Kisiljevo (Kisilova), sábado 21 de julio de 1725. En las páginas de un periódico vienés aparece una carta llegada desde la frontera suroriental del Imperio que, de repente, hace de un rumor rural un asunto de Estado. No es una batalla ni un decreto: es un informe administrativo sobre un muerto que —según sus vecinos— no se había quedado quieto.
El documento procede del Gradisker District, una zona entonces bajo administración de los Habsburgo tras años de vaivén entre poderes en la región. En el pequeño pueblo de Kisiljevo, a orillas del Danubio y no lejos de lo que hoy es Požarevac, había fallecido un campesino llamado Peter Plogojowitz. Diez semanas después de su entierro, la aldea se vio atrapada en una cadena de enfermedades breves y muertes rápidas. Lo inquietante no fue solo la cifra —que se repetía como un mantra en cada casa—, sino el detalle que los moribundos, uno tras otro, habrían pronunciado en voz alta que el difunto se les sentaba encima por la noche y les apretaba el cuello hasta dejarlos sin aire.
En el vocabulario de la comunidad existía una categoría para eso. La carta consigna el término en forma latinizada —“Vampyri”— como si el autor necesitara colocarlo a distancia, con pinzas, antes de admitir que estaba escribiendo sobre algo que desbordaba la burocracia. La viuda del fallecido, añade el relato, aseguró que su marido se le presentó en casa y le reclamó sus *opanci* (zapatos). Después de esa visita, se marchó del pueblo. El gesto tiene algo de escena doméstica, y precisamente por eso asusta: no es un monstruo exótico, sino alguien que vuelve a pedir lo suyo.
Los vecinos no se limitaron a pedir oraciones. Presionaron a la administración para que el procedimiento se hiciera “como manda la costumbre”. Llamaron al Kameralprovisor Ernst Frombald (un representante civil en la zona) y al sacerdote local para que asistieran a la apertura de la tumba. Frombald intentó aplazarlo: quería autorización de Belgrado, sede de mando en la región. Pero la gente respondió con una amenaza práctica: si no se actuaba de inmediato, abandonarían el pueblo. No era un farol; en una frontera pobre y expuesta, huir era una forma de sobrevivir.
Cuando el cuerpo salió a la luz, el informe describe una escena que, leída hoy, parece escrita para ser citada durante siglos. El cadáver, dicen, estaba poco o nada corrompido. Se hablaba de piel “nueva”, de uñas y vello crecidos, de sangre fresca en la boca. Para la medicina forense contemporánea esos signos pueden encajar con fenómenos normales de descomposición (retracción de la piel que hace parecer más largas uñas y cabello, o fluidos post mortem), pero en Kisiljevo eran pruebas de actividad nocturna. A partir de ahí, la lógica comunitaria se vuelve mecánica: si las señales existen, el remedio también.
Los aldeanos tallaron una estaca, la clavaron en el corazón del muerto y, según el propio texto, brotó sangre por la boca y por los oídos. Después lo quemaron. Frombald, que observa y escribe, se protege en su conclusión: deja constancia de que actuó bajo presión y que la aldea estaba “fuera de sí” por el miedo. Ese deslinde es tan importante como el relato macabro, porque revela el choque entre dos mundos: el de una administración que prefería el orden, y el de una comunidad que interpretaba la enfermedad y la muerte con herramientas heredadas, y no pensaba esperar a una orden oficial.
El salto decisivo ocurrió lejos de Kisiljevo. La carta llegó a Viena y terminó impresa en el *Wienerisches Diarium* (antecesor de la actual *Wiener Zeitung*). En el papel, el caso dejó de ser un rumor local: se convirtió en un hecho narrado con formato de noticia. En Europa central, ese cambio de soporte fue combustible. Lo que antes podía morir en la carretera —un relato que se cuenta en una taberna y se deforma al pasar de aldea en aldea— adquirió la apariencia de documento.
La difusión no fue inmediata como una moda. Hubo lectores que lo tomarían por extravagancia oriental, o por superstición campesina. Pero el texto tenía algo que molestaba: estaba firmado, provenía de un funcionario y circulaba por canales oficiales. De hecho, en Viena el asunto se discutió en ámbitos militares y sanitarios, y se ordenaron comprobaciones que, según los resúmenes conservados, no aportaron grandes conclusiones. Aun así, el simple hecho de que se investigara elevó la historia a un plano nuevo: el del “problema” que un Estado debía entender.
En los años siguientes, eruditos como Michael Ranft usarían este tipo de noticias para escribir tratados sobre los “muertos que mastican” y sobre el vampirismo como un fenómeno que merecía explicación natural o moral. Esa cadena —aldea → informe → prensa → disputa académica— es la mecha: sin ella, el vampiro habría seguido siendo un personaje del folclore regional. Con ella, empezó a convertirse en un objeto europeo, discutido, traducido y reutilizado.
El caso de Kisiljevo también deja una pregunta incómoda: ¿qué estaba pasando realmente en el pueblo? Puede que hubiera una enfermedad infecciosa mal comprendida, una crisis de hambre, o una suma de muertes que necesitaban un culpable identificable. En sociedades donde la autoridad estatal era intermitente y la medicina era limitada, explicar lo inexplicable era una necesidad social. El ‘vampiro’ servía para cerrar el relato y, de paso, para actuar.
Pero el detalle que prende la imaginación europea no es solo la estaca. Es la frase aparentemente neutral con la que el informe introduce el término —“así los llaman”— como si el autor se limitara a registrar una etiqueta local. A partir de ahí, la etiqueta se independiza. Y cuando una palabra se imprime, ya no hace falta creer para que empiece a circular.

























