Los jardines literarios más evocadores de la historia

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Un jardín es una invitación a adentrarse en el conocimiento de uno mismo, a atreverse a poner la tilde sobre nuestras luces y sombras...

El vocablo “jardín” procede de su homónimo francés “jardín” que, a su vez, lo hace del diminutivo del antiguo francés “jart” que significa “huerto”. La literatura está entreverada de flores así, por ejemplo, es fácil encontrarlas en “El Principito”, “La Dama de las Camelias” o “El perfume”. Entre nuestros literatos, posiblemente ha sido la escritora Mercé Rodoreda (1908-1983) la que más veces ha recurrido a ellas.

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A pesar de que en el jardín no crecen las letras, nadie puede dudar que es un escenario excelente para utilizarlo como recurso metafórico. Ya nos lo dijo el poeta gallego José Ángel Valente:

“El jardín no es un lugar de soledad, sino de diálogo apacible”.

Todo empezó en un jardín

Estos espacios son el hogar de las pasiones más secretas y sus senderos han dado cobijo a los aromas más exóticos. Y es que los jardines han sido, desde los inicios de nuestra cultura, protagonistas de leyendas y silenciosas mitologías.

En el “Poema de Gilgamesh” se nos relata la creación de Enkidu, un hombre salvaje, que debe enfrentarse y poner firme a Gilgamesh, el depravado rey de Uruk. Allí se nos cuenta que, inicialmente, vivía de forma apacible en un edén rodeado de animales salvajes. Hasta que cierto día llegó hasta allí Samhat, una prostituta sagrada o naditú, enviada por el rey de Uruk.

La mujer sedujo sin grandes aprietos al salvaje Enkidu –“durante seis días y siete noches hicieron el amor de forma ininterrumpida”– tras lo cual le reveló el conocimiento en forma de lenguaje hablado.

A continuación, le adecentó, compartió con él la mitad de sus vestiduras y le condujo a la ciudad. Ese fue el comienzo de una gran amistad entre el otrora salvaje Enkidu y el todopoderoso Gilgamesh.

Las influencias sumerias y asiriobabilónicas en el relato del Jardín del Edén bíblico, donde comenzaron todas nuestras desgracias, son más que evidentes. Ese jardín es el símbolo de la universalidad, de los bienes terrenales y de nuestros más ocultos objetos de deseo. El lugar en el que, en una reducción maniquea, conviven el árbol de la vida y el del conocimiento, que permite distinguir entre el bien y el mal.

Del jardín del amor al de las flores parlantes

Si hay un jardín relacionado con el amor ese es el espacio fortificado de la familia de los Capuleto, el vergel donde tiene lugar una de las escenas de amor más famosas de la literatura. Allí las flores y los árboles asistieron mudos a la pasión que cegó a Romeo y a Julieta.

Igual de evocadores son los numerosos jardines que nos regaló el poeta Antonio Gala en sus escritos. Desde “El manuscrito carmesí” hasta la “Pasión turca” pasando por “Más allá del jardín”. En esta última obra Palmira, una dama de la alta sociedad sevillana, vive al abrigo de su maravilloso y cuidado jardín.

Menos romántico, pero no por ello menos mágico, es el jardín de las flores parlantes de “Alicia en el país de las maravillas”. El marco donde viven la Rosa, el Iris, la Gloria de Levantarse por la Mañana y el Narciso Confuso. Flores que, al principio, se muestran cariñosas con la recién llegada, asumiendo que es una flor más, pero al descubrir que no lo es, dan por hecho que Alicia es una mala hierba y es entonces cuando comienzan los problemas.

Para finalizar, nos quedamos con unos versos de “El jardín de las Morenas” de Federico García Lorca:

 Limonar.
 Momento
 de mi sueño.

 Limonar.
 Nido
 de senos
 amarillos.

 Limonar.
 Senos donde maman
 las brisas del mar.

 Limonar.
 Naranjal desfallecido,
 naranjal moribundo,
 naranjal sin sangre.

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Pedro Gargantilla
Médico, escritor y divulgador. Jefe de Medicina Interna del Hospital de El Escorial de Madrid. Profesor de la Universidad Francisco de Vitoria.

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