¿Qué relación guardan los habanos Montecristo con la novela?

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Una de las marcas de habanos con más solera es Montecristo y su nombre hace alusión a una costumbre decimonónica de las tabaquerías cubanas…

Si hacemos caso a los sommeliers cubanos, el Montecristo con vitola No 4 es el mejor habano del mundo. Un petit corona que se elabora de forma artesanal con cuatro variedades diferentes de hojas.

El diseño de su caja es inconfundible, compuesto de espadas que se cruzan formando un triángulo, en cuyo interior aparece una flor de lis, en clara alusión a la novela homónima francesa.

“El conde Montecristo”, la famosa obra de Alejandro Dumas padre, se terminó de escribir en 1844 y fue publicada, siguiendo la tradición de la época, como folletín novelesco en una serie de dieciocho entregas, que se prolongaron durante dos años.

Portada de 'El conde de Montecristo' (Editoral Emecé)
Portada de la novela ‘El conde de Montecristo’ de Alejandro Dumas (Editoral Emecé)

Tabaco con aroma intelectual

Para comprender la asociación entre el habano y la novela debemos remontarnos a la segunda mitad del siglo XIX, cuando todavía Cuba pertenecía al imperio español.

En 1865 el político liberal Nicolás Azcárate, un personaje de enorme sensibilidad, impulsó la costumbre de la lectura en las empresas tabaqueras.

Su filosofía era hacer más amenas las largas jornadas de trabajo de los torcedores de puros, para ello un empleado les leería el periódico o las novelas que escogieran en voz alta. De esta forma, además de entretenerse adquirirían un cierto enriquecimiento cultural.

Los primeros experimentos en la implementación de este sistema se realizaron con presos cigarreros del Arsenal del Apostadero de La Habana.

La lectura se efectuaba en unas salas llamadas galeras, de donde proviene el término “galeradas”, con el cual designamos actualmente a las primeras pruebas en papel procedentes de una imprenta.

Lector de tabaquería
Lector de tabaquería leyendo en ‘Cuesta-Rey Cigar Company’ en Tampa, Florida, 1929 (Burgert Brothers)

Posteriormente, se formalizó en la fábrica habanera “El Fígaro” desde donde se extendió al resto de las factorías de la isla. Como el salario del lector corría a cargo del resto de los empleados, los patronos no pusieron ningún impedimento al proyecto.

Entre las obras de ficción más preciadas por los torcedores se encontraban las de los escritores franceses, con Alejandro Dumas –padre e hijo-, Víctor Hugo y Emilio Zola a la cabeza.

Una de las novelas que se escuchaban con más pasión era la que relataba las peripecias de Edmundo Dantes, el conde de Montecristo.

Con estos mimbres no puede sorprendernos que en 1934 en una firma tabacalera afincada en La Habana y dirigida por dos asturianos, Alonso Menéndez y José García, se decidiera por bautizar su marca de habanos con la novela más exitosa de las salas de torcedores.

Tabaco con aroma intelectual

Germen de la independencia

De esta forma, los empleados de las tabaqueras no tardaron en convertirse en los trabajadores más cultos de toda la isla. El despertar intelectual que provocó la lectura fue la semilla que hizo germinar un espíritu independentista.

No fue casual que José Martí, poeta, ensayista y organizador de la Guerra de la Independencia, ejerciera como lector de torcedores y acudiera a los tabaqueros con su soflama independentista.

Cuando Alejandro Dumas escribió su novela no podía sospechar el éxito que alcanzaría años después entre los trabajadores de habanos del otro lado del Atlántico.

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Pedro Gargantilla
Pedro Gargantilla
Médico, escritor y divulgador. Jefe de Medicina Interna del Hospital de El Escorial de Madrid. Profesor de la Universidad Francisco de Vitoria.
Referencias: El Universal, Scielo.

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