Leer a Delibes

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Leer a Delibes es toda una experiencia. Es un maestro y algunos de sus libros son un diccionario de términos maravillosos en sí mismos. Pocos escribieron y escriben mejor que él.

Como decía, lo que apuntaban hace años algunos de sus libros se va confirmando, desgraciadamente: el abandono del campo y la despoblación paulatina e inexorable de muchos pueblos. Sus calles no rebosan de rebaños bien entrada la tarde como antaño, y los surcos y matas de las huertas no tienen azada que les remueva la tierra.

Muchos de ellos van quedando solo para que gente de las ciudades vaya algún fin de semana que otro a las casas rurales, a observar, aún sin saberlo, un mundo que se pierde, un mundo que boquea moribundo. Sin saber o sospechar siquiera lo mucho que antaño se ha trabajado allí y lo que ha costado levantar esas poblaciones desde la nada.

Las generaciones de abuelos y bisabuelos, no han sido bien relevados por los nietos. Ellos quieren ser funcionarios, alargar la partida en el bar hasta bien entrada la tarde y esperar los cuatro cuartos de subvención que han asolado y empobrecido el campo como la peor de las plagas.

De las eras desaparecieron los montones de trigo y avena, la vega está con cuatro huertos y en Bullaque no queda un surco. Pocos quieren luchar allí o pastorear los ganados, qué pena.

La juventud que podría cambiar allí las cosas se va, no le interesa, y la que se queda guarda los aperos en los pajares y se va ha hacer botellón. El campo no se ha perdido solo. Le hemos dejado perderse, los unos y los otros.

Cómo olvidar al Tío Castor y a tantos…, vestidos de pana, chaleco y boina, calzados de albarcas. De rostro curtido y manos de roca. Cómo olvidarle mirando al cielo con su mirada azul. Cielo del que dependía el sustento  de su familia; allí ya nadie mira al cielo.

Mi corazón se estremece al recordar a aquellas generaciones desaparecidas y cuyo legado se está perdiendo ante demasiada indiferencia por parte de todos. Lo lamentaremos cuando ya no esté… Lo valoraremos cuando ya no exista…

En los pueblos, las puertas ya no están abiertas, hay menos golondrinas al amanecer, e incluso uno, cierto día, se quejó al vecino de que el gallo le despertaba al alba…

También hay mucha soledad y depresión entre nuestros mayores. Sobre todo en invierno, que las puertas se cierran pronto. Esa gente necesita una atención que no se le da. Llevo tres días sin salir de casa, -me decía una viejecita con gesto desesperado-.

España, también existe en sus pueblos de Extremadura, La Mancha, Andalucía…, en sus muchos pueblos que son olvidados y que desaparecerán si dejamos entre todos, sin luchar, que desaparezcan.

Navas de Estena va a desaparecer con el tiempo -me dijo la hija del alcalde-, y en nuestro pueblo también está bajando la población…

Lo que escribía Delibes se va confirmando de la peor manera posible.

¿Quién ha arruinado o está arruinando nuestro campo? ¿Cómo podemos permitir que esto suceda? No lo entiendo y me llena de dolor

Y yo le debo estas palabras a mi abuelo Andrés, de Retuerta del Bullaque. Allí, en Retuerta, la vieja campana tañe con desgana, resistiéndose… Sus cuartos, sus medias y sus horas…, temerosa de marcar la cuenta atrás de un mundo al que ama. Sabedora de que ese mundo no podrá sobrevivir sin el esfuerzo conjunto de todos. Lamentarse luego no tendrá lugar.

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Luis Maroto Rivero

Autodidacta apasionado por la lectura y la escritura. Mi primer libro fue autobiográfico: Camino Suave. Luego vinieron otros de distinta temática. La literatura debe comprometerse con las causas de sus días, y no ser simplemente un reto intelectual con el que pasar buenos ratos, sin descartar estos, ni las buenas historias.

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