Día de Muertos: una tradición mexicana muy viva

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Proclamada como Patrimonio Intangible de la Humanidad por la UNESCO en 2003, la celebración a la muerte que se realiza cada año en los primeros días de noviembre en México, se reafirma como una de las tradiciones con más proyección de ese país.

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Si existe un rasgo característico dentro de la cultura mexicana, de manera pronta viene a la mente la celebración a la muerte, que podría decirse que es tan arcaica, esencial y ligada de manera íntima a esta cultura. Cuando se habla de celebración, se pensaría en un acto solemne, pero en realidad es una fiesta que se apodera de los sentidos: comida, bebida, arreglos florales, velas, incienso, dulces, pan y decoraciones propias de una festividad.

Y es que dentro de la idiosincrasia del pueblo mexicano, la muerte es un elemento de lo más arraigado e inherente al bagaje cultural y que se hereda de generación a generación. Aunque la Dra. Elsa Malvido en sus estudios antropológicos mencione que la celebración del Día de Muertos no corresponde a una tradición prehispánica en su totalidad, lo cierto es que se han encontrado vestigios del culto en donde se menciona al tzompantli que en náhuatl quiere decir «hilera de cráneos».

Es ahí en donde se fusionan elementos de las celebraciones mexicas y de las tradiciones venidas de Europa, gracias a la orden jesuita, y que conforman en una colorida amalgama: cráneos de azúcar, pan artesanal que se elabora solo en esa temporada, preparación de altares que simbolizan los siete niveles que debe atravesar el alma en el Mictlán (inframundo) antes de llegar al descanso eterno.

En las llamadas ofrendas de muertos se colocan alimentos, fotografías, bebidas como el mezcal, tequila o pulque; agua, sal y velas, junto con artículos personales que pertenecieron al difunto y un camino de pétalos de flor de cempasúchil que sirve para guiar la visita del alma de quien es homenajeado.

El día 1 de noviembre se honra a los Santos Difuntos y el día 2 a los Fieles Difuntos, las familias visitan los cementerios y se tienen «conversaciones» con aquellos que se han ido. Es este vínculo mágico que mantiene unidas ambas dimensiones en una promesa recurrente que implica mantener vivo el recuerdo, ha sido retomado en varias ocasiones en películas como Coco (Pixar, 2017), o The Book of Life (20th Century Fox, 2014), por mencionar algunas.

La importancia y trascendencia del Día de Muertos se manifiesta en diversas expresiones artísticas, no solo ha sido temática de guiones de cine, sino que también fue motivo de inspiración para pintores como Diego Rivera, quien plasmó en los muros de la Secretaría de Educación Pública en México, un contrastante mural en donde con trazos magistrales expresa el doble acto de la misma representación mortuoria en una marcada división clasista.

En la literatura se aborda el tema en obras como Don Juan Tenorio de José Zorilla o Macario de B. Traven. De igual manera y a modo de parodia a la afrancesada sociedad mexicana de finales del siglo XIX, las famosas ilustraciones de la Catrina de José Guadalupe Posada, que denotan una interpretación jocosa y burlesca de los fallidos intentos de Porfirio Díaz por querer replicar en México el modo de vida parisiense.

La muerte también ríe, por eso en estas fechas se escriben las calaveras literarias que son un conjunto de versos con enfoque de comedia en donde se satiriza la figura de la muerte y por lo regular a personajes del ámbito político.

De esta manera es como el mexicano establece a la muerte como uno de los pilares irrenunciables de su identidad: haciéndola parte importante de su cultura, conviviendo con ella en un plano neutral, enfrentándola, invitándola, celebrándola durante su existencia y exportando esta ancestral tradición al resto del mundo, porque al fin y al cabo, todos vamos a morir.

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Carlos Quijano
Informático de carrera y escritor por concesión. He escrito dos libros: «Claro Oscuro» y «Alcancías». Amo el cine, el café y las pelis de terror. Escucho a The Beatles.

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