Barcelona, febrero de 1912. En el Raval, la desaparición de una niña bastó para que el barrio se quedara sin sueño. En una ciudad acostumbrada a los sobresaltos —huelgas, miseria, redadas…—, aquello tocaba otra fibra: la de los más inocentes. Durante días, el caso circuló por los portales como un susurro. Nadie necesitaba verlo para creerlo: se repetía una idea simple, cada vez más aterradora: alguien se lleva a los niños.
La pequeña se llamaba Teresita Guitart. Las reconstrucciones más difundidas sitúan su desaparición el 10 de febrero de 1912. Desde entonces, cada jornada sin noticias inoculaba una capa de miedo, y el miedo, cual sangre contaminada, iba palideciendo el tono de la ciudad: primero preocupación, luego sospecha, por último pánico. El Raval, con sus patios interiores y su vida arraigada a la calle, se convirtió en un tablero de vigilancia doméstica: cuchicheos entre vecinos, preguntas a destiempo, puertas que se abrían sigilosas…
El 17 de febrero llegó un indicio que dirigió todas las miradas a un punto del mapa. Una vecina, Claudia Elías, declaró haber visto a una niña con el pelo cortado asomada a una ventana interior de un edificio de la calle Ponent 29 (hoy Joaquín Costa). No era una certeza, pero sí un hilo del que tirar. Y cuando una multitud que teme lo peor recibe una halo de esperanza, las fuerzas resurgen de las tinieblas, los ánimos se caldean y los rumores se multiplican, inflamando la vida cotidiana y convirtiendo el barrio en una olla a presión.
Diez días después, el 27 de febrero, el caso estalló. La policía entró en casa de Enriqueta Martí, donde encontraron a dos niñas. Una era Teresita. La niña fue liberada, declaró ante las autoridades y volvió con sus padres. Habían pasado diecisiete días desde la desaparición. Pero el hallazgo no cerró la historia: la abrió.
La otra menor se presentó como “Angelita” y afirmó ser hija de Martí, un dato que pronto se volvió resbaladizo, pues no se pudo confirmar que fuera verdaderamente su hija. El detalle —dos niñas, una recuperada tras más de dos semanas desaparecida y la otra de procedencia incierta— fue suficiente para que el caso dejara de ser un secuestro y se transformara en relato.
Las pesquisas de los agentes no ayudaron a paliar la necesidad de venganza del pueblo, al contrario, avivaron la llama que condenaba a Enriqueta Martí, hasta el punto de atribuirle el nada desdeñable apodo de “La Vampira del Raval”. ¿Pero por qué semejante apelativo? Según las crónicas de la época, las autoridades acudieron a las casas que había habitado Enriqueta anteriormente, donde encontraron un rastro que heló la sangre de los más curtidos: huesos de niños, un cráneo, mechones de cabello y otros restos humanos que dibujaban el perfil de una criminal sin precedentes.
Las investigaciones apuntaron a que aquella mujer, sumida en la superstición y al borde de la demencia, drenaba la vida de sus víctimas más indefensas para elaborar ungüentos con su sangre y su grasa. Una práctica tan antigua como la propia oscuridad, y tan brutal como cualquier leyenda que los hombres hayan inventado para explicar el mal más puro.
Las insinuaciones de curanderismo clandestino y la idea de una red de tráfico y explotación de menores cada vez cobraba más fuerza. No una “red” en sentido moderno, sino una cadena de intermediarios, compradores y silencios que, para muchos, no podía terminar en una sola mujer.
Y como todo rumor, que —cual vampiro— necesita ser alimentado para mantenerse con vida, nació el verdadero filo del caso: lo probado convivía con lo sugerido. La ciudad quería una historia completa y rápida, y el relato empezó a pedir más de lo que podía demostrar. Cada hueco se rellenaba con una versión más compleja, más negra. Y, como ya se sabe: una vez se ha absorbida toda la sangre, ya no hay transfusión que valga…
Enriqueta Martí quedó detenida y la causa siguió su curso. No llegó a juicio. Murió en prisión el 12 de mayo de 1913. La leyenda popular habló de linchamiento. Otras versiones, de enfermedad. La muerte, lejos de apagar el caso, lo dejó sin final judicial y, para el mito, una historia sin sentencia es una historia que cualquiera puede terminar.
Con los años, Barcelona ha vuelto una y otra vez a aquel febrero, como quien vuelve a un callejón donde juraría haber visto algo moverse.
A pesar de los numerosos intentos fallidos de enmienda, la leyenda ya camina sola, imperturbable, vagando a través de las calles del Raval como un alma muerta condenada a la vida eterna.






















