En lo alto de aquel cerro

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Entré en el viejo cementerio del pueblo. La puerta metálica que le da entrada, fiel a su costumbre, gimió agudamente cuando giró sobre sus oxidados  goznes. Crucé un zaguán, a derecha e izquierda, seguián abiertas las puertas que de niño me daba tanto miedo mirar.

Las dos golondrinas muertas ya no estaban tiradas en el aquel rincón, pero mi mente las recordaba con claridad, como si décadas de tiempo no hubiesen transcurrido desde entonces y las sombras del pasado regresaran una vez más…, y el niño preguntara, preso en un bucle eterno de tiempo,con gran desconsuelo,¿por qué están las golondrinas muertas?, sin obtener respuesta alguna de sus mayores.

Todos tenemos una golondrina y cuando morimos también muere nuestra golondrina -pensó en silencio, calladamente, el niño que fui-. Desde ese día no pude evitar mirar volar a las golondrinas esperando inútilmente reconocer a la mía entre tantas.

Las antiguas escenas se evaporaron al atravesar la puerta principal,  que se abría a un amplio espacio ajardinado repleto de lápidas cubiertas de ajadas flores de plástico e infinidad de jarrones rotos por todos lados.

Caminé entre las tumbas con devoción y respeto, conocía a demasiadas personas enterradas allí y a alguna de ellas que no podré olvidar nunca.

No tardé mucho en encontrar las dos que buscaba…, una tendida junto a la otra. Padre e hijo, uno tendido junto al otro. Leo sus nombres y fecha de fallecimiento grabados en el mármol como páginas en blanco de una historia jamás contada. Pero que, como toda historia, merece ser contada:

Finales de la década de 1950. En un pueblo de la Mancha, de calles empedradas y un reguero de agua que bajaba hasta el río, de lumbres y huertas, de corrales y horno de pan, de muchas necesidades pero también de festejos por San Bartolo y bailes en la plaza, de migas en la sartén y momentos de felicidad en torno a la mesa.

Cualquier jornal era necesario para el sustento de la casa. Andrés y Jerónima tenían cinco hijos, cuatro mujeres y un varón. Cierto día, tres cazadores contrataron al hijo, que ya había cumplido los 22 años, para que les guiara a algún lugar donde poder cazar un ciervo o un jabalí.

La mañana resultó infructuosa, nada encontraron. Hacia el mediodía uno de los cazadores -según declaró días más tarde- confundió al muchacho de Andrés con una pieza de caza, disparó su escopeta y le alojó una posta en la cabeza.

Herido de gravedad, le llevaron a una choza abandonada. Durante tres días le mantuvieron allí, oculto sin ningún tipo de atención médica. Como era un chico fuerte, resistía en medio de la agonía.

Ante los gritos que daba, temerosos de ser descubiertos, decidieron trasladarle a Toledo. Le arreglaron el aspecto y taparon la herida para pasar desapercibidos. Luego, sentado en un vehículo en medio de  dos de los cazadores, mientras el tercero conducía, le llevaron a la ciudad, al domicilio de uno de ellos.

Avisaron a un amigo suyo que era médico: “O lleváis a este chico inmediatamente a un hospital, o doy parte de vosotros a la Guardia Civil” -les dijo su amigo médico-, la primera persona que mostró un poco de compasión tras el momento fatídico del disparo. Hasta entonces, el joven había estado en manos de una camada de alimañas.

Una vez en el hospital, la noticia llegó al pueblo y a su desesperada familia. El hijo, al ver a su padre entrar en la habitación, recuperó unos instantes la conciencia para decirle sus últimas palabras : ¡No sufras nunca Padre!

…le dije a la muerte
que no me moría
para ver a mi padre
que pronto llegaría
Ya se moría el hijo
la muerte ya tenía prisa
Ya se moría el padre
pero la muerte
a él no le quería
En el pueblo le enterraron
hacia el mediodía
hasta las golondrinas
de Retuerta
de pena se morían…

Hubo un juicio. Pero ese día el lugar de la justicia fue ocupado por la iniquidad y en los sitiales se sentaron los inicuos con los bolsillos llenos de monedas repartidas.

En los bancos de madera se sentaba Andrés Rivero y medio pueblo para escuchar la sentencia que exculpaba de toda responsabilidad a los tres cazadores.

Y ni siquiera a Andrés le pidieron perdón por haberle arrebatado a su hijo y haberle dejado agonizando durante tres días sin atención médica y ni un mínimo de compasión.

Pocos años después murió Andrés, herido por la misma posta que mató a su hijo. Hasta entonces, casi todos los días al atardecer se le veía caminar, mientras pudo hacerlo, hasta lo alto de un cerro para poder ver desde allí a su hijo por lo alto de la pared de piedra del cementerio.

A lo alto de aquel cerro
camina despacito Andrés Rivero
Va herido de muerte…
Va muerto de dolor…
A lo alto de aquel cerro camina
a mirar por encima de la tapia del viejo cementerio
para ver la tumba de su hijo bajo una lápida fría
Allí, amigo, está enterrado mi corazón
Allí amigo está enterrada mi vida
Andrés Rivero, decía
desde lo alto de aquel cerro.

¿Dónde está mi golondrina abuelo?
Dime por favor, abuelo mio…
¿Dónde está mi golondrina?…
Un abrazo, una lágrima y mi corazón…si me dices abuelo ¿Dónde está mi golondrina?

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Luis Maroto Rivero
Autodidacta apasionado por la lectura y la escritura. Mi primer libro fue autobiográfico: Camino Suave. Luego vinieron otros de distinta temática. La literatura debe comprometerse con las causas de sus días, y no ser simplemente un reto intelectual con el que pasar buenos ratos, sin descartar estos, ni las buenas historias.

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