Un pecio bizantino localizado frente a la isla croata de Mljet ha devuelto a la superficie una historia que llevaba más de trece siglos enterrada bajo el Adriático. El Instituto Croata de Conservación anunció el 20 de julio de 2026 los resultados de una larga investigación submarina en la bahía de Polače: una embarcación de los siglos VII u VIII, cargada con oro, joyas de élite, monedas, objetos de comercio y piezas de uso cotidiano que ayudan a reconstruir una ruta marítima clave entre Oriente y Occidente en el mundo bizantino. No se trata solo de un “tesoro” en el sentido fácil de la palabra. El hallazgo reúne material de lujo, indicios diplomáticos y rastros de una economía marítima que seguía funcionando en un Mediterráneo ya muy distinto al de Roma.
El yacimiento fue identificado en 2015, dentro de un programa de investigación submarina que el Instituto Croata de Conservación desarrolla desde hace 19 años en Mljet. En ese tiempo, los arqueólogos han documentado 20 naufragios hasta entonces desconocidos, fechados entre el siglo II a. C. y el siglo XVI. El pecio bizantino de Polače, sin embargo, destaca por la calidad de los objetos recuperados y por el contexto en el que aparece: una zona que no era un rincón perdido, sino un punto de paso para barcos que conectaban las dos mitades del Mediterráneo. La imagen es fácil de imaginar, aunque conviene no adornarla demasiado: un barco que intenta alcanzar refugio en una bahía protegida y que, por causas aún no determinadas, acaba hundido antes de completar la maniobra.
El valor del hallazgo no está solo en el oro, sino en la posibilidad de identificar a bordo la presencia de una élite política o militar bizantina.
Entre los objetos más llamativos figuran cuatro conjuntos de cinturón de oro con hebillas y lengüetas decoradas con esmeraldas, rubíes y perlas. El instituto croata subrayó que se trata de piezas de una rareza extraordinaria en contexto subacuático mediterráneo. A ellas se suman monedas de oro asociadas a cuatro emperadores de la dinastía de Heraclio, fechadas a finales del siglo VII, y un anillo de oro con imagen imperial. Ese último objeto es una de las claves de lectura del pecio. Según el equipo investigador, el anillo solo podría haber pertenecido a un alto funcionario estatal o militar, o bien haber funcionado como regalo diplomático o pieza personal de un dignatario de primer nivel. La hipótesis es prudente, pero poderosa: el barco pudo transportar a alguien mucho más importante que un simple comerciante.
La investigación no se limitó a retirar piezas valiosas. El conjunto incluye ánforas, instrumentos de pesaje, fichas de marfil, cuencos, jarras, platos y otros restos cerámicos. Esa mezcla baja la noticia del escaparate del museo al suelo de la vida real. A bordo había objetos de representación y prestigio, sí, pero también mercancías, utensilios y herramientas vinculadas al intercambio. En arqueología, esa combinación suele ser más reveladora que una pieza espectacular aislada. Permite leer el barco como una cápsula de movilidad: una embarcación donde viajaban bienes, personas, símbolos de poder y quizá encargos oficiales.
El trabajo ha sido lento. El Instituto Croata de Conservación habla de nueve campañas arqueológicas desde el inicio de la investigación del pecio. En 2026, el proyecto contó también con un equipo de la Universidad de Stanford dirigido por Justin Leidwanger, especialista en arqueología marítima. El arqueólogo Igor Miholjek, al frente de la investigación croata junto a Pavle Dugonjić, señaló a Reuters que el conjunto recuperado superaba los 600 gramos de oro y lo describió como el mayor hallazgo de este tipo localizado en un naufragio del Mediterráneo. Esa afirmación es muy fuerte y, por eso, debe leerse como declaración de los investigadores a la agencia, no como una clasificación cerrada y universal.
El pecio obliga a mirar el Adriático como una autopista bizantina, no como un margen secundario del Mediterráneo medieval.
La ubicación de Polače añade otra capa. La bahía conserva restos romanos y tardoantiguos, y la isla de Mljet aparece como un lugar lógico para resguardarse en una navegación complicada. National Geographic recogió la posibilidad de que un viento bora, típico y peligroso en el Adriático, hubiese sorprendido a la embarcación cuando trataba de alcanzar protección. No hay una causa definitiva del hundimiento, y conviene mantener esa duda. Lo verificable es que el barco acabó en el fondo frente a una costa que estaba integrada en rutas de larga distancia, y que el material recuperado indica conexiones amplias en pleno tránsito entre la Antigüedad tardía y la Edad Media.
El hallazgo llega en un momento en el que la arqueología subacuática del Adriático está dejando de ser una sucesión de rescates puntuales para convertirse en una lectura más sistemática del pasado marítimo. La importancia del pecio de Mljet no depende de una sola joya ni de la belleza de una hebilla. Depende de la acumulación de señales: oro imperial, objetos personales de élite, herramientas comerciales, cerámica cotidiana y una posición estratégica. Si las investigaciones posteriores confirman la interpretación del equipo, el naufragio podría convertirse en una referencia para estudiar cómo se movían poder, comercio y diplomacia bizantina por el Adriático en los siglos VII y VIII.















