5 inventos que acabaron con la vida de sus inventores

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La humanidad siempre ha buscado formas para hacer más cómoda y fácil la vida. Muchas han sido las mentes inquietas que por su curiosidad han creado máquinas y otros artefactos que han servido para el progreso del mundo. Y en algunos casos se convirtieron en inventos que, literalmente, acabaron con su vida.

El ser humano es curioso. Desde el principio de la vida los humanos han estado haciéndose preguntas. Y estas preguntas son las que llevaron a muchos a estudiar a fondo todo lo que nos rodea en su afán de descubrir las respuestas. Gracias a esto la humanidad ha evolucionado mejorando nuestra calidad de vida.

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Pero, como bien dice el refrán: la curiosidad mató al gato. Y en muchas ocasiones, por desgracia, se ha convertido en realidad.

Los casos más conocidos son el de Marie Curie y la radioactividad, cuyas consecuencias le llevaron a la muerte en 1934. O el de Thomas Andrew, el constructor del Titanic, que acabó muriendo en el trágico accidente de 1912. Estos otros son menos conocidos, pero sus inventos también terminaron con la vida de sus inventores:

1. Aleksándr Bogdánov y las transfusiones de sangre

Nacido en 1873 en Sokolka, Polonia. Bogdanov fue un científico, pensador revolucionario y un escritor de ciencia ficción ruso (La estrella roja y El ingeniero Menni). Sus ideas políticas le convirtieron en figura clave dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, y cofundador de la facción bolchevique.

Aleksándr Bogdánov
Aleksándr Bogdánov en 1904.

BogdÁnov estudió medicina y psiquiatría. En 1924 comenzó sus experimentos con las transfusiones sanguíneas. El médico y cieéntifico pensaba que recibir transfusiones de gente sana y joven provocaba una regeneración en el cuerpo.

Entre los pacientes que trató con esta novedosa técnica se encontraba la hermana pequeña de Lenin, Maria Ulianov, lo cual suponía contar con el apoyo del gobierno. De hecho, por orden de Stalin, se creó el primer Instituto de Hematología de todo el mundo y Bogdanov fue nombrado su director.

Las personas que se sometieron a sus experimentos decían notar una mejoría visible en su aspecto: personas con problemas de calvicie que recuperaban su pelo, o aparentaban tener menos edad de la que tenían.

El médico perdió la vida en 1928, al inyectarse sangre de uno de sus voluntarios que padecía malaria y tuberculosis. Su muerte fue motivo de especulaciones, ya que poco antes escribió una carta donde criticaba a la actual política rusa. Por ese motivo, algunos compañeros de experimentos del doctor sugirieron que Bogdanov se había suicidado.

2. Franz Reichelt y su paracaídas

El deseo de volar del hombre es uno de los que más sucesos trágicos tiene. Un ejemplo lo tenemos con Franz Reichelt, un joven nacido en Viena y que se mudó a París en 1898 donde se convirtió en uno de los sastres más cotizados de aquel momento.

Franz Reichelt y su paracaídas
Franz Reichelt con el paracaídas que él mismo diseñó.

Pero una apuesta con sus amigos le hizo meterse de lleno en el mundo de la aeronáutica. En 1911, el club de Aviación francés publicó un concurso. Estaban en una época en que el hombre estaba consiguiendo grandes logros en este campo, y se les ocurrió una manera de apoyar aún más este hecho.

El club daría nada menos que 10.000 francos a aquella persona que consiguiera diseñar un paracaídas que funcionara. El sastre no pudo negarse a participar en él, ya que pensó que con sus conocimientos unidos a los de Da Vinci, era capaz de ganar el concurso y hacerse con una fama que le atraía.

Reichelt construyó un peculiar traje que en un principio pensaba casi 40 kilos y que fue perfeccionando hasta reducir su peso a menos de la mitad. El joven había probado su invento con varios muñecos siendo un total fracaso. Este fracaso, según el sastre, se debía a que los maniquíes no eran capaz de moverse y no consiguieron hacer que el paracaídas funcionara.

Las autoridades francesas dieron un permiso a Reichelt para probar su invento. El sastre debió engañarlos diciendo que sería un maniquí el que se lanzaría desde la Torre Eiffel, pero llegado el momento fue el propio sastre el que se lanzó al vacío enfundado en su invento.

El sastre se estrelló contra el suelo desde una altura de 60 metros, dejando un agujero de unos 15 centímetros después de su accidente. El fatal accidente fue grabado por una cámara donde se ven los segundos previos a su lanzamiento como el joven parece dudar.

Como anécdota, dos días antes del fatídico salto, Frederick Law, había conseguido lanzarse con su paracaídas desde la Estatua de la Libertad, a 68 metros de altura. Quizá el éxito conseguido por Law, fue el motivo por el que el joven francés decidió arriesgarse en su aventura, que le hizo confiar plenamente en su invento a pesar de que nunca funcionó.

3. Henry Smolinski y su coche volador

La idea de tener un coche capaz de volar es una de las más atractivas en la que podemos pensar. Eso mismo debió pasar por la cabeza de Henry Smolinski cuando se lanzó a crear su AVE Mizar, o también conocido como Flying Pinto.

Henry Smolinski
Henry Smolinski murió durante un vuelo de prueba de su diseño, el AVE Mizar.

Smolinski nació en 1933 en Cuyahoga, Ohio. Estudió Ingeniería Aeronáutica en el Instituto de Northrop. En su carrera formó parte de North American Aviation y Rocketdyne, tras lo cual pasó a fundar Advanced Vehicle Engineers en Van Nuys, California. La empresa contaba como socio a su amigo Hal Blake, y se creó para diseñar y construir un automóvil volador: el AVE Mizar.

La idea era unir un automóvil y un avión pequeño de manera que una persona sin conocimientos de pilotar aviones fuera capaz de manejarlo y hacerlo aterrizar, para separar su avión de él y poder circular con el coche de manera normal.

Para conseguir esta estructura unieron un Cessna Skymaster a un Ford Pinto. Se quitó la cabina y el motor delante del avión para facilitar el encaje en el coche, al que se le añadieron unas alas sobre el techo y un motor de empuje. El coche incluía accesorios e instrumentos que eran necesarios para pilotar el avión y controlar que todo funcionaba correctamente. Todo ello fue diseñado para que su manejo resultara fácil, y teniendo un especial cuidado en las sujeciones que unían al coche al avión.

El Mizar podía usar tanto el motor del coche como el del avión para conseguir mayor velocidad y facilitar su despegue. Una vez en el aire, sería capaz de moverse a una velocidad de 130 mph a unos 12.000 pies de altura y durante un recorrido aproximado de 1.000 millas.

A pesar de que su primer vuelo no obtuvo todo el éxito que se esperaba, el Mizar logró crear mucha expectativa a su alrededor y North Hills firmó como distribuidor nacional del primer coche volador de la historia en cuanto se pudiera comercializar. La idea era demasiado atractiva como para dejarla escapar.

Además, Smolinsky no hacía más que hablar sobre su fácil manejabilidad y su reducido precio, en torno a los 15.000 USD, lo que lo convertía en una opción de transporte muy asequible para la mayoría de los estadounidenses.

En 1973 se presentó un nuevo prototipo con un motor de avión diferente. Durante tres meses se hicieron pruebas y todo había funcionado de modo correcto. Así que decidieron anunciar este nuevo modelo convocando a la prensa para su lanzamiento el día 11 de septiembre.

Normalmente el Mizar era pilotado por Janisse, un experto piloto de aviación, pero ese día no estaría disponible por lo que sus creadores, Smolinsky y Blake fueron los encargados de mostrar las maravillas de su invento a los periodistas.

Dos minutos después de su despegue el ala derecha de la nave se dobló hacia dentro, lo que provocó que el Mizar perdiera el control y se estrellará contra el suelo causando la muerte de sus dos ocupantes.

La Junta Nacional de Seguridad en el Transporte inició una investigación en la que se determinó que el Mizar era demasiado pesado y superaba el peso recomendado para este tipo de vehículos. Además, encontraron piezas sueltas y mal soldadas que fueron lo que provocaron que su ala se retorciera hacia dentro. Por estos motivos, el proyecto Mizar se archivó, y solo queda como recuerdo de la trágica muerte de sus diseñadores.

4. Karel Soucek y su barril

Nació en 1947 en Checoslovaquia, y su vida profesional era la de especialista en escenas peligrosas de películas, haciendo de doble de los actores. Era amante del riesgo y siempre que podía ponía a prueba su capacidad de salir ileso de situaciones extremas. Había realizado acrobacias como saltar en moto sobre automóviles y otras de índole parecida.

Karel Soucek
Karel Soucek frente al barril que diseñó.

En 1984 emprendió una de las más arriesgadas aventuras que jamás nadie había conseguido terminar con éxito. Pretendía saltar las cataratas del Niágara dentro de un barril que él mismo había diseñado para tal evento.

El barril tenía una forma cilíndrica de casi tres metros de largo por metro y medio de diámetro, lo suficiente para que un hombre pudiera estar en su interior. Contaba con molduras de fibra de vidrio y estaba aislado con espuma líquida. Tenía un tubo que comunicaba con el exterior que le permitía respirar, y dos orificios por los que poder ver el exterior.

Era de color rojo brillante y tenía varias frases motivadoras inscritas en él:

El último de los temerarios del Niágara-1984.

No se trata de fracasa o triunfar, se trata de cumplir tu palabra y al menos intentarlo.

Después de haber hecho varias pruebas y estudiado todas las posibles situaciones, por fin, el 2 de julio de 1984 su barril con él dentro se lanzó por las aguas del Niágara. La hazana duró poco más de 3 segundos, pero Soucek quedó atrapado en aguas peligrosas debajo de las cataratas.

Su equipo tardó 45 minutos en rescatarlo, encontrando al especialista ileso, solo tenía algunas contusiones y cortes, un diente astillado y una lesión en su brazo.

Soucek recibió una multa de 500 usd por haber realizado la aventura sin autorización. El especialista había gastado 15.000 usd en mano de obra y materiales, más 30.000 euros invertidos en la filmación del evento. Pero pronto recuperó el capital invertido gracias a las entrevistas.

Su hazaña le había convertido en un personaje famoso, y quiso repetir. Esta vez su barril se enfrentaría a una caída de unos 55 metros de altura en el Houston Astrodome, un estadio multiusos, para caer en un tanque de agua.

El 19 de agosto de 1985 fue el día elegido para cumplir la hazaña, pero todo salió mal. El barril se soltó antes de tiempo y su caída no fue como se había previsto: en lugar de caer en el centro del tanque golpeó contra uno de sus bordes. Además, la espuma que se había colocado para amortiguar los golpes se habia desprendido de las paredes del barril, con lo que Soucek murió al poco de estrellarse debido a sus heridas.

5. Sylvester H. Roper y su Steam Velocipede

Nacido en 1823, Roper siempre tuvo un espíritu emprendedor y una mente inquieta. Entre sus patentes se encuentran máquinas de coser, hornos, escopetas…  Pero su verdadera pasión eran los vehículos movidos por vapor.

Sylvester H. Roper
Sylvester Roper y el Velocipede, su carruaje de vapor, construido en algún momento antes de 1870.

Construyó su primer vehículo de vapor de cuatro ruedas mientras trabajaba en la armería de Springfield, durante la guerra civil americana. Más tarde, en 1867 fabricó un vehículo de dos ruedas al que añadió un motor de vapor montado en un chasis de hierro diseñado para absorber vibraciones.

Las ruedas eran de madera. Tenía un depósito dentro del asiento del conductor donde se almacenaba el agua que, convertida en vapor, impulsaría el vehículo.

En 1895 Roper construyó una nueva bicicleta a vapor a la que llamó Steam Velocipede. Las ruedas eran neumáticos y esto permitió un mejor anclaje del motor al chasis.

Roper estaba tan orgulloso de su máquina, cuyo combustible era el carbón, que recorría pueblos y ciudades buscando exposiciones en la que poder enseñarla. Incluso se sentía orgulloso de ganar en velocidad y fuerza a los caballos, en las carreras que hacían en las ferias.

Curiosamente, ese mismo año en Francia también se fabricó una bicicleta con motor de vapor. Perreaux y Michaux, consiguieron un vehículo estéticamente mejor que el de Roper, pero ambos no continuaron con sus mejoras, por lo que todo quedó en una anécdota.

El 1 de junio de 1896, Roper estaba probando el último modelo de la Steam Velocipede en la pista de bicicletas de Charles River, cerca del Puente de Harvard en Massachusetts. El inventor había dado varias vueltas demostrando la rapidez de su vehículo de vapor, al que el ciclista profesional Tom Butler no fue capaz de seguir el ritmo. Todo parecía normal, hasta que la máquina empezó a zigzaguear y perdió la estabilidad cayendo al suelo.

Se calcula que la Velocipede iba a una velocidad de unos 64 km/h cuando Roper de 73 años, perdió el control. La causa de la muerte fue insuficiencia cardíaca, pero se desconoce si fue provocada por el susto de un posible accidente, o si el accidente fue debido al infarto.

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Lucía Hernández
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