El agujero negro supermasivo del centro de la Vía Láctea, Sagitario A*, ha dejado por fin una pista clara de algo que los astrónomos llevaban décadas esperando: un viento caliente que sale de su entorno inmediato y altera el gas que lo rodea. No es un viento en el sentido terrestre —no hay aire allí—, sino una salida de material energético, muy caliente, empujada por los procesos que se producen cuando el gas cae hacia el agujero negro. El resultado se anunció entre el 4 y el 5 de junio de 2026, después de que el equipo encabezado por Mark D. Gorski y Elena Murchikova, de Northwestern University, combinara observaciones de ALMA, en Chile, con datos de rayos X del observatorio espacial Chandra.
El indicio decisivo no fue una ráfaga fotografiada de frente, sino un hueco. En los mapas del gas molecular frío, trazado por monóxido de carbono, apareció una cavidad grande, cónica, apuntando hacia Sagitario A*. Allí donde debería haber gas frío, no lo había. En cambio, los datos de Chandra muestran emisión de rayos X compatible con gas caliente en esa misma zona. Dicho de forma sencilla: algo ha barrido o calentado el gas frío, y la forma del vacío señala directamente al agujero negro.
El hallazgo resuelve una incomodidad antigua. La teoría decía que un agujero negro que se alimenta, aunque sea poco, no debería limitarse a tragar material; parte de la energía generada cerca de él tendría que empujar gas hacia fuera en forma de vientos o chorros. Eso se había visto con más facilidad en galaxias activas y lejanas, donde los agujeros negros centrales pueden lanzar estructuras violentas. Sagitario A*, en cambio, es el vecino difícil: cercano, sí, pero situado detrás del polvo, el gas y las estructuras ionizadas del plano galáctico. Mirarlo desde la Tierra es, en cierto modo, intentar distinguir una llama detrás de una cortina espesa.
La señal no apareció como un estallido, sino como una ausencia: un hueco cónico en el gas frío que apunta al centro exacto de nuestra galaxia.
Para llegar a esa imagen, los investigadores utilizaron cinco años de observaciones profundas de ALMA a 1,3 milímetros. El trabajo no consistió solo en mirar más tiempo. Hubo que retirar de los datos el brillo de radio variable del propio Sagitario A*, que contamina la vista del gas cercano. Esa limpieza permitió crear un mapa mucho más sensible y fino que los anteriores: unas 100 veces más profundo y 80 veces más nítido, según los materiales publicados por el equipo. Entonces apareció la cavidad, de al menos un parsec de longitud —algo más de tres años luz— y con un ángulo de apertura cercano a 45 grados.
El equipo comprobó después si la cavidad podía explicarse por los vientos de las estrellas cercanas, que también expulsan material. La conclusión fue que no bastaban. La energía necesaria para abrir una región tan limpia supera lo que pueden aportar, incluso juntas, esas estrellas del entorno inmediato. La geometría tampoco parecía casual: el cono nace junto a Sagitario A* y se abre hacia fuera. Por eso el cruce con Chandra fue clave. Al superponer los rayos X, la emisión caliente encajó con el vacío detectado por ALMA, reduciendo la posibilidad de que se tratara de un artefacto de imagen o de una interpretación demasiado entusiasta.
Hay una ironía tranquila en el resultado: durante años, el agujero negro más estudiado del cielo era también el que peor encajaba con una predicción básica. Los astrónomos habían visto señales de erupciones antiguas en el centro galáctico, pero no un flujo activo y actual asociado a Sagitario A*. Ahora, la huella no muestra un monstruo desatado. Más bien parece un “soplo” persistente, un viento relativamente suave comparado con los chorros que se observan en núcleos galácticos activos. Aun así, sus efectos no son pequeños: la estructura observada tiene escala de años luz y, según la estimación del equipo, el viento podría llevar activo al menos unos 20.000 años.
Sagitario A* no se comporta como un faro violento, sino como un motor casi apagado que aun así sigue moviendo gas a escala de años luz.
La fecha también encaja dentro de una secuencia reciente de avances sobre el mismo objeto. En 2022, el Event Horizon Telescope publicó la primera imagen directa de Sagitario A*, una imagen en forma de anillo luminoso alrededor de una sombra central, tomada a partir de observaciones de 2017. Aquella imagen confirmó con una evidencia visual sin precedentes que en el centro de la Vía Láctea hay un agujero negro de unos cuatro millones de masas solares. El hallazgo de 2026 no mira exactamente la frontera del agujero negro, sino su influencia más allá, en el gas del centro galáctico. La palabra “viento” puede sonar pequeña para un fenómeno de este tamaño, pero ayuda a distinguirlo de un chorro estrecho. Un chorro se parece más a un haz concentrado; un viento se expande en abanico. En Sagitario A*, lo que aparece es precisamente una salida amplia, capaz de abrir una cavidad en el material que rodea el agujero negro. La Vía Láctea, nuestra galaxia, queda así un poco menos excepcional. Su agujero negro central no solo traga, también devuelve energía y materia al ambiente que lo alimenta.

















