El hallazgo no empezó con una ciudad arrasada ni con crónicas de monjes medievales, sino con una pregunta mucho más incómoda: por qué había tantos niños enterrados juntos en varios cementerios prehistóricos de Siberia. El 17 de junio de 2026, un equipo internacional publicó en Nature la identificación del brote de peste más antiguo conocido hasta la fecha, ocurrido hace unos 5.500 años entre comunidades cazadoras-recolectoras de la región del lago Baikal, en el este de Siberia. La investigación sitúa el foco en cuatro cementerios del curso del río Angará —Ust’-Ida I, Bratskii Kamen, Serovo y Shumilikha— y cambia de sitio una vieja sospecha: la peste no necesitó necesariamente ciudades, ratas urbanas ni aldeas agrícolas densas para convertirse en una enfermedad letal.
Los investigadores analizaron ADN antiguo procedente de restos humanos conservados en enterramientos del Neolítico tardío de Cis-Baikal, la región occidental y septentrional del lago. La bacteria detectada fue Yersinia pestis, responsable de la peste. Su rastro apareció en el cemento dental de 18 de los 46 individuos examinados en los cementerios afectados, alrededor del 39%. La cifra es llamativa no solo por la antigüedad, sino porque indica que no se trataba de una infección aislada hallada por azar. Había varias personas infectadas, algunas emparentadas entre sí, y en ciertos casos depositadas en tumbas compartidas.
El ADN de la peste apareció en casi cuatro de cada diez individuos analizados, una proporción suficiente para hablar de brotes y no de una muerte aislada.
El trabajo reconstruye dos fases de brotes. La primera comenzó hace alrededor de 5.500 años y, según la modelización radiocarbónica, se concentró en un margen temporal corto. La segunda fase parece posterior, quizá varios siglos más tarde, con una horquilla más amplia e incierta. En Ust’-Ida I, el cementerio que más quebraderos de cabeza había dado a los arqueólogos desde las excavaciones de finales del siglo XX, el patrón era especialmente extraño: una mortalidad infantil y adolescente demasiado alta para encajar cómodamente con una explicación rutinaria. No había señales claras de violencia perimortem que justificaran aquel exceso de menores muertos.
La imagen que sale de los datos es bastante humana, y por eso resulta más dura. En algunos enterramientos aparecen niños depositados juntos; en otros, individuos con parentesco cercano. Associated Press recogió el caso de tres niñas enterradas una al lado de la otra, dos de ellas probablemente primas, así como el de una tía y un sobrino encontrados juntos mientras otra sobrina yacía en una tumba compartida distinta. No es una escena de peste negra medieval. Es un paisaje de pequeños grupos móviles, dedicados a la pesca, la caza y la recolección, enterrando deprisa a familiares que murieron en una misma sacudida epidémica.
La vía de entrada más probable fue zoonótica. Las comunidades de Baikal convivían con marmotas, las cazaban y, según la interpretación de los autores, pudieron manipular pieles, carne o vísceras infectadas. Después, la transmisión entre humanos habría sido compatible con una peste de tipo neumónico, propagada por contacto cercano y gotas respiratorias. La cepa antigua no tenía el gen ymt, clave para la transmisión eficaz por pulgas que más tarde caracterizaría a la peste bubónica de las grandes pandemias históricas. Esto no la hacía inofensiva. Al contrario, el genoma recuperado sugiere una etapa temprana y peligrosa en la evolución de la bacteria: todavía sin el “paquete” completo de adaptaciones de la peste medieval, pero ya capaz de matar.
Uno de los detalles más inquietantes es el sesgo por edad. El estudio señala una mortalidad especialmente fuerte entre niños de unos 8 a 11 años. Los autores relacionan esa vulnerabilidad con diferencias inmunitarias y con la presencia de una variante en el locus ypm, un superantígeno que podría desencadenar respuestas inflamatorias severas. Conviene no convertir esta explicación en una certeza absoluta: los propios datos bioarqueológicos no permiten observar síntomas ni reconstruir cada contagio. Pero la combinación de ADN bacteriano, parentesco, fechas de radiocarbono y distribución de edades hace que la hipótesis epidémica sea difícil de apartar.
La cepa de Baikal no era la peste bubónica medieval, pero ya tenía una capacidad mortal que golpeó con especial fuerza a los niños.
Hasta ahora, las evidencias más antiguas de peste se situaban en otros puntos de Eurasia, como Letonia o el norte de Europa, y eran varios siglos más recientes o más difíciles de asociar a una mortalidad amplia. Lo importante de Baikal no es únicamente que empuje hacia atrás la cronología. Es que permite unir tres piezas que rara vez encajan tan bien en la prehistoria: presencia del patógeno, varios fallecidos relacionados y un patrón funerario coherente con muertes rápidas dentro de grupos pequeños. La peste, por tanto, no aparece en la historia humana solo como una sombra de las ciudades medievales. Sus raíces documentadas se hunden en campamentos, riberas y cementerios del Holoceno medio, mucho antes de los brotes registrados por escrito. El lago Baikal, famoso por su profundidad y por su riqueza ecológica, queda ahora ligado también a otra profundidad menos visible: la de una enfermedad que ya estaba probando sus rutas de transmisión miles de años antes de que Europa pusiera nombre al terror de la Peste Negra.

















