Villanos de pocas palabras: el silencio como recurso del suspenso

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Una nena hace picar su pelota contra una columna de afiches. Uno de los carteles ofrece recompensa por un asesino de chicos, y sobre ese papel se recorta la sombra de un hombre con sombrero que le pregunta cómo se llama.

Después hay una madre que llama por el hueco de la escalera, un lugar vacío en la mesa, la pelota que rueda sola y un globo enredado en los cables. Así presenta Fritz Lang al criminal de M (1931), sin mostrarle la cara y sin mostrar el crimen.

Ese comienzo tiene casi un siglo y anticipa mucho de lo que el suspenso aprendió después. El antagonista que habla poco obliga a la película a decir por él, con encuadres, ruidos y esperas. Seis casos de épocas distintas muestran cómo se arma ese efecto.

Un silbido que llega antes que el cuerpo

M fue la primera película sonora de Lang. Hans Beckert, el personaje de Peter Lorre, se anuncia con una melodía silbada, «En la gruta del rey de la montaña», de la suite Peer Gynt de Edvard Grieg.

Según el British Film Institute, quien silbó fue el propio Lang, porque Lorre no sabía hacerlo. Así, el espectador escucha al asesino fuera de cuadro y ya sabe quién anda cerca.

El conductor que nunca aparece

Cuarenta años más tarde, Steven Spielberg llevó la idea al extremo en Duel (1971), conocida en la región como Reto a muerte.

Hecha para televisión, con guion de Richard Matheson, se emitió por ABC el 13 de noviembre de ese año. Dennis Weaver interpreta a David Mann, un automovilista al que un camión cisterna persigue por una ruta desierta.

Del camionero se ven las botas y un brazo que asoma por la ventanilla. Nada más. El fuera de campo hace el resto, porque al negarle rostro y voz la amenaza se muda al vehículo, a su motor y a su caño de escape humeante.

Una figura quieta en el borde del cuadro

John Carpenter resolvió el problema con composición. En Halloween (1978), Michael Myers no pronuncia una palabra y lleva una máscara blanca sin expresión. En los créditos, Nick Castle, que lo interpreta bajo la máscara, figura como «The Shape», la forma.

Un ensayo de Murray Leeder publicado por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos destaca que el personaje permanece inmóvil como una estatua, mirando, y que el formato panorámico permite que una figura inesperada se meta en el cuadro.

La música, compuesta por Carpenter, sugiere su presencia incluso cuando no está en imagen.

La máquina de pocas palabras

Terminator (1984), de James Cameron, le dio a Arnold Schwarzenegger un asesino que habla lo indispensable.

El American Film Institute lo describe como una máquina de pocas palabras, y la película reparte el trabajo verbal entre los demás.

Es otro personaje el que explica que con esa cosa resulta imposible negociar o razonar. Cada frase corta del villano confirma que del otro lado falta alguien a quien convencer.

La pausa como forma de amenaza

Anton Chigurh habla más que los anteriores, aunque pocas veces y sin apuro.

En Sin lugar para los débiles (2007), de Joel y Ethan Coen, el personaje de Javier Bardem entra a una estación de servicio perdida en el oeste de Texas, le pregunta al dueño cuánto fue lo máximo que perdió a cara o cruz y tapa una moneda con la mano sobre el mostrador.

La escena dura lo que duran los silencios entre una frase y la siguiente, mientras un envoltorio arrugado se despliega solo junto a la caja.

El tiempo es el recurso. Los Coen casi prescinden de la música, y según las notas que el compositor Carter Burwell publicó en su sitio, la banda sonora suma apenas 16 minutos contando los créditos finales.

Quedan el viento y las botas sobre el suelo duro. La película, que integra el catálogo de Mercado Play, ganó el Oscar a mejor película en la ceremonia de febrero de 2008, y Bardem, el de mejor actor de reparto.

Lo que camina al fondo

El caso más reciente prescinde hasta del rostro fijo. En It Follows (2014), estrenada en la Argentina como Te sigue, David Robert Mitchell imagina una entidad que adopta la apariencia de distintas personas, calla y avanza caminando hacia su víctima.

La película se filmó con planos abiertos y mucha profundidad de campo para que el peligro pudiera verse llegar desde atrás, según contó su director de fotografía, Michael Gioulakis, a la revista Definition en marzo de 2015.

El espectador termina revisando cada figura lejana del encuadre.

Qué comparten y por qué siguen funcionando

Ninguno de estos antagonistas se explica. Un villano que expone sus razones ofrece algo para discutir, y con quien discute se puede negociar. El que calla deja ese espacio vacío y el público lo llena con lo peor que imagina.

Cuando el personaje no carga el diálogo, la amenaza tiene que construirse con herramientas propias del cine, sea un silbido, un motor, una máscara al borde del cuadro, una moneda tapada o un paso constante.

Son decisiones baratas de producir y difíciles de imitar bien, porque dependen del pulso de quien dirige y de la paciencia de quien mira. Medio minuto sin palabras todavía alcanza para que una platea entera contenga el aire.

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