Cómo aprender a lidiar con la ira y usarla a tu favor

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Aristóteles escribió, en la “Ética a Nicómaco”:

“El hombre que está enojado por las cosas correctas y con las personas adecuadas, y más allá, como debería, cuando debería y siempre que deba, es alabado.”

De modo que Aristóteles pensó que la ira, lejos de ser mala consejera, puede ser buena, siempre que se use con sabiduría.

Hoy vemos la ira como una emoción negativa y que no tiene ningún tipo de utilidad o beneficio. En un estudio sobre las emociones, se le preguntó a un grupo de participantes qué opinaban sobre la ira.

El 28% de los entrevistados afirmó que la ira es una emoción inapropiada, ya que generalmente es dañina.

Lo cierto es que, cuando estamos enfadados, podemos pasar un mal rato y, por ende, quienes estén a nuestro alrededor también lo pasarán mal.

La ira es un mecanismo de protección  

Aristóteles tiene razón en algo. La ira, como una emoción primaria, está diseñada para poner al cuerpo en movimiento en situaciones en las que debemos protegernos de algo o alguien.

Los efectos corporales que produce la ira nos permiten detectar cuándo algo no anda bien y prepararnos para accionar.

Si la ira se regula de manera adecuada, en la situación adecuada, es realmente beneficiosa para cualquiera.

Empleando la ira como un impulso para reclamar, serena pero firmemente, al perpetrador que la provocó, puede significar el puente para una conversación que llegue, en el mejor de los casos, a una solución del conflicto de manera productiva y satisfactoria. El truco está en saber lidiar con la ira.

¿Cómo lidiar con la ira?

Para saber cuándo está bien enfadarse, habría que analizar los factores que desencadenaron el sentimiento de ira o rabia, reflexionar en el porqué del enfado y cómo se actuó en el momento en que se produjo.

Una buena forma de discernir cómo actuar cuando se tiene ira está en sentirla propiamente: sientes que la sangre bombea más rápido y las manos se van cerrando en puños por sí solas para luego sentir la mandíbula apretada.

Hay solo tres maneras de actuar:

  1. Tragar o contener la ira
  2. Descargar la ira
  3. Regular la ira

Las dos primeras alternativas son las más fáciles, la tercera es la más difícil de poner en práctica.

Igualmente, los dos primeros escenarios no son muy saludables, en cambio, regular la ira permite mantener una conversación firme pero tranquila, puntualizando lo que te molesta y cómo desearías que se abordara el problema para llegar a una solución.

En algunos estudios que han evaluado esta emoción, los participantes han descrito de manera reiterativa el enfado como una fuerza iluminadora que, bien empleada, les permitía identificar lo bueno y lo malo en sus relaciones interpersonales.

Otros han expresado cómo la ira les ayudó a hacer cambios positivos en dichas relaciones.

Lidiar con la ira regulando la emoción para tener una conversación, evita sufrir de los típicos ataques cardíacos que generalmente van asociados a la ira no controlada.

En el caso completamente opuesto, en el que se contiene la ira, puede conllevar a un cuadro depresivo. La ira manifestada en todo su esplendor, sin ningún tipo de filtro, no solo genera una situación violenta, sino una agresión al cuerpo en forma de enfermedad.

¿Es posible regular la ira?

La mayoría de las personas piensan que la ira es una emoción inútil porque creen que está fuera de su control una vez que irrumpe. Esto no es cierto.

Ser consciente de que la ira, como cualquier otra emoción, no es buena ni mala hasta que le das un uso, ayuda a crear un cambio en tu mente para recuperar el control.

La respuesta corporal a la ira es muy parecida a la del miedo: se liberan sustancias químicas en el cuerpo que lo preparan para la lucha o para la huida.

Pero en una situación en la que ambas emociones aparecen y se mezclan, la ira tiene un poder positivo que bloquea al miedo.

Otro estudio demostró que cuando se emplea la ira de manera proactiva en una situación en vez del miedo, provee una mayor sensación de control sobre dicha circunstancia.

En otra investigación, los científicos identificaron las expresiones faciales de los participantes tanto para el miedo como para la ira. Quienes mostraron más miedo ante una situación de ataque evidenciaron hormonas del estrés y una presión arterial elevada.

En otro estudio posterior, realizado por el mismo grupo de científicos, encontraron que quienes respondieron a los ataques del 11 de septiembre con ira en vez de miedo fueron más realistas y optimistas frente a la posibilidad de un nuevo ataque.

Usar la ira sabiamente tiene sus beneficios, pero debe haber un nivel de moderación que analice los dos factores que desatan la ira: las cosas que producen enfado y las actitudes que se tienen frente a ellas.

Por muy difícil que sea, la próxima vez que te cabrees, detente y pregúntate qué puedes hacer para lidiar con la ira, encontrar una solución y cómo entablar una conversación para defender tu punto de vista sin alterarte.

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Referencias: American Psychological Association, How Stuff Works, Live Science, Spring.

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