Pestes, tisis, cóleras y otras epidemias de la literatura apocalíptica

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En la literatura, al igual que en el séptimo arte, recurrir a historias de miedo basadas en epidemias apocalípticas es una fórmula de éxito.

La peste, nombre con el que durante mucho tiempo se conoció a las epidemias, ha interesado a escritores de todos los tiempos, desde Sófocles con su “Edipo Rey”, en donde se nos cuenta la terrible enfermedad que asoló Tebas, hasta Gabriel García Márquez con el inolvidable “Amor en los tiempos del cólera”.

Pero para encontrar el primer relato apocalíptico tenemos que remontarnos mucho más atrás en el tiempo. Hace más de 3.700 años se publicó, en piedra, el “Poema de Atrahasis”, que explica cómo el dios Enlil, cansado se soportar el ruido que causaban los seres humanos, intentó exterminarlos enviando una epidemia de peste.

La verdad es que el vocablo peste evoca en la mayoría de los lectores un clásico de la literatura: “Decamerón”. Una recopilación de cuentos que comienza con una descripción de la peste bubónica, la pandemia que mató a un tercio de la población del Viejo Continente. Tras la aparición de la enfermedad, siete mujeres y tres hombres se refugian en las afueras de Florencia.

Decamerón
Decamerón, Giovanni Boccaccio.

También fue esta enfermedad la base argumental de “Los novios” (1827) de Alessandro Manzoni. En ella se retrata con todo lujo de detalles una epidemia de peste que asoló Milán en el siglo diecisiete.

En 1947 el existencialista Albert Camus publicó “La peste” una novela que narra una epidemia en Orán, en la década de los cuarenta, cuando todavía Argelia era una colonia francesa. En ella se contrapone el pensamiento racional del doctor Rieux con las actitudes más irracionales y absurdas, productos del miedo.

Jack London en “La peste escarlata” (1912) se centra en un suceso que sucede en el futurible año 2013 cuando una terrible pandemia se extiende por las principales ciudades del planeta de forma fulminante. Una enfermedad que no tiene cura ni antídoto.

La tisis

Durante mucho tiempo a la tuberculosis se la conoció como la peste blanca y, en la era preantibiótica, se cobró millones de víctimas. La acción de “La montaña mágica” (1924) transcurre en uno de los numerosos balnearios que se crearon en todos los rincones de Europa para atender a los pacientes con esta enfermedad. Hasta allí acudió Hans Castorp, el protagonista.

La montaña mágica
La montaña mágica, Thomas Mann.

Thomas Mann volvería a retomar el tema de las enfermedades infecciosas con “Muerte en Venecia”, en este caso sería una epidemia de cólera la que asolaría la ciudad italiana.

Entre los nuestros, Camilo José Cela abordó en “El pabellón del reposo” las vivencias de siete enfermos de tuberculosis internados en un sanatorio situado en los alrededores de Madrid.

Una epidemia de cólera arrasa la Provenza francesa mientras Angelo, un húsar italiano intenta regresar a su país natal. Esta es la trama de “El húsar en el tejado” (1951), una novela de aventuras poco conocida de Jean Giono.

Y la gripe…, asiática

Bajo la premisa de que la muerte no entiende de clases, Edgar Allan Poe construyó “La máscara de la muerte roja”, un cuento en el que un grupo de aristócratas creen poder burlar a la muerte –bajo la apariencia de una peste hemorrágica–, encerrándose y dando rienda a las pasiones carnales.

En 1995 –tres años antes de que recibiera el Premio Nobel– José Saramago publicó “Ensayo sobre la ceguera”. En este caso la epidemia no es una infección, sino una afección ocular. La sociedad, con la salvedad del protagonista narrador, pierde la visión de forma repentina. Una exquisita metáfora del resquebrajamiento social en el que vivimos.

Ensayo sobre la ceguera
Ensayo sobre la ceguera, José Saramago.

Ser o no ser. Realidad o ficción, esa es la cuestión. En 1918 el escritor estadounidense Dean Koontz publicó un libro titulado “Los ojos de la oscuridad” en donde se habla de una severa enfermedad “parecida a una neumonía” que se extendió por todo el mundo, resistiendo los tratamientos conocidos.

Tal y como apareció se desvaneció, para luego aparecer. Se nos cuenta que “llamaron a la cosa Wuhan-400 porque se desarrolló en unos laboratorios de investigación sobre ADN a las afueras de la ciudad de Wuhan”. Sobran los comentarios…

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Pedro Gargantilla
Médico, escritor y divulgador. Jefe de Medicina Interna del Hospital de El Escorial de Madrid. Profesor de la Universidad Francisco de Vitoria.

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