El beneficio de la duda

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Si se consideran las actuales circunstancias, cabe reconocer que estos son tiempos convulsos. Se ha complicado demasiado la situación de  mucha gente en diferentes lugares del mundo.

Hoy día la lucha por la subsistencia es un flagelo que ha hecho que se vuelva a recurrir a prácticas de épocas pasadas: la de emigrar, por ejemplo, para encontrar en otros sitios una solución que permita salir adelante, así como en otros tiempos muchos europeos emigraban a las Américas.

Si bien los avances han traído progreso, la sociedad está afectada en parte por la pobreza y todas las consecuencias que a causa de ella se ocasionan.

Es así que el estrés, las depresiones, incluso hasta los suicidios, sean males propios de esta época de cambios a la que hemos llegado con inseguridades al comprobar que ya nada es para siempre.

Tampoco la duración del estado del bienestar y no precisamente somos nosotros los causantes de su pérdida sino que, abruptamente, las cuestiones temidas ocurren, seguramente porque el sistema lleva a que así sea.

Los factores externos hacen que, de pronto un día, de golpe y sin anestesia para la mente y para el corazón, se pierda el trabajo que se creía que podría durar toda la vida, y las crueles consecuencias llegan enseguida al hogar que se priva del derecho a la subsistencia. Se dice fácil, pero es un tema de gravedad extrema.

Quizás la automatización, la robótica y las tecnologías propicien, en parte, éstos cambios para los que nuestras mentes no están del todo preparadas.

Lo cierto es que la inseguridad ante los riesgos ya es parte de la vida de la gente, es así como las mentalidades han tenido que cambiar para estar a la altura de las actuales circunstancias.

Atrás se han quedado las enseñanzas trasmitidas de generación en generación, cuando se aconsejaba creer en la «palabra» hasta para cerrar tratos comerciales.

Hoy eso ni siquiera es lícito porque todo tiene un proceso de trámites donde solo vale la firma debidamente autorizada. Y así mismo aparecen los riesgos de estafas.

Con los cambios se ha ido desechando también la credibilidad para dar paso a la duda. Pero si hacemos historia, observaremos que quienes entendían de la problemática humana, siempre consideraron la posibilidad de dudar.

Descartes le otorgaba a la duda un valor provisional, porque opinaba que su alcance se limitaba justo hasta el momento de conocer la verdad de la que ya no se podría dudar.

Justamente en ese punto nos encontramos hoy: permitiéndonos el beneficio de la duda, ya que si fuésemos crédulos estaríamos a la intemperie debido a que otros se habrían aprovechado de nuestra buena fe.

Si alguna vez fuimos confiados, seguramente hemos escarmentado. De todo se aprende.

Hoy ya no alcanzan las palabras ni las promesas, hoy hasta las ilusiones dependen, en parte, de permitirnos anteponer la razón, lo cual no quita que sigamos disfrutando de nuestra imaginación, la que nos permite soñar despiertos. Pero con la premisa de haber dejado de creer en cuentos de hadas.

Es la duda la que nos permite actuar con cierta cautela, y quizás la que nos evita complicaciones, aquello de pensar antes de actuar, como afirmaba Descartes, se hace imprescindible.

No existe nada absoluto, tampoco verdades absolutas, recuerda siempre que:

«El ignorante afirma, sin embargo el sabio es el que duda y reflexiona.»

Considera siempre tu imperfección y permítete dudar, es un consejo sano en estos días que corren.

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Silvia Alasino
Escribo para la gente que valora la vida. Solo si se tiene sensibilidad, se habrá encontrado el verdadero sentido de nuestra existencia. Mis primeros libros: «El círculo» y «Emigrando».

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