(Berenice) La meiga que me amó

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Estaba apurando mi tercera taza de café. Meditaba sobre el desastre de vida que llevaba.

Me daba la impresión de que el resto de la humanidad dedicaba su tiempo a realizar cosas importantes, transcendentes, que sus vidas tenían objeto, destino, un fin glorioso. En tanto mi existencia no era más que una pérdida de tiempo continua, inútil y absurda…

Llamaron a la puerta de casa. No me apetecía ver a nadie, estaba por no abrir, que me dejaran en paz en mi descenso a la melancolía…

– ¡Luis,  no me toques las narices y abre de una vez!

Era mi amigo Simón. Llevábamos tiempo sin vernos. El había pasado los últimos tres meses en Galicia. Al vernos, nos dimos un abrazo, como gesto habitual de cariño entre nosotros… Siempre será mi mejor amigo.

Conversamos un rato. Yo me preparé una cuarta taza de café y a él, le puse otra.

– Siéntate, Luis, no te vayas a caer al suelo por lo que te voy a contar.

– Ya será menos…

– Tengo una nueva novia. La conocí en una aldea gallega. Y lo más fuerte, es meiga.

-¿Qué? Cómo meiga…

– Pues meiga de meiga. Qué meiga va a ser…

– Te refieres qué es bruja, de esas de las escobas voladoras y los gatos negros.

– Sí, bruja, que en gallego se dice meiga. Lo es, al igual que su madre, su abuela y su bisabuela. Es algo de familia.

– Venga, Simón, no me tomes el pelo. Déjame con mi depresión, ser feliz.

– Lo bueno es que tiene una hermana, también meiga. Le he hablado de ti y le gustaría conocerte.

– Buenooo, ya estamos. Preveo lío en el horizonte…

Por mucho que protesté y discutí durante toda la mañana con Simón, no hubo manera… En estos momentos iba con él, en autobús, camino de Galicia.

Llegamos a un pueblo. Allí tomamos un microbús que nos llevó hasta la aldea, de mi futura novia meiga.

Habíamos viajado durante la noche, el sol comenzaba a elevarse descubriendo un paisaje muy verde en el que la naturaleza se mostraba especialmente hermosa.

Entramos en una taberna a desayunar. Nunca olvidaré aquel delicioso café de puchero acompañado por unas filloas rellenas de castañas cocidas…

Después, fuimos a instalarnos al hostal en el que teníamos reservada una habitación doble.

Por la tarde, Simón me presentó a Berenice.

Al verla…, me perdí para siempre entre las pupilas de sus ojos negros. Bailé a la luz de la luna con Berenice, recorrí los bosques, recogí las hierbas mágicas para los filtros y, alrededor de la hoguera, escuché embrujado sus conjuros.

Nos enamoramos los dos, yo de Berenice y ella de mí. El tiempo parecía no existir. Los cuatro días se consumieron en el instante de un suspiro. La última noche fue de luna llena y, bajo ella, me besó por primera vez. Tras el beso, se evaporó entre mis manos convertida en bruma…

Esa bruma se fue alejando de mí hasta posarse sobre lo alto de un pequeño cerro. Lo mágico y lo imposible surgió en la noche…

De la niebla nació una nueva Berenice. Ella se transformó en un árbol. El viento que surgía a través de él pronunció mi nombre en sonidos imposibles:

– Vuelve a mí, cada año vuelve a mí, en la misma fecha de hoy. Durante cuatro días seré Berenice otra vez para ti. Siempre te esperaré.

– Berenice, Berenice…!

Grité su nombre a la profunda noche. Solo silencio. No me dejes Berenice…

Lleno de dolor, sentía agitarse a las criaturas de la oscuridad y su mirada burlona, oculta tras la densa vegetación… Y el árbol Berenice parecía danzar indiferente a mi presencia mecido por el viento nocturno. Entonces, un cuervo se posó en sus ramas más altas.

Antes de marcharme, con una pequeña navaja que llevaba en el bolsillo, grabé un corazón y dentro de él, puse nuestras iniciales B y L.

Ya soy muy viejo, la muerte pronto tocará mi puerta. Incontables años han pasado desde mi primer encuentro con ella. Nunca falté  a la cita con Berenice…

Nota del albacea que completa el relato:
El autor de este texto murió dejando esta nota inacabada. Según consta en el atestado policial. Fue enterrado, como dejó escrito en su testamento, en un cerro que adquirió hace años, al pie de un determinado árbol. En su tronco estaba grabado un corazón que contenía las iniciales B y L.

Humildemente, permitidme dedicar esta historia al gran Edgar Allan Poe.

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