Fecha de caducidad

Si por un momento intentáramos echar la mirada hacia esas épocas que ya pertenecen al ayer, quizás podríamos traer a nuestra memoria aquellos tiempos en los cuales los ritmos que marcaba cada jornada eran muy diferentes a los actuales, será porque las costumbres eran  genuinas debido a que aún no existía la novedosa globalización, la misma que permitió la entrada de innovaciones foráneas.

Lo recordaréis por haberlo vivido u oído de boca de vuestros familiares, aquellos tiempos de un pasado pintoresco donde la gente solo se surtía de comestibles en los puestos de mercado, en las carnicerías de toda la vida y en los comercios de ultramarinos propios de cada barrio.

Un factor esencial era la confianza cliente-comerciante, la cual otorgaba la tranquilidad de que  siempre se llevaban a casa productos frescos aptos para el consumo.

Lo cierto es que el tiempo no se detiene y se van produciendo cambios acordes a las épocas; el progreso se ha instalado entre nosotros permitiéndonos acceso a otras formas de vida más prácticas.

Hoy concurrimos a las grandes superficies, a los centros comerciales donde encontramos casi todo, también nos proveemos de comestibles en los surtidísimos supermercados y, además, tenemos la posibilidad de realizar compras online

Atrás han quedado aquellas lentas tareas de hacer la compra “pidiendo la vez” a las señoras o señores que se adelantaron para ser atendidos.

De la mano del progreso llegaron a nuestra vida, también, los envases, hoy el género llega a nuestras manos debidamente envasado, sobre todo los alimentos, los que, a partir del Real Decreto1334/199, llevan su correspondiente fecha de caducidad. 

Pero existe una fecha de caducidad a la que quiero referirme, ésta no contiene indicaciones ni fechas, es tan misteriosa que ni siquiera nos alerta de nuestro  vencimiento: me refiero a nuestra propia fecha de caducidad.

Si los seres humanos poseemos, desde nuestra finitud, un designio, una especie de fecha de caducidad, la cual algunas veces ni siquiera respeta ciclos, sabido es que la muerte sorprende también a los niños. En algunos casos se cuenta con alguna alerta que aparece a partir de una enfermedad, pero, a ciencia cierta, nadie sabe cuál será la hora de su propia partida.

Séneca, filósofo latino con grandes dotes oratorias, decía que “vivir es también morirse día a día, y nos equivocamos en aquello de ver a la muerte como algo futuro, ha muerto en nosotros el niño y el joven que fuimos”.

Es así, porque las etapas transcurren y atrás va quedando lo vivido. Por eso la necesidad de sentir la fuerza de la vida a diario y ser capaces de disfrutar con ello.

Hoy, por ejemplo, sí que estamos con vida (tú leyendo, yo escribiendo); gocemos entonces de los pequeños placeres que nos ofrece en éste presente la vida que aún conservamos, vibremos en cada acción que realicemos…

Cabe recordar siempre que, como desconocemos nuestra fecha de caducidad, conviene hacer realidad aquella frase de Charles Chaplin que dice: “Vive como si fueras a morir mañana”. Vive!!!

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