa para su comunidad de origen y qué parte de su historia se está contando al público.

Esto no significa que haya que borrar las leyendas. Sería un error. Las leyendas también son historia, siempre que se presenten como lo que son: relatos atribuidos, rumores, tradiciones orales, interpretaciones posteriores o estrategias de promoción. Un museo, un medio o un divulgador pueden hablar de maldiciones sin venderlas como hechos comprobados. La clave está en no confundir el interés cultural del miedo con una prueba de lo sobrenatural.

La prensa y la fabricación del aura siniestra

El periodismo ha tenido un papel enorme en la fama de muchos objetos malditos. Cuando una pieza aparece rodeada de muerte, riqueza, aristocracia, exploraciones, herencias, incendios o pleitos familiares, el titular casi se escribe solo. La tentación es evidente: una maldición resume en una palabra lo que quizá exigiría páginas de contexto.

El viejo periodismo sensacionalista explotó ese filón con habilidad. Bastaba una coincidencia trágica y un objeto fotogénico para construir una secuencia de presagios. Después llegaban las reediciones, los libros de misterio, los documentales de madrugada, los blogs, los vídeos cortos y las subastas con historia incluida. Cada capa añadía un detalle, una sospecha, una frase dramática. Con el tiempo, la anécdota empezaba a parecer tradición.

La consecuencia es que muchos objetos famosos por su supuesta mala suerte no arrastran una única historia, sino varias versiones. Algunas se contradicen. Otras nacen décadas después de los hechos. Unas magnifican accidentes corrientes; otras convierten enfermedades, crisis familiares o disputas legales en castigos invisibles. El problema no está en contarlas, sino en quitarles las comillas.

El mercado de lo inquietante

La maldición también tiene valor económico. Un objeto con una historia lúgubre puede venderse mejor que otro idéntico y sin relato. No solo por lo paranormal, sino por lo narrativo: quien compra una pieza así compra también conversación, rareza y una forma de protagonismo. En el mercado de antigüedades, en el coleccionismo oscuro y en ciertas subastas digitales, el relato puede pesar tanto como la autenticidad material.

Esto crea un terreno resbaladizo. Cuanto más rentable es la leyenda, más incentivos hay para exagerarla. Un arañazo se vuelve señal. Una mancha se convierte en advertencia. Una procedencia dudosa se disfraza de misterio. Y, si no hay documentación, el vacío puede llenarse con frases vagas: “se dice”, “al parecer”, “según antiguos dueños”, “tras cambiar de manos”. Son fórmulas útiles para sugerir sin demostrar.

Por eso conviene leer estas historias con una pregunta sencilla: ¿qué se puede verificar y qué solo se ha repetido? Que un objeto exista no prueba que su leyenda sea cierta. Que una familia haya vivido desgracias no prueba que la causa fuera un objeto concreto. Y que una historia sea atractiva no la convierte en documento.

Cuando la maldición oculta una culpa histórica

Hay un aspecto más serio, y quizá más incómodo. Muchos objetos etiquetados como malditos están vinculados a contextos de violencia: conquistas, saqueos, colonialismo, profanaciones, guerras, robos, tráfico ilícito o desigualdad extrema entre quien poseía la pieza y quien pudo conservarla. En esos casos, el aura siniestra no nace de la nada. Surge alrededor de una fractura histórica.

La etiqueta de “maldito” puede suavizar esa fractura porque desplaza la atención. En vez de hablar de despojo, hablamos de mala suerte. En vez de preguntar por responsabilidades, preguntamos si alguien escuchó ruidos de noche. En vez de reconstruir una cadena de propiedad, nos quedamos con una escena inquietante. Es más entretenido, sí, pero también más cómodo.

Una lectura responsable debe sostener las dos cosas a la vez: el poder cultural de la leyenda y la necesidad de no dejar que la leyenda sustituya a los hechos. Los objetos no hablan solos. Hablan los documentos, los archivos, las comunidades, los antiguos propietarios, los herederos, los investigadores y, a veces, los silencios.

Por qué nos siguen fascinando los objetos malditos

La fascinación por los objetos malditos no parece agotarse porque ataca miedos muy básicos. El miedo a tocar lo que no se debe. El miedo a heredar una culpa ajena. El miedo a que el pasado no esté realmente muerto. El miedo a que las cosas conserven algo de quienes las usaron, las amaron, las robaron o murieron cerca de ellas.

También hay una dimensión íntima. Todos guardamos objetos con carga emocional: una carta, una foto, una prenda, un juguete, un anillo familiar, una herramienta heredada. Sabemos que no son simples cosas. Pueden consolar, incomodar o doler. La cultura de los objetos malditos lleva esa experiencia cotidiana al extremo: si un recuerdo puede pesar tanto, ¿qué no pesará un objeto asociado a una desgracia pública?

Ahí está la fuerza del mito. No necesita demostrarse por completo para funcionar. Basta con que parezca posible durante unos segundos. Basta con que el lector mire una vitrina, una fotografía o una pieza vieja y se pregunte: ¿y si esto no fuera solo un objeto?

Cómo leer un objeto maldito sin caer en la trampa

La forma más útil de acercarse a estas historias no es burlarse de ellas ni creérselas enteras. Lo interesante está en el punto medio: reconstruir el recorrido del objeto, separar documentación de rumor, analizar quién ganó algo con la leyenda y preguntar qué miedo social refleja.

Cuando una historia habla de una maldición, conviene buscar primero la cronología. Después, la procedencia. Luego, las fuentes originales: prensa de la época, archivos, catálogos, registros de venta, informes de museos, documentos judiciales, testimonios fechados… Si solo aparecen versiones tardías, anónimas o circulares, la leyenda puede seguir siendo entretenida, pero no debe presentarse como hecho.

Los objetos malditos, bien contados, no necesitan que se les invente nada. Ya tienen suficiente: deseo, muerte, dinero, memoria, saqueo, fe, miedo, espectáculo. Lo verdaderamente inquietante no es que una cosa pueda lanzar una maldición, sino que tantas personas, durante tanto tiempo, hayan necesitado creer que podía hacerlo.

Cinco noticias de objetos que arrastran horribles maldiciones

Las siguientes noticias son casos relacionados con objetos rodeados de mala fama, leyendas persistentes o biografías históricas especialmente oscuras y conmovedoras. La idea no es confirmar maldiciones, sino reconstruir qué se dijo, qué se puede comprobar, qué intereses rodearon cada relato y por qué determinadas piezas acabaron convertidas

Tarjeta coleccionable Cinconoticias "La amatista maldita de Heron-Allen"
Tarjeta coleccionable Cinconoticias "El Porsche maldito de James Dean"
Tarjeta coleccionable Cinconoticias "El diamante de Hope, la joya que convirtió la desgracia en espectáculo"
Tarjeta coleccionable Cinconoticias "El cuadro maldito del niño llorón", 1985.
Tarjeta coleccionable Cinconoticias "Robert, el muñeco al que todos suplican perdón", 1994.

Tipos de velocidad en carretera: información vital para reducir el riesgo de accidente

La velocidad añadida a otros factores es una de las principales causas de accidentes de tráfico. Los estudios indican que un 25% de los accidentes se producen por culpa de la velocidad, e inciden en su gravedad. A mayor velocidad, mayor daño.

A veces, nuestra percepción intuitiva nos falla. Se piensa equivocadamente que un impacto a 120 km/h será el doble de violento que a 60, pero el impacto no es directamente proporcional a la velocidad. Se cuadriplica, es cuatro veces más violento.

Si chocamos contra un muro a 50 km/h es como caer desde un tercer piso. El choque a una velocidad de 120 km/h equivale a caer desde un piso 14, y a 180 km/h desde un piso 36.

La velocidad potencia el error humano

Se tiende a opinar que las limitaciones de velocidad actuales son exageradas, argumentando que los vehículos, hoy en día, cuentan con grandes mejoras técnicas, pero creer eso es erróneo, ya que, a mayor velocidad, mayor error humano.

A mayor velocidad es más difícil evaluar las situaciones de tráfico, se reduce la calidad de la información que recibimos, se reduce el tiempo para tomar decisiones y nos precipitamos, por lo que la respuesta puede no ser la correcta. Algunas maniobras pueden ser más complicadas debido a la velocidad, y aumenta los riesgos de otros factores como el cansancio, el alcohol o las distracciones.

Respetar siempre los límites de velocidad no significa circular de forma segura. Hay que adaptarse a las circunstancias.

Es fundamental conducir siempre a la velocidad adecuada, y conocer los diferentes conceptos y tipos de velocidad. Con ello podremos evitar accidentes imprevistos relacionados con el factor velocidad.

Tipos de velocidad

Los diferentes tipos de velocidad son:

Velocidad limitada

Todas las velocidades son velocidades limitadas. No podemos circular a la velocidad que queramos.

Cuadro de un Mercedes-Benz
(Pixabay)

Velocidad máxima

Es el máximo permitido dependiendo del vehículo y de la vía por la que se circula. Nos viene dada por normas o por señales.

Velocidad mínima

Es la velocidad mínima a la que debemos circular. Suele ser la mitad de la máxima para cada vehículo, salvo en autopista o autovía, donde está establecida a 60 km/h para todos. Se prohíbe circular sin causa justificada por debajo de la velocidad mínima.

Velocidad genérica

Es una velocidad limitada en función del vehículo que conduzcamos y de la vía por la cual circulemos. Es decir, que un turismo en autopista no tiene el mismo límite que un camión.

Velocidad adecuada

Es la velocidad que debemos llevar en todo momento, adecuada al tráfico, a la vía y a las condiciones atmosféricas. No es lo mismo que el tráfico sea denso o fluido, que la vía sea una autopista o una carretera convencional, o que esté lloviendo o con niebla intensa.

La velocidad adecuada también depende del estado del conductor, la cual será menor si éste está fatigado, y siempre debe estar por debajo de la máxima permitida, y por encima de la mínima.

Conducir a una velocidad adecuada en todo momento nos permite controlar el vehículo ante cualquier imprevisto que pueda surgir.

Velocidad inadecuada o peligrosa

Una velocidad inadecuada es aquella que no se adapta a las condiciones. Ir a la velocidad máxima de la vía con niebla es inadecuado y peligroso.

Se prevé que las ciudades inteligentes del futuro y los coches sin conductor hagan desaparecer las imprudencias por velocidades inadecuadas, pero, hasta entonces, sigue siendo necesario contar con el sentido común de los conductores.

Velocidad específica

Es la velocidad máxima permitida para tramos concretos de la vía, como cambios de rasante, pasos a nivel, curvas o la proximidad a una intersección.

Moto girando en una curva
(Pixabay)

Esta velocidad se indica mediante señales de tráfico en los tramos que la requieran, y no depende del tipo de vehículo salvo que conduzcamos un tractor agrícola. Algunas condiciones del conductor pueden requerir una velocidad específica, como es el caso de las personas que sufren alguna enfermedad que limita sus capacidades.

Velocidad anormalmente reducida

Es cualquier velocidad por debajo de la mínima. Solo se permite circular a velocidad anormalmente reducida por una causa justificada: avería, condiciones meteorológicas adversas, hielo, nieve, etc.

Conclusión

La velocidad adecuada es un factor que puede protegernos ante un accidente de tráfico. Circular a velocidad adecuada puede llegar a evitar el accidente, y, en caso de que se produjera, éste podría ser de menor gravedad que los que se producen a gran velocidad. El mejor airbag es la prudencia.

Por último, es bueno recordar que exceso de velocidad no es lo mismo que velocidad excesiva. El exceso de velocidad es circular por encima del máximo permitido, y la velocidad excesiva o peligrosa, puede estar dentro de los límites, pero ser inadecuada a las condiciones de la vía o a la climatología.

Conocer las diferencias entre los diversos tipos de velocidad en carretera no solo sirve para respetar las normas de circulación, también ayuda a considerar mejor el riesgo en situaciones de peligro potencial, y hace más conscientes y responsables a los conductores.

Cinco noticias sobre vampiros reales

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¿Y si los vampiros no fueran solo literatura, sino algo que existió —o existe— en la vida real? La respuesta honesta es poco glamourosa y altamente defraudante para aquellos que disfrutamos con las historias tenebrosas: no hay pruebas sólidas de “muertos que regresan” para alimentarse de humanos. Pero… (siempre hay un ‘pero’), sí hay un rastro documental muy real de gente convencida de que los había, de rituales para “frenarlos”, de enfermedades mal entendidas que parecían una maldición, y de personas vivas que hoy se llaman a sí mismas “vampiros” por motivos muy terrenales.

El primer punto es distinguir tres cosas que se mezclan con facilidad. Una: el vampiro sobrenatural (cadáver animado, inmortal, depredador nocturno). Dos: el vampiro como etiqueta social para explicar desgracias cuando no hay ciencia o cuando la ciencia llega tarde. Tres: conductas humanas —psicológicas o culturales— que se parecen lo suficiente al mito como para alimentarlo. Si las metes en el mismo saco, todo parece misterio. Si las separas, aparece algo más interesante: un mapa de miedos colectivos.

Históricamente, los “vampiros” se activan en momentos de crisis sanitaria o de muerte en cadena. Cuando una familia o un pueblo encadenaba funerales sin una causa clara, el cerebro buscaba un patrón. Y lo encontraba donde podía: en el último enterrado, en el “diferente”, en el que murió de forma rara o fuera de temporada…

En Europa oriental, y también en América, el foco casi siempre es el mismo: el cadáver como origen del contagio. Hoy suena absurdo, pero en pleno siglo XIX la tuberculosis —la “tisis”— devoraba familias enteras, con síntomas que parecían una fuga literal de vida: palidez, adelgazamiento, tos, noches de fiebre. En Nueva Inglaterra, por ejemplo, se documentaron exhumaciones y rituales con órganos quemados para “cortar” esa supuesta succión desde la tumba. Con la perspectiva actual, encaja como una respuesta desesperada ante una enfermedad infecciosa sin explicación popular ni cura efectiva en el momento.

Luego está el problema del cadáver “que no se comporta como tal”. En muchas exhumaciones históricas aparecen descripciones que, leídas hoy, suenan a manual de malentendido forense: cuerpo relativamente preservado por frío, suelo o ataúd; sangre líquida por procesos normales de descomposición; retracción de piel y encías que hace que uñas, pelo o dientes parezcan “haber crecido”. No hace falta invocar nada sobrenatural: el cuerpo humano, después de morir, puede ofrecer señales que, sin contexto médico, parecen un mensaje directo de “vida”.

También hay hipótesis médicas —no “la explicación definitiva”, pero sí plausibles— que aclaran por qué ciertas épocas vivieron brotes de pánico vampírico. Una de las más citadas es la rabia: puede provocar agresividad, mordeduras, alteraciones del sueño, hipersensibilidad y, en algunos casos, fotofobia.

En el siglo XVIII, con ataques de animales, infecciones y una mortalidad brutal, el salto mental hacia “algo nocturno que muerde” era corto. Hay literatura médica que discute esa conexión como posible ingrediente del mito, sin convertirla en dogma.

Otra vía frecuente es la porfiria, un grupo de trastornos con cuadros diversos (algunos con fotosensibilidad y lesiones cutáneas). En divulgación se ha exagerado mucho su vínculo con “vampiros”, así que conviene hablar claro: la porfiria no “crea vampiros”, pero ciertas manifestaciones clínicas —y la forma en que se interpretaban antes— pueden haber encajado con elementos del folclore.

El tercer bloque, el más contemporáneo, es incómodo por motivos distintos: hay personas vivas que se identifican como “vampiros” dentro de una subcultura. No dicen ser inmortales, ni salir de una tumba: hablan de identidad, estética, comunidad, y en algunos casos de prácticas como el consumo consensuado de pequeñas cantidades de sangre (“sanguinarians”) o la idea de “alimentación energética” (un terreno más difícil de verificar).

Hay investigación académica y etnográfica sobre estas comunidades, precisamente porque existen y porque su vida cotidiana choca con estigmas y caricaturas. Que existan “vampiros” como identidad no valida el mito sobrenatural, pero sí prueba algo: el vampiro es un icono, incluso un lenguaje social, que la gente usa para nombrar sensaciones, límites y pertenencias.

Al final, lo más veraz —y quizá lo más inquietante— es que lo “real” en los vampiros no es el colmillo, ni la sangre, ni el ataúd, sino el mecanismo humano. Una enfermedad que no se entiende se vuelve un enemigo con intención. Un cadáver que no encaja en las expectativas se convierte en amenaza. Y una comunidad asustada puede organizarse alrededor de una explicación que hoy parece delirante, pero que entonces era un modo de actuar: algo había que hacer, aunque fuera abrir una tumba.

Existen muchos casos de vampiros reales con hechos documentados de miedo, rituales y malentendidos. A continuación, dejamos unos cuantos de esos que ponen los pelos de punta, un deleite para los que saben apreciar el suspense y disfrutan dejando la puerta de la mente entornada a posibilidades oscuras y terroríficas…

Cinco noticias de vampiros que existieron en la vida real (casos documentados)

Tarjeta coleccionable de Cinco Noticias sobre el vampyri Plogojowitz, con ataúd abierto, testigos y fecha 21.07.1725.
Tarjeta coleccionable Cinco Noticias “El corazón de Mercy Brown. El remedio infalible contra la tisis"
Tarjeta coleccionable Cinco Noticias “La Vampira del Raval” de 1912
Tarjeta coleccionable Cinco Noticias "El vampiro de Sozopol y la estaca de hierro que evitó su retorno a la vida"
Tarjeta coleccionable Cinco Noticias "El Cementerio de los Rechazados" sobre el caso del niño enterrado boca abajo con un candado