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El caso Watergate

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El 8 de agosto de 1974, el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon del partido Republicano anunció su dimisión, causando cierto estupor y sorpresa en la ciudadana ya que por primera vez, en la historia de este país, un presidente abandonaba su cargo. Era el capítulo final del caso Watergate, que comenzó en junio de 1972, cuando fueron detenidos cinco individuos que intentaban colocar micrófonos en las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington, durante las elecciones.

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El escándalo político, considerado el más importante en la historia estadounidense, desprestigió considerablemente al partido Republicano, al sacar a la luz una trama de encubrimientos y corrupción que salpicó al propio presidente. Espionaje y escuchas ilegales que el partido, y por ende el gobierno, pusieron en marcha durante la campaña electoral de 1972, que ganó Nixon y que trataron de ocultar por todos los medios hasta que fue imposible.

Todo fue saliendo a la luz, para conocimiento no sólo de los ciudadanos estadounidenses sino de todo el mundo, gracias a un laborioso trabajo de periodismo de investigación de dos periodistas del prestigioso e influyente diario The Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, que revelaron detalles del caso y acusaron directamente al presidente al tratar de obstaculizar, ralentizar y paralizar las investigaciones. Entre otras cosas se negó a entregar las cintas de las conversaciones con sus asesores que eran claves para la investigación oficial.

Contaron con la colaboración de un misterioso personaje que les fue guiando en la investigación, «garganta profunda», como se le conoció. Hubo que esperar treinta y tres años para saber quien se ocultaba detrás de esa identidad y la sorpresa fue que se trataba de un ex directivo del FBI, Mark Felt.

Historia de un escándalo

Los cinco individuos detenidos resultaron ser agentes secretos y no meros ladronzuelos como al principio se pretendió vender. Fueron conocidos como the plumbers, los fontaneros.

El 17 de junio, Woodward estaba en el juzgado escuchando la audiencia preliminar de los detenidos, en ese momento considerados como ladrones de poca monta. Al periodista le llamaron la atención determinadas declaraciones y comentarios, empezando porque uno de los detenidos era James W. McCord Jr, ex agente de la CIA.

Ya no sonaba a simples ladronzuelos. Otro de los detenidos comentó que eran «anticomunistas» de profesión. Pero la decisión de comenzar una investigación en serio la tomaron al saber que McCord era además el coordinador de seguridad del Comité para la reelección del Presidente Nixon. Esto no había sido un intento de pequeño atraco a unas oficinas, había algo mas, algo sucio y turbio que merecía la pena investigar.

El 1 de julio se produce una dimisión sorprendente e inesperada, la del jefe de campaña del presidente, J. Mitchell, por cuestiones personales, en ese momento nada alarmante solo mera casualidad, pero no iba a ser así. Las investigaciones de Woodward y Bernstein estaban destapando un caso de uso ilegal de fondos en la campaña. La clave, como ya hemos dicho fue «garganta profunda», que al principio solo corroboraba la información que Woodward tenía y orientaba al periodista sobre cómo continuar, dónde buscar y preguntar.

Fruto de todo el trabajo de investigación, el Washington Post publica el 10 de octubre, menos de un mes antes de celebrarse las elecciones, un artículo en que denunciaba un plan de espionaje y sabotaje por parte del Partido Republicano para conseguir la reelección de Nixon. El escándalo ya estaba en la calle pero Nixon consiguió ganar las elecciones.

Parecía que todo se había acabado con su victoria y que no se investigaría nada mas. Pero en enero de 1973 el caso sufre un giro inesperado. McCord escribe una carta al juez confesando que había declarado en falso, coaccionado porque había personalidades muy relevantes detrás de todo aquello que estaban implicadas y su vida podía corres peligro. Ahora es cuando el caso despertó el interés de toda la prensa por el escándalo que había destapado el Washington Post y sus dos tenaces periodistas.

El caso llegó al Tribunal Supremo que requirió al presidente la entrega de las cintas secretas obtenidas de aquella instalación de micrófonos en las oficinas del Partido Demócrata. El veredicto fue contrario a los argumentos presidenciales y Nixón acabó perdiendo el favor de su propio partido y de la calle. Al presidente no le quedaba mas salida, presentar la dimisión, si no quería verse sometido a un proceso de impeachment, que lo tenía perdido al no contar con parte de los votos de su propio partido.

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