El Himalaya vuelve a situarse en el centro de la crisis climática mundial. Un informe abreviado publicado en septiembre de 2026 por Systemiq, en colaboración con Integrated Mountain Initiative y con aportaciones técnicas de ICIMOD y del G.B. Pant National Institute of Himalayan Environment, advierte de que la cordillera está acercándose a una zona de no retorno. La señal más clara está en sus glaciares: pierden masa un 65% más rápido que hace una década y, si las emisiones siguen la trayectoria actual, el Hindu Kush Himalaya podría perder hasta el 80% de su volumen glaciar actual para finales de siglo.
La noticia no habla de un glaciar aislado ni de una montaña remota. El sistema Hindu Kush Himalaya se extiende desde Afganistán hasta Myanmar y actúa como una enorme reserva natural de agua para ríos que sostienen agricultura, ciudades, energía hidroeléctrica y economías enteras. Se le llama a menudo el “Tercer Polo” porque concentra la mayor cantidad de hielo fuera del Ártico y la Antártida. La diferencia, incómoda, es que bajo este sistema helado viven o dependen cientos de millones de personas, muchas de ellas en regiones ya expuestas a monzones extremos, deslizamientos e inundaciones repentinas.
El informe sitúa el problema en una fase especialmente peligrosa: la llegada al llamado “pico de agua”. Durante un tiempo, el deshielo puede aumentar el caudal de los ríos porque los glaciares liberan más agua de la habitual. Ese aumento, que a primera vista podría parecer una ventaja, es una señal de agotamiento. Cuando la masa de hielo se reduce lo suficiente, los caudales dejan de crecer y empiezan a caer. Según la advertencia difundida por Reuters el 14 de septiembre de 2026, ese punto podría llegar hacia mediados de siglo, con consecuencias profundas para la seguridad hídrica regional.
El Himalaya no solo pierde hielo: está alterando el calendario del agua del que dependen hogares, cosechas, presas y ciudades enteras.
La dimensión del riesgo se ve con especial claridad en India. El nuevo análisis señala que el agua vinculada al Himalaya sostiene más del 20% del PIB indio, aunque los estados de montaña reciben solo una pequeña parte de ese valor económico. La paradoja es dura: las zonas que conservan los bosques, glaciares, manantiales y cuencas altas cargan con costes de construcción más altos, carreteras más vulnerables y amenazas climáticas crecientes, mientras buena parte de los beneficios se acumula río abajo, en llanuras agrícolas, industrias y áreas urbanas.
A esa presión lenta se suma un peligro súbito: los lagos glaciares. A medida que los glaciares retroceden, dejan depresiones donde se acumula agua. Muchas de esas masas de agua quedan retenidas por morrenas, es decir, diques naturales de roca suelta, hielo y sedimentos. Pueden resistir durante años, hasta que una avalancha, lluvia extrema, terremoto o simple sobrecarga las rompe. Entonces llega una riada repentina, cargada de barro, rocas y troncos, capaz de bajar por valles estrechos con muy poco aviso.
India ya ha catalogado 189 lagos glaciares de alto riesgo en la región himalaya, de los cuales 56 están clasificados como de riesgo “muy alto”, según datos oficiales comunicados en 2026. Es una cifra que convierte el problema en algo más concreto que una proyección climática. No se trata solo de cuánto hielo se perderá en 2100, sino de qué pueblos, carreteras, puentes, centrales hidroeléctricas o cultivos quedan hoy bajo lagos inestables que apenas pueden vigilarse de cerca.
La vigilancia sigue siendo uno de los puntos más débiles. Reuters recoge que solo 21 glaciares se monitorizan actualmente sobre el terreno de un total estimado de unos 40.000 en la región Hindu Kush Himalaya. ICIMOD, por su parte, había señalado en marzo de 2026 que los glaciares de la región perdieron alrededor del 12% de su superficie y el 9% de sus reservas estimadas de hielo entre 1990 y 2020. La lectura es inquietante: la ciencia sabe que el sistema cambia deprisa, pero todavía observa muchas zonas casi a ciegas.
La cordillera que alimenta grandes ríos asiáticos está entrando en una fase en la que los mapas de riesgo envejecen más rápido que las infraestructuras construidas para resistirlos.
El informe también pone el foco en el carbono negro, partículas oscuras procedentes en parte de hornos de ladrillo y otras fuentes de combustión que se depositan sobre la nieve y el hielo. Al oscurecer la superficie, hacen que absorba más radiación solar y se funda antes. Systemiq calcula que aproximadamente un tercio del deshielo glaciar del Himalaya estaría impulsado por este factor, una palanca regional más inmediata que la reducción global de gases de efecto invernadero, aunque ambas sean necesarias.
El aviso llega después de meses de desastres en la región y de una creciente preocupación por las inundaciones de origen glaciar. En India, el Gobierno ha aprobado programas de mitigación para estados del Himalaya como Himachal Pradesh, Uttarakhand, Sikkim y Arunachal Pradesh, con inventarios, sistemas de alerta temprana y evaluaciones técnicas de lagos peligrosos. Es un avance, pero parece insuficiente frente a una cordillera que cambia al mismo tiempo por calor global, contaminación regional, obras en alta montaña y ocupación de valles expuestos.
El mensaje de fondo es sencillo y bastante incómodo: el Himalaya ya no puede tratarse solo como paisaje, frontera o destino turístico. Es una infraestructura natural de escala continental. Si sus glaciares cruzan determinados umbrales, el impacto no se quedará arriba, entre picos y pasos de montaña. Bajará por los ríos, atravesará fronteras y llegará a campos, ciudades, presas y presupuestos públicos que dependen de una estabilidad que empieza a desaparecer.


