La ciudad de los corazones rotos

El otro día caminaba distraído, hastiado e incluso abatido por la calle de la Soledad, entre los barrios de La Indolencia y La Indiferencia, pensando en mis cosas.

Meditaba sobre lo opresivas que pueden llegar a ser las sociedades manipuladas en las que vivimos actualmente. Donde parece que se libra una verdadera guerra por el control de la mente, desde que apenas aprendemos a caminar alguien trata de meterte algo en la cabeza, porque saben que si tienen tu mente te tienen a ti…

Y ese es el propósito: tener la mente del incauto y desprevenido ciudadano para llevarla allá donde quieran. En esto estaba cuando de pronto, en la acera de enfrente, vi a mi amigo Simón paseando cabizbajo, ensimismado…

-¡Eh, Simón! -crucé por un paso de cebra en dirección suya.
-¡Hombre tronco! ¿Qué tal estás ? -me dijo.
– Ya recuperado de lo del otro día… Vaya fiestecita a la que nos invitó tu compañero del curro…

Simón tenía mala cara, se le notaba sin ese punto de alegría tan habitual en él. Me cogió del brazo y me llevó a un antiguo Pub, conocido en el barrio como el “Cubil del Lobo”. Nos sentamos al fondo del local de espaldas a la puerta de entrada y pedimos a Rafa, el dueño, unas cervezas.

– Estoy jodido Luis -me dijo apenas dio el primer sorbo a su espumosa bebida- es muy duro tener que despedirte de alguien a quien quieres de verdad. El otro día tuve que hacerlo de una chica a la que conozco desde hace un par de años; aunque las circunstancias de ambos, sobre todo las mías, hacían prácticamente imposible iniciar una relación, no pude evitar enamorarme de ella desde el primer momento en el que la vi…

Escuchaba a Simón con atención. Casi todo el mundo tiene una historia parecida que contar. Alguien a quien tú quieres y ese alguien no te quiere a ti, quiere a otra persona y otra persona que te quiere a ti, y a quien tú no quieres ni puedes querer porque estás enamorado de quién jamás te querrá…

Apurábamos las cervezas, escuchando de fondo una canción de  Calamaro, “Cuando te conocí “. Mi memoria retrocedió unos años, llevada en volandas por la letra y la música (puede que la memoria sea en realidad el pensamiento viajando en el tiempo entre los hechos vividos, los hechos que estamos viviendo y las expectativas de los hechos que puede que alguna vez vivamos), de nuevo hasta aquel andén de aquella estación de RENFE, para verla alejarse una vez más, sin saber, sin poder sospechar siquiera en ese preciso instante que sería la última vez que la vería…

Si hubiera llegado a saber en ese momento lo que el destino me deparaba, que la vida me la arrebataba para siempre, hubiera corrido tras ella para intentar que no se fuera de mi vida por nada del mundo…

– Simón, te comprendo perfectamente, tu historia es mi historia. Te aseguro que sé lo doloroso que es ver marchar de tu vida a las personas que quieres como no se puede querer más, en este caso a la mujer de la que estás enamorado. Pero así son las cosas y si no nos quieren, al menos hoy brindaremos por ellas, por la mujeres que no nos amaron, para que encuentren a alguien  que como mínimo las quieran como nosotros las hemos querido y las querremos siempre.

Entrechocamos nuestros vasos de cristal. Simón y yo siempre hemos sido dos románticos sin remedio.

Simón sonrió, con un deje de amargura en sus labios.

– Por cierto, Simón, ¿qué pasó la otra noche cuando fuimos a ver a tus amigas? Me hiciste vivir la belleza de la noche, como me dijiste que harías, y no me acuerdo absolutamente de nada.

– Ni me hables de eso Luis, te pasaste toda la noche hablándoles de la chica que te tiene jodido, menuda decepción se llevaron…

– En fin, mi causa es una causa perdida.

Al salir del local me despedí de él con un abrazo. Continué mi paseo un poco mas animado. Al girar en la siguiente calle, me encontré frente a un enorme cartel publicitario, cuyo motivo principal era la fotografía de una mano sosteniendo unos hilos de los que colgaban muñecos de  diversos colores: naranjas, azules, rojos, púrpuras…

El cartel anunciaba el estreno de una obra de teatro  titulada: El circo del marionetista. No pude evitar que en mi rostro se dibujara una sonrisa con cierto trasfondo de inevitable tristeza.

Continué calle abajo, la tarde comenzaba a declinar, la noche se asomaba en sus primeros matices. Las farolas se iban encendiendo a mi paso…

¿Qué hará ella en este preciso instante? ¿ Se acordará de mí? ¿ Me habrá olvidado? -me preguntaba, mientras el eco de mis pasos se perdía a lo lejos por las calles vacías de la ciudad gris.

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