Valores sociales equivocados: el criterio de premiar y castigar

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A lo largo de las diferentes épocas, los estudiosos han tratado de interpretar la respuesta de la conducta humana a las normas establecidas por la sociedad.

Cierto es que cada comunidad posee particularidades propias y, en consecuencia, la gente adopta conductas acordes a determinados requerimientos.

Es así como nos han “mentalizado” respecto a innumerables temas a sabiendas de que siempre se suelen aplaudir los logros y que también se castigan los errores graves, quizás en el intento de establecer un orden y de estimular a quienes demuestran aptitudes.

Esa tendencia a premiar los logros es común en diferentes sociedades. Hemos crecido conociendo ese sistema, incluso se ha aplicado hasta en los animales (nos bastará recordar escenas circenses donde hemos visto como, disimuladamente, los domadores introducían un terrón de azúcar en la boca del animal que había realizado una hazaña frente al público).

Volviendo al género humano, ya desde el sistema educativo inician la práctica del premio al mérito, con sus variantes adecuadas a cada época o a cada lugar: calificaciones en números, palabras para determinar el triunfo y el fracaso que van desde un “sobresaliente o distinguido” a un “muy deficiente”.

También a día de hoy se observa en algunas aulas de escuelas infantiles la práctica de las pinzas por altura para medir el comportamiento diario: más alta, mejor se ha portado, más baja, se ha portado mal.

Eso no se acaba con la escuela. Ocurre que en todas las edades se siguen produciendo a menudo escenas donde existen premiados. Pasa en muchas disciplinas: mejor actor, mejor cantante, mejor empleado…, y la lista sería interminable, por no hablar de los programas de concursos de la televisión.

A pesar de que los designados a integrar los jurados son especialistas en determinados temas donde se premia al “mejor”, cierto es que la gente suele tener su propio criterio, y no siempre la película que se ha llevado todo los laureles tiene que gustarnos más necesariamente.

Si a esa opinión personal, que también cuenta, le agregamos el escepticismo de muchos que no se creen del todo que siempre gane el mejor, abordaríamos otra problemática: la de plantearnos si realmente tienen sentido los premios como tales o, por plantearlo de otra manera, ¿es necesario competir en todo?

Algunas obras sí que han merecido todos los galardones, lo sabemos, sin embargo, han existido ocasiones donde grandes personalidades no han sido convocadas a recibir lo que hubiese sido un “merecido” premio.

Solo por dar un ejemplo citaré a don Jorge Luis Borges, escritor argentino considerado uno de los grandes de las letras del siglo XX, al que, no sé por qué razones, jamás le otorgaron un Premio Nobel.

En las escuelas, y esto es lo preocupante debido a que niños y niñas se están formando, es donde  premiar o castigar podría ser un tema demasiado sensible.

Algunos niños no obtienen un rendimiento óptimo por diferentes razones y, si solo se estimula con un premio a quienes destacan, la frustración de los demás podría ocasionarles tristeza y frustración.

Mucha gente se queda en el camino, en parte, por falta de apoyos, de comprensión y de estímulos. Sabido es que, en la vida, no todos llegamos a cumplir con los objetivos que nos hemos propuesto.

Si considerásemos que no todas las personas valemos para lo mismo, tal vez se pudiera hacer hincapié en el aspecto donde cada uno demuestra mayores aptitudes. Todas las personas poseemos un potencial, solo es cuestión de descubrirlo.

Y si se tiene auxilio del entorno en esa difícil tarea, será mejor, porque como decía Charles Dikens:

“La verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes”.

Haciendo lo que nos agrada obtendremos el verdadero premio, sin tener que aspirar a un galardón o a un reconocimiento colectivo.

Quitémosle valor a la “recompensa” como tal, ya que, como bien apuntó Séneca, la verdadera recompensa de una buena acción está en haberla hecho.

La vida nos brinda momentos de alegría, momentos en donde podemos hacer lo que nos agrada. Ese es todo un privilegio y, si además fuésemos capaces de ayudar a los demás a encontrar su vocación o su felicidad, ese sería el mejor galardón que podríamos haber adquirido.

Trata de ser feliz con lo que haces, con lo que tienes, incluso cuando sientas que aún tienes carencias, no decaigas. Recuerda que tienes vida y ese es el regalo más valioso. Construye siempre para dejar obra de la buena, ¡qué mejor premio que ese! Construye para ti y también para los demás.

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Silvia Alasino
Silvia Alasino
Escribo para la gente que valora la vida. Solo si se tiene sensibilidad, se habrá encontrado el verdadero sentido de nuestra existencia. Mis primeros libros: “El círculo” y “Emigrando”.

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