Los fabricantes de armas de destrucción masiva comercian con el futuro de la humanidad

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Hoy en día, el botón de destrucción total del mundo está en manos de las empresas privadas fabricantes de armas, y su objetivo no es precisamente la paz. En la lucha por el poder armamentístico el perdedor es siempre el mismo…

La hipótesis de que los fabricantes de armas están decidiendo entre la vida y la muerte de comunidades enteras está cobrando fuerza.

La industria armamentística, en especial las empresas privadas que fabrican armas de destrucción masiva, tienen el poder de elegir quién vive y quien muere en función de sus resultados comerciales anuales, lo que aumenta la probabilidad de que se produzca un apocalipsis que destruya el mundo como lo conocemos.

La privatización del apocalipsis

Se entiende que la situación del mercado aumenta o disminuye las posibilidades de destrucción total, lo que quiere decir que, en caso de que algo vaya mal, viviremos un escenario de enorme gravedad.

Los expertos aseguran que este tipo de decisiones se toman con mayor frecuencia de lo que parece. Según las palabras publicadas en Huffington Post por Jonathan Alan King, profesor de biología molecular y presidente del Comité de Abolición Nuclear de Massachusetts Peace Action, se está produciendo una privatización del apocalipsis.

Existen partidarios de la privatización que afirman que la producción privada de este tipo de arsenal es necesaria para evitar conflictos bélicos que ponen en riesgo la supervivencia humana, y, por otro lado, muchos analistas que creen que los riesgos son mayores que los posibles beneficios.

Valoración de riesgos

El conocido emprendedor y novelista Rob Reid asegura en Medium que el riesgo de fabricar armas de destrucción masiva es de 50/50, es decir, o se generan múltiples muertes, o se salvan muchas vidas.

Desde su planteamiento, cuando alguien toma una decisión que tiene un 50% de probabilidades de acabar con la vida de personas, se comporta de la misma forma que un asesino que se juega a cara o cruz si matar o no a una víctima.

Tal y como dictan las leyes, si la víctima está involucrada en un juego en el que tiene un 1% de probabilidad de morir se estaría juzgando un delito de imprudencia. Pero si la víctima es obligada a participar en un juego donde las posibilidades de muerte son del 99%, el acusado sería juzgado por intento de asesinato.

En un caso de riesgo 50/50, de cara o cruz, la intención de asesinato queda bastante clara y ningún juez la pasaría por alto.

Precedentes en la historia

Este tipo de decisiones en las que se juega con la vida de millones de inocentes llevan siendo tomadas desde 1942, durante el proyecto Manhattan, encargado de la investigación y desarrollo de las primeras armas nucleares en la II Guerra Mundial.

Si algo salía mal durante las primeras pruebas atómicas, la atmósfera podría llegar a arder eliminando a la humanidad por completo, y, aun así, el Gobierno de Estados Unidos asumió ese riesgo y siguió adelante con el plan.

Algunos involucrados pensaban entonces que las probabilidades de catástrofe eran escasas, aunque reconocen que, de igual forma, un fallo así traería consecuencias terribles e irreversibles para la vida en la Tierra.

Incluso el propio Robert Oppenheimer, el físico que lideraba los laboratorios Álamo del proyecto Manhattan, se mostró años después en contra de este tipo de ensayos. Y eso que, en el contexto de la época, él era, a ojos de todos, un héroe al que se le había encomendado la honorable misión de impedir que Hitler se hiciera con el monopolio nuclear mundial.

El móvil del crimen

La decisión que puso en riego a la humanidad en la II Guerra Mundial fue tomada para acabar con los abominables planes supremacistas de Hitler, con el objetivo de salvar vidas. Pero ahora son los beneficios los que influyen en la creación de armas mortíferas que pueden arrasar el planeta.

Bombas nucleares, armas biológicas, robots asesinos autónomos

Mientras las guerras se desarrollen en países lejanos, y se desenvuelvan de forma favorable a los países fabricantes, parece no haber límite para la comercialización de la muerte.

La ingenua esperanza de que las armas de destrucción masiva no se usen nunca y solo sirvan para amedrentar no es suficiente para asegurar la estabilidad internacional. Si gana el que más juguetes tiene, y los que deciden se enriquecen con la competición, nos espera un futuro lleno de cosas que lamentar.

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