Un equipo de investigadores ha descifrado con detalle una carta náutica kachchhi-gujaratí del mar Rojo meridional y el golfo de Adén, conservada desde 1835 en la Royal Geographical Society de Londres. El estudio, publicado en el Journal of the Royal Asiatic Society y divulgado por la Universidad de Exeter en julio de 2026, identifica topónimos, datos astronómicos, rumbos, perfiles de costa y más de 180 islas, arrecifes y referencias visuales. La noticia no consiste en que haya aparecido un mapa nuevo, sino en que un documento conocido pero mal entendido ha empezado a leerse con las herramientas y el respeto que necesitaba.
La carta fue probablemente elaborada entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX por comunidades marítimas de Kachchh, en el actual Gujarat, India. Alexander Burnes la adquirió en 1835 a un capitán no identificado en Kachchh y la donó a la Royal Geographical Society. Durante casi dos siglos, varios estudiosos europeos la vieron como un objeto bello pero imperfecto, extraño en su geometría y supuestamente pobre en información de latitud. La nueva investigación invierte esa lectura: el documento no intentaba imitar una carta moderna europea, sino funcionar como ayuda de memoria para pilotos que ya dominaban el mar con conocimiento local.
La carta era una herramienta pensada para navegantes que sabían leer costas, estrellas, islas y memoria.
Los autores identificaron alrededor de 66 topónimos escritos en devanagari y los conectaron con lugares reales. También interpretaron datos astronómicos, en especial altitudes de Polaris, que permitían establecer latitudes, y analizaron líneas de rumbo que servían para orientar travesías. El documento, en forma de rollo estrecho de unos 25 centímetros de ancho y casi dos metros de largo, muestra el mar Rojo meridional y el golfo de Adén hasta Socotra. Su formato alargado, que a ojos europeos pudo parecer una distorsión, tenía una ventaja práctica: era portátil y manejable en condiciones marítimas difíciles.
El hallazgo intelectual es más profundo que una simple traducción. La carta representa un sistema de navegación indígena del océano Índico occidental en una época anterior a la adopción generalizada de instrumentos modernos y modelos cartográficos europeos. En sus símbolos aparecen barcos, edificios religiosos, banderas, perfiles costeros y puntos sin nombre que tenían sentido para quienes cruzaban esas aguas. No era una pieza decorativa para gabinete; era una memoria técnica compartida por comunidades de marineros, mercaderes y pilotos que conectaban India, Arabia y el Cuerno de África.
El estudio también corrige un sesgo viejo. Cuando los estudiosos anteriores no encontraban en la carta la geometría que esperaban, tendían a leer carencia. La investigación actual muestra que había información de navegación, solo que codificada de otra manera. Parece un matiz académico, pero no lo es. Cambia quién aparece como productor de conocimiento: no solo los cartógrafos imperiales o las expediciones hidrográficas, sino también los pilotos locales que, sin ocupar el centro de los archivos coloniales, mantenían redes comerciales y rutas seguras en mares complicados.
Más de 180 islas y rasgos costeros estaban allí: lo que faltaba no era información, sino una lectura capaz de reconocerla.
El caso resulta especialmente valioso para un archivo histórico porque no gira en torno a un descubrimiento espectacular, sino a una reparación interpretativa. La carta llevaba 189 años en una colección británica. Lo que cambió fue la capacidad de verla como obra práctica y sofisticada de navegación no europea. En tiempos en los que los museos y archivos revisan sus colecciones coloniales, este tipo de trabajo aporta algo más útil que una consigna: muestra, línea por línea, cómo un objeto puede recuperar significado cuando se estudia desde su propio contexto cultural.
















