La belleza de las pequeñas cosas

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“Mi reino no es de este mundo… Soy rey.”

No he podido evitar empezar el escrito con esta cita de la biblia, disculpadme, (a veces lo más difícil de escribir una historia es elegir por donde empezar a contarla )

Yo también soy rey de mi propio mundo, rey de un maravilloso mundo repleto de cosas sencillas con las que me es imposible poder ser más feliz:

La llamada de mis hijos que llegan, escuchar sus risas desde mi habitación cuando les dejo a solas en el salón, el silencio de la noche, la sonrisa de un extraño en un día gris, llegar a casa tras un día de trabajo, una ducha caliente, ponerme un café y unas tostadas, abrir un libro, recordar una bella mirada, una llamada de un amigo, envolverme en la maravillosa energía de mi amiga Ana cuando hablo con ella…

No terminaría nunca de enumerar las enormes riquezas que contiene mi reino único. Soy un verdadero soberano, rey de mi propio mundo. El mundo de las cosas pequeñas y simples, en cuyo corazón se atesora y guarda celosamente el secreto de la verdadera felicidad.

Siento que los seres humanos nos hemos extraviado en algún lugar. Llegamos aquí y no sabemos quiénes somos, ni qué hemos venido a hacer a este mundo.

Creo que no sabemos vivir la vida que se nos ha entregado y no damos más que tumbos y tropezones, corriendo sin sentido de un lado para otro. Caminamos en un  interminable círculo, sin llegar nunca a ningún sitio.

Solo queremos más y más, acumular, poseer…, en una carrera sin sentido. Siempre quejándonos de algo sin agradecer nada.

Abrir un frigorífico y encontrar comida dentro, darnos una ducha caliente, abrir un grifo y que salga agua, abrir un armario y encontrar ropa, un sillón y una manta frente a un televisor…

Es algo que miles y miles de millones de seres humanos en el planeta Tierra no se pueden, ni se podrán permitir jamás, y que aquí no sabemos considerar en su justa medida, pensando que es un derecho que tenemos por añadidura, sin darnos cuenta de que es un verdadero  privilegio.

¿Cómo se puede ser feliz si no se saben agradecer y valorar estos regalos excepcionales?

Dios observaba cada día a un niño con gran curiosidad. Le veía salir de la choza en la que vivía, llevando un odre vacío colgado de uno de sus hombros.

El niño caminaba durante 4 km hasta un manantial en el que llenaba  el odre. Una vez terminaba de coger el agua, regresaba a la choza en la que vivía junto a su familia.

Cada mañana recorría estos 8 km con una amplia sonrisa dibujada en su rostro. Dios se congratulada cada día con esa sonrisa y la felicidad que rebosaba del muchacho.

En otro punto del planeta había una mujer que permanentemente se quejaba de todo. Nada le parecía bien pese a tener una familia, hijos sanos, esposo, dos enormes casas, varios coches, ropas caras, joyas  mucho dinero acumulado en el banco…

Todo le parecía poco y era profundamente infeliz por ese motivo y cada pequeña pérdida de su patrimonio la vivía como una enorme tragedia, sin valorar todo lo que ya poseía.

Dios se sentía desconsolado por esta situación, porque pensaba que cabía la posibilidad de que hubiera cometido algún error en la creación del ser humano.

Al niño no le había dado casi nada, tan un solo manantial de agua lejos de su casa y, aún así, le veía siempre feliz con su pequeño regalo. Sin embargo, a la mujer le había cubierto de dones y no hacia más que protestar porque todo le parecía poco.

No sabiendo cómo resolver el problema, decidió que era mejor dejar la situación como estaba. Si le daba más cosas al niño corría el riesgo de hacerle tan infeliz como era la mujer y el mundo no  se  podía permitir perder sonrisas tan hermosas como la de ese niño.

Y si a la mujer le quitaba todo por desagradecida a cambio de un manantial para intentar que fuera feliz como el niño, nunca entendería que sería lo mejor para ella y solamente ahondaría más en su insondable infelicidad.

Dios se retiró meditando sobre esta situación… No, tal vez no se hubiera equivocado -pensó- la libertad de hacer o no hacer, la voluntad o el libre albedrío inherentes a su creación siempre podrían corregir cualquier circunstancia por negativa que esta fuese en el transcurso de una vida.

El ser humano solo tendría que encontrar dentro de sí mismo el camino que le llevara a elevar su nivel de conciencia y a ser consciente de lo importante de lo accesorio de su propia existencia.

El tiempo es la única posesión verdadera, incluso todo lo que compramos lo hacemos con tiempo. No se debe desperdiciar mientras sea nuestro, porque no es un regalo ilimitado.

Lo triste es que nos demos cuenta demasiado tarde de ello y, ancianos, nos lamentemos (amargo es el sabor del recuerdo de lo que dejamos de hacer) de lo estúpidos que hemos sido por no haber sabido vivir nuestras vidas, de no habernos atrevido a pagar el precio de nuestra propia libertad.

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Luis Maroto Rivero
Luis Maroto Rivero
Autodidacta apasionado por la lectura y la escritura. Mi primer libro fue autobiográfico: Camino Suave. Luego vinieron otros de distinta temática. La literatura debe comprometerse con las causas de sus días, y no ser simplemente un reto intelectual con el que pasar buenos ratos, sin descartar estos, ni las buenas historias.

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