Un fósil hallado en Brasil ha añadido una pieza inesperada al rompecabezas del origen de las serpientes. La nueva especie, bautizada Tametara mirim, vivió hace entre 85 y 75 millones de años, durante el Cretácico, y fue descrita en Nature el 23 de julio de 2026 por un equipo internacional encabezado por Tiago R. Simões, Graciela Piñeiro y Michael W. Caldwell. El animal era pequeño —unos 42 centímetros de largo, según Reuters—, pero su esqueleto conserva una cantidad de información poco habitual para una serpiente mesozoica: alrededor del 60% del cráneo y el 70% de la columna vertebral. En paleontología, eso no es un detalle menor. En un grupo donde muchos fósiles aparecen como vértebras sueltas o fragmentos aislados, un ejemplar articulado y tridimensional puede cambiar la conversación.
El fósil fue descubierto en 2020 en William’s Quarry 2, dentro del Sítio Paleontológico José Martin Suárez, en Presidente Prudente, estado de São Paulo. El holotipo quedó catalogado como MPM 420 en el Museu de Paleontologia de Marília. Nature lo sitúa en la Formación Adamantina, dentro del Grupo Bauru y la Cuenca Bauru, con una edad estimada entre el Santoniense tardío y el Campaniense temprano. Son nombres técnicos, sí, pero importan: ubican a Tametara en un ecosistema continental brasileño de finales del Cretácico, lejos de la imagen simplificada de las primeras serpientes como criaturas exclusivamente marinas o costeras.
El fósil conserva justo las partes que suelen faltar: cráneo, oído interno, nervios y columna.
La investigación usó microtomografía de alta resolución para reconstruir detalles del cráneo, los nervios craneales, el oído interno y la anatomía cerebral. Esa parte vuelve especialmente valioso al animal. Las serpientes actuales son más de 4.200 especies, con formas de vida que van desde excavadoras casi ciegas hasta depredadoras visuales de superficie, acuáticas o arborícolas. Entender cómo aparecieron esas diferencias requiere mirar no solo huesos externos, sino órganos sensoriales y estructuras internas. Tametara mirim muestra una combinación de rasgos que, según el artículo, ayuda a entender una diversificación temprana más compleja de lo que sugerían algunos modelos.
El nombre tiene una resonancia local. “Mirim”, en tupí-guaraní, significa pequeño. Y el animal, por lo que se puede inferir del cráneo y del oído interno, parece haber llevado una vida excavadora o semi-excavadora. Reuters recogió que probablemente se alimentaba de presas pequeñas, quizá insectos, aunque no hay evidencia directa de dieta conservada en el fósil. Tampoco se puede afirmar con seguridad si era venenosa. Es probable que aún tuviera extremidades posteriores reducidas, como otras serpientes primitivas, pero el ejemplar no conserva directamente esa parte del cuerpo. Aquí conviene pisar con cuidado: el fósil abre hipótesis, no autoriza a rellenar con imaginación todo lo que falta.
Nature subraya otro punto de archivo: Tametara mirim es la primera serpiente articulada descrita en Brasil y una de las pocas serpientes mesozoicas con preservación tridimensional suficientemente informativa. Antes de este estudio, se conocían menos de diez fósiles articulados de serpientes del Mesozoico y solo tres con preservación tridimensional comparable. Ese contexto explica por qué un animal tan pequeño puede recibir tanta atención. No compite por tamaño ni por espectacularidad visual. Compite por calidad anatómica.
La serpiente Tametara mirim muestra que la ruta evolutiva fue menos lineal de lo que parecía.
El estudio también dialoga con otros fósiles sudamericanos, como Dinilysia patagonica, una serpiente argentina del Cretácico que durante años ha sido importante para discutir los hábitos excavadores en el origen del grupo. Tametara aporta un punto brasileño y una anatomía interna distinta para comparar. Según Tiago Simões, citado por Reuters, el hallazgo indica que la evolución temprana de las serpientes tuvo cambios de hábitat y rasgos sensoriales más variados de lo esperado. Dicho de forma sencilla: no hubo una única escalera evolutiva desde lagarto con patas a serpiente moderna, sino una red de formas intermedias, algunas quizá excavadoras, otras no tanto, con pruebas parciales y caminos que no dejaron descendientes directos.
La historia queda, por ahora, lejos de una conclusión cerrada. No se ha encontrado la “serpiente original”, y Tametara no es antepasado directo de las serpientes actuales. Más bien aparece como una rama temprana del tronco evolutivo, un linaje que ayuda a calibrar qué rasgos estaban presentes y cuáles aparecieron después. Eso no le resta importancia. Al contrario: los fósiles que no son ancestros directos suelen ser los que mejor muestran la diversidad real de un grupo en formación. En el caso de Tametara mirim, el pequeño cráneo de São Paulo abre una ventana a un momento en que las serpientes aún estaban probando formas de vivir bajo tierra, sentir el entorno y moverse sin parecerse del todo a las que conocemos hoy.















