Un estudio publicado el 23 de julio de 2026 en Science ha reconstruido una historia difícil de contar con documentos: la evolución global de la diversidad lingüística desde el comienzo del Holoceno, hace unos 12.000 años, hasta el presente. La conclusión principal es llamativa, pero no simple. La humanidad no habría alcanzado su mayor variedad de lenguas en el mundo paleolítico, como a veces se ha supuesto, ni habría empezado a perderlas de forma masiva solo con el colonialismo europeo de los últimos cinco siglos. Según los modelos del equipo, el máximo pudo llegar mucho más tarde, entre hace 1.000 y 3.000 años, cuando quizá existían decenas de miles de lenguas activas al mismo tiempo.
El trabajo, titulado The rise and fall of language diversity through the Holocene, fue firmado por Damian E. Blasi, Marcus J. Hamilton, Russell D. Gray y Claire L. Bowern. El equipo combinó modelización estadística y social-computacional, datos etnográficos y estimaciones paleodemográficas para construir trayectorias plausibles de cuántas lenguas pudo haber hablado la humanidad en distintos momentos. No se trata de un censo de idiomas prehistóricos —algo imposible con las pruebas disponibles—, sino de una reconstrucción probabilística a partir de las relaciones conocidas entre población, tamaño de los grupos humanos, contacto social y formación o desaparición de lenguas.
La investigación sitúa el máximo de diversidad lingüística entre hace 1.000 y 3.000 años, con escenarios que van de unas 20.000 a más de 75.000 lenguas.
El punto de partida del modelo desmonta una idea intuitiva: al inicio del Holoceno, antes de la expansión generalizada de la agricultura y de la vida sedentaria, quizá había menos lenguas que hoy. Las estimaciones citadas por los autores colocan ese tramo inicial en torno a 4.500–6.200 lenguas, frente a las aproximadamente 7.500 que se hablan o señan actualmente. En términos humanos, el planeta era entonces mucho menos poblado. Las comunidades estaban dispersas, muchas vivían de la caza y la recolección, y el número total de grupos capaces de sostener una lengua propia era limitado por la demografía.
Después llegó un crecimiento lento, irregular y enorme. La agricultura, los asentamientos estables y el aumento de población pudieron favorecer que grupos antes pequeños se multiplicaran, se separaran y acabaran desarrollando variedades cada vez más distintas. Si una comunidad crecía, se dividía y pasaban suficientes generaciones con contacto limitado, una lengua podía transformarse hasta dejar de ser mutuamente inteligible con su origen. El estudio no pone una fecha exacta para cada ruptura, pero trabaja con supuestos de cambio lingüístico de largo plazo, en escalas de siglos.
El resultado es una curva que sube durante buena parte del Holoceno y luego cae con fuerza. La parte más delicada, y también la más histórica, llega con la expansión de grandes estados e imperios. En ese momento, lenguas asociadas a centros políticos, ejércitos, comercio, religiones o administración ganaron ventaja. Otras quedaron absorbidas, desplazadas o directamente silenciadas por la muerte, la migración forzada, la presión social o el cambio lingüístico de sus hablantes. El estudio no acusa a un imperio concreto ni reconstruye episodio por episodio. Sí sugiere, con cautela, que el embudo empezó antes de lo que se pensaba y que fue selectivo: sobrevivieron mejor las lenguas vinculadas a poblaciones expansivas.
En ese paisaje caben ejemplos conocidos, aunque no sean el objeto exacto del modelo. Lenguas como el sumerio, el acadio, el hitita o el etrusco desaparecieron; el latín, en cambio, no sobrevivió como lengua viva cotidiana, pero se transformó en varias lenguas romances. La diferencia entre morir, transformarse y ser reemplazada no siempre es limpia. A veces una lengua deja descendientes; otras queda solo en tablillas, inscripciones o préstamos. Y muchas no dejaron nada legible, ni siquiera un nombre.
Las unas 7.500 lenguas actuales serían, según el estudio, una muestra superviviente y sesgada de un mundo lingüístico mucho más amplio.
El dato encaja con una paradoja visible hoy. Nunca ha habido tantos humanos ni tanta capacidad técnica para grabar, archivar y traducir voces, pero una parte enorme de las lenguas está amenazada. Muchas sobreviven en comunidades pequeñas, con pocos hablantes jóvenes o sin presencia estable en la escuela, la administración y los medios digitales. El propio equipo subraya que las lenguas no son solo herramientas para nombrar cosas. También conservan formas de clasificar plantas, recordar migraciones, contar parentescos, negociar el prestigio y pensar el mundo. Cuando desaparece la última persona que domina una lengua, se pierde algo más que vocabulario.
El trabajo también deja una advertencia metodológica. La historia lingüística profunda no puede verificarse como una lista de reyes o una secuencia de batallas. La escritura apareció hace unos 6.000 años y, aun después, los registros son fragmentarios y casi siempre proceden de sociedades dominantes. Eso significa que la mayoría de las lenguas antiguas no fueron documentadas por quienes podían preservarlas en piedra, arcilla o pergamino. Precisamente por eso el estudio resulta importante: intenta medir el tamaño de una ausencia. No ofrece la última palabra, pero sí una hipótesis fuerte para explicar por qué el presente puede parecer más uniforme de lo que fue el pasado.















