Un equipo internacional liderado desde el Centro de Astrobiología, CSIC-INTA, ha detectado eritrulosa en una nube molecular cercana al centro de la Vía Láctea. La noticia, publicada el 13 y difundida el 14 de julio de 2026 por Nature Portfolio a partir de un trabajo publicado en Nature Astronomy, parece de primeras casi una excentricidad: un azúcar presente en las frambuesas y en algunos autobronceadores aparece en el espacio interestelar. Pero el fondo es bastante más serio. Hasta ahora no se había confirmado de forma directa la presencia de un azúcar verdadero en el medio interestelar, ese material tenue de gas y polvo que existe entre las estrellas.
La molécula fue localizada en G+0.693-0.027, una nube molecular del centro galáctico conocida por su enorme riqueza química. El nombre, frío y poco amable, no ayuda a imaginarla, pero los astrónomos la tratan casi como una mina de moléculas prebióticas. Está situada en la región del centro de la galaxia, a unos 8,2 kilopársecs de la Tierra, y ya había proporcionado detecciones de especies orgánicas de interés para estudiar la química previa a la vida. Esta vez, la firma hallada fue la de la eritrulosa, una cetosa de cuatro carbonos, quiral, con catorce átomos en su estructura.
La eritrulosa confirma que una pieza química de la biología puede formarse antes de los planetas.
La detección se hizo con dos instrumentos españoles: el radiotelescopio de 40 metros del Observatorio de Yebes, en Guadalajara, y el radiotelescopio de 30 metros de IRAM en Pico Veleta, Sierra Nevada. Ambos captaron señales de radio en bandas milimétricas y centimétricas. Después llegó la parte menos vistosa, pero decisiva: comparar líneas espectrales con los patrones de laboratorio de la molécula. El artículo identifica doce conjuntos de líneas compatibles con eritrulosa, que suman diecisiete transiciones individuales, en medio de un bosque de señales de más de 180 especies químicas modeladas en la misma nube. En una fuente tan abarrotada, no basta con encontrar una raya sospechosa; hay que encajar muchas piezas y descartar coincidencias engañosas.
El hallazgo no dice que haya vida cerca del centro de la Vía Láctea. Tampoco significa que los cometas repartieran “azúcar de frambuesa” como si sembraran planetas. La lectura prudente es otra: algunas moléculas orgánicas complejas, incluidas moléculas quirales y biológicamente relevantes, pueden formarse en condiciones interestelares. Los modelos del trabajo apuntan a que la eritrulosa podría originarse sobre granos de polvo helado a partir de moléculas más simples. Después, procesos físicos como choques o calentamientos liberarían parte de ese material al gas, donde los radiotelescopios pueden detectarlo.
La importancia está en el viejo problema del origen de los azúcares en la Tierra primitiva. Los azúcares no son un adorno bioquímico: proporcionan energía, forman estructuras y participan en componentes esenciales del material genético. La ribosa, por ejemplo, es parte del ARN. Sin embargo, producir concentraciones útiles de azúcares en experimentos que simulan la Tierra primitiva no es sencillo. Por eso interesa tanto la hipótesis de un suministro externo, procedente de meteoritos, cometas o polvo interplanetario. Ya se habían encontrado ribosa, glucosa y otros azúcares en meteoritos y muestras de asteroides. Lo que faltaba era una detección en el propio medio interestelar.
La nube G+0.693 no demuestra cómo empezó la vida, pero sí ensancha el almacén químico del que pudo nutrirse la Tierra joven.
El detalle casi irónico es que la eritrulosa se asocia en la vida cotidiana con productos muy terrenales. Está en las frambuesas y también se utiliza en cosméticos autobronceadores. Esa coincidencia ha facilitado titulares dulces, pero puede distraer. La molécula detectada aparece en concentraciones extremadamente bajas y en un entorno que no tendría nada de amable para la vida. El valor de la noticia no está en imaginar sabores espaciales, sino en comprobar que la química orgánica compleja escala un peldaño más en ambientes previos a la formación de sistemas planetarios.
El equipo encabezado por Izaskun Jiménez-Serra plantea que la detección abre la puerta a buscar otros azúcares y derivados prebióticos en nubes similares. No es una promesa de encontrar vida, ni siquiera de encontrar una receta completa. Es más bien una señal de método: con catálogos de laboratorio, radiotelescopios sensibles y paciencia para separar líneas solapadas, se puede leer una parte del inventario químico que circula por la galaxia. La vida, si alguna vez se explica desde sus ingredientes más humildes, quizá tenga que empezar también por estas señales débiles.
















