La curiosa historia del descubrimiento de la Estreptomicina

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La creación del primer antídoto contra la temible enfermedad de la Tuberculosis, la cual cobra la vida de más de 1,5 millones de personas al año, es una data histórica que no puede pasarse por alto, aunque el origen de su descubrimiento guarde un infortunado relato.

La lucha contra la enfermedad de la tuberculosis, una de las afecciones respiratorias que más muerte ha causado en el mundo, inició hace casi ocho décadas con el descubrimiento de un antídoto de manos de un estudiante de la Universidad de Rutgers en New Jersey. Aunque este hallazgo representa un momento de celebración para la historia médica y científica de la humanidad, el relato de su descubrimiento dista de serlo y conserva en su trayectoria una triste novela de usurpación de parte de un microbiólogo erudito hacia su pupilo.

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Crónica de un descubrimiento

El norteamericano Albert Schatz, cuando apenas era un curioso estudiante de postgrado de tan solo 23 años de edad, fue el creador de este antibiótico que ha salvado millones de vidas durante casi 80 años. En un sótano del Departamento de Microbiología de la mencionada academia, habilitado como laboratorio, el joven manipulaba bacterias muy virulentas en búsqueda de este medicamento bautizado por él mismo como Estreptomicina.

Pero como si se tratase de una película hollywoodense, fue su profesor y tutor Selman Abraham Waksman quien se adjudicó el crédito de esta importante invención sanitaria. Por cierto, vale indicar que Waksman no se atrevía a visitar el lugar por temor al contagio, prefiriendo en cambio acudir a presentaciones públicas y realizar visitas a hospitales donde anunciaba como suya la creación del revolucionario medicamento, sin mencionar siquiera el nombre del joven Schatz.

Este crédito robado le regaló a Waksman no solo la oportunidad de recibir el Premio Nobel de Medicina en Suecia, sino además el título de “Ciudadano de Honor” por parte del Ayuntamiento de San Sebastian en Bilbao. Ni hablar del beneficio del cobro de regalías por la patente que le pertenecía también a Schatz en sociedad, pero que nunca lo benefició.

En reclamo de sus derechos como autor, Schatz nunca fue tomado en serio y la demanda en contra de la Universidad y del mismo Waksman se revirtió en su contra. El escándalo y rechazo de otros investigadores afectó su carrera científica, lo que motivó su partida años después a Latinoamérica, concretamente hacia Chile.

La medicina salió a la luz el 19 de octubre de 1943, pero el nombre de Schatz no fue reivindicado sino muchos años después por la curiosidad de un periodista, quien decidió hurgar y publicar la verdadera historia de esa investigación. Fue a los 74 años cuando el creador de la Estreptomicina pudo disfrutar del reconocimiento de su arduo trabajo bajo el piso de la Universidad de Rutgers.

Salvando millones de vidas

La Estreptomicina es el segundo antibiótico útil en la historia de la humanidad solo superado por la penicilina, concebida por Alexander Fleming en 1928. Es un antimicrobiano bactericida del grupo de los aminoglucósidos, y se utiliza especialmente para el tratamiento de la tuberculosis, salmonellas, neumococos y en general para infecciones respiratorias. Ya para la fecha del encuentro con este fármaco, la tuberculosis había hecho estragos en la humanidad, pues se estima que fue originada en la África del Este hace cerca de 3 millones de años. 

En el año 1882, cuando la enfermedad causaba la muerte de una de cada siete personas en América y Europa, el médico alemán Robert Koch advirtió el descubrimiento del Mycobacterium tuberculosis, la bacteria que causa la tuberculosis (TB), pero para entonces las prescripciones solo aliviaban mínimamente los síntomas.

Antes de la aparición de antibióticos, el tratamiento para la tuberculosis consistía solamente en descanso, abrigo y buena alimentación. Existían otros métodos más supersticiosos en la Edad Media, que suponían la necesidad del contacto o “toque real” de los reyes de Inglaterra y Francia, para la posible sanación.

El uso doméstico de la medicina natural funcionó como breve paliativo para el alivio de síntomas en los años 1800, como el caso del uso de aceite de hígado de bacalao, masajes con vinagre y la inhalación de resina. En la actualidad por estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una cuarta parte de la población mundial está infectada por el bacilo de la tuberculosis, y aunque no muestren síntomas de enfermedad o contagio, son vulnerables a su padecimiento.

Solo la prevención y el uso adecuado de los medicamentos puede evitar la aparición y avance de esta patología infecciosa que continúa siendo la más mortal del mundo, alrededor de 1,5 millones de personas fallecen cada año.

Otros fraudes en la historia

Existen registros de que un importante número de las patentes más populares a lo largo de la historia fueron robadas, algunas autorías han sido desarrolladas con ideas prestadas o simplemente “auto-atribuidas” por profesionales más audaces que talentosos.

Resulta asombroso el número de invenciones que en el transcurso de los años se celebraron por cuenta ajena, con rostros que no les pertenecían, como en el caso más sonado del teléfono, mejorado en su diseño por Alexander Graham Bell, pero que propuso por primera vez el desconocido italiano Antonio Meucci para comunicarse con su esposa enferma. Un infortunado destino hizo que Western Unión extraviara sus planos y con ellos la posibilidad de defender su autoría.

Nadie puede imaginar que grandes ideas que cambiaron el mundo y que representaron un avance relevante para la sociedad surgieron de mentes como la de Schatz y que se mantuvieron en el anonimato por largos años, distantes de méritos y del beneficio financiero anhelado.

Así pues, a esta lista se suman la Teoría del Big Bang, la cual “presintió” el físico Robert Dicke, pero que probaron con Premio Nobel incluido Arnos Penzias y Robert Woodrow. Peor suerte sufrió Rosalind Franklin, quien murió de cáncer por los Rayos X usados para descubrir la estructura doble hélice del ADN, pero fueron el estadounidense James Watson y el británico Francis Crick quienes obtuvieron el premio Nobel en 1962.

Mirando un poco más atrás en la historia, Thomas Alva Edison sigue recibiendo el crédito por el descubrimiento de la electricidad, también de la radio, el microondas y el radar, incluso cuando elaborados primeramente por el ingeniero serbio Nikola Tesla. Nadie a esta altura se atreve tampoco a sospechar que la Teoría de la Relatividad fue un hallazgo de Hules Henri Pincaré y no de Albert Einstein.

En conclusión, este tema de la autoría de descubrimientos científicos siempre ha tenido tela que cortar, ya sea por ambigüedades sobre el origen de las idea, ya sea por egoísmo y oportunidad abrazada por profesionales más elocuentes y intrépidos, ya sea por mejoras hechas a algunas propuestas que no tomaron forma en el momento adecuado. Y aunque algunos siguen en polémica, lo verdaderamente importante es el aporte que han dado al avance y calidad de vida de la sociedad.

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