Bajo el parvis de Notre Dame, en pleno centro de París, la ciudad ha abierto una especie de corte limpio en su propia memoria. La intervención arqueológica, difundida el 2 de junio de 2026, se desarrolla en el exterior de la catedral, a unos metros de la cola de visitantes que acuden a ver el monumento restaurado. Mientras arriba vuelven las rutas turísticas y la vida litúrgica, abajo los arqueólogos han excavado hasta unos cuatro metros de profundidad y han localizado una secuencia de ocupaciones que recorre al menos 1.700 años de historia urbana, desde el París romano hasta los restos medievales ligados al entorno en el que nació la catedral gótica.
El hallazgo no aparece de la nada. Notre Dame ardió el 15 de abril de 2019, perdió la aguja y buena parte de su cubierta, y fue reconstruida antes de reabrir sus puertas a finales de 2024. Después llegó otro capítulo menos vistoso, pero quizá igual de revelador: la transformación de sus alrededores. La ciudad quiere sustituir la explanada dura, calurosa y poco amable por un espacio con sombra, árboles, láminas de agua y un nuevo centro de acogida. En una capital levantada sobre capas y capas de ocupación, ninguna obra de esa escala puede empezar sin mirar antes lo que hay debajo. Esa obligación administrativa ha terminado abriendo una ventana poco habitual al corazón antiguo de París.
La excavación se concentra en el parvis de Notre Dame, sobre la Île de la Cité, la isla del Sena donde se formó el núcleo primitivo de la ciudad. En los niveles superiores aparecieron sótanos de casas medievales que ocupaban la plaza cuando la catedral comenzó a levantarse en 1163. Aquella imagen rompe un tópico frecuente: el espacio que hoy parece pensado para contemplar la fachada no nació como una explanada despejada, sino como un tejido denso de viviendas, calles estrechas y actividades domésticas pegadas al futuro templo.
Bajo la plaza actual no había un vacío monumental, sino casas medievales, sótanos, letrinas y calles que explican cómo respiraba París antes de convertirse en postal.
Más abajo, los arqueólogos han identificado silos de grano merovingios y carolingios, fechados entre los siglos VI y X, y todavía por debajo un barrio romano de los siglos IV y V. Esa parte es especialmente valiosa porque la Lutecia romana mejor conocida se ha situado tradicionalmente en la margen izquierda del Sena. La retirada de población hacia la Île de la Cité durante la crisis del Bajo Imperio y la reutilización de materiales de edificios más antiguos empiezan a tomar una forma física más precisa. Entre las pruebas más llamativas figura un umbral romano arrancado de una construcción mayor, colocado del revés y reutilizado como pavimento. Es un detalle pequeño, casi tosco, pero habla de una ciudad que reciclaba piedra para fortificarse y sobrevivir.
Entre los objetos recuperados hay cientos de piezas, algunas discretas y otras con una fuerza narrativa evidente. Una moneda del siglo IV con el rostro del emperador Constantino ayuda a fechar una de las capas romanas. De antiguas letrinas medievales, que también funcionaban como basureros, han salido jarras, tazas, platos rotos, huesos de animales y cerámicas completas. La conservación tiene una explicación poco elegante: los residuos blandos amortiguaron los recipientes y permitieron que algunos llegaran enteros hasta el presente. Es una ironía bastante propia de la arqueología urbana: parte de lo más limpio que hoy se expone como conocimiento salió de los lugares más sucios de la ciudad.
También hay un enigma abierto. Algunos fragmentos de cerámica medieval presentan marcas rojizas pintadas en el interior. No se ha publicado una lectura definitiva y los especialistas no han logrado descifrarlas por ahora. Podrían ser signos de uso, marcas de taller, anotaciones simbólicas o algo más banal; de momento, lo honesto es dejarlo en suspenso. La rareza, sin embargo, es suficiente para convertir esas piezas en uno de los hallazgos más observados de la excavación.
La intervención encaja con una secuencia arqueológica más amplia abierta tras el incendio de 2019. El Inrap ya había documentado operaciones dentro y fuera de Notre Dame, con más de medio centenar de especialistas y catorce intervenciones entre 2019 y 2024. En ese trabajo se habían registrado niveles antiguos, restos de vivienda y artesanado del Bajo Imperio bajo el parvis, estructuras medievales anteriores a la catedral y elementos decisivos para entender la construcción del propio edificio. La novedad de 2026 no es solo que aparezcan objetos interesantes, sino que el parvis se confirma como una sección comprimida de la historia parisina.
La moneda de Constantino, los silos medievales y las cerámicas con marcas sin descifrar convierten cuatro metros de tierra en una cronología compacta de París.
Cada pieza extraída del foso pasa después por tareas de limpieza, conservación, catalogación y estudio. Ese trabajo lento, menos fotogénico que la excavación, será el que determine qué parte de la historia se puede afirmar con seguridad y qué parte quedará como hipótesis. En arqueología, un objeto no habla solo por aparecer: importa dónde estaba, a qué profundidad, junto a qué materiales y dentro de qué capa. Por eso las monedas ayudan a fechar, pero no explican por sí mismas una ciudad; las cerámicas intrigan, pero necesitan comparación; y un umbral romano reutilizado gana sentido cuando se vincula con un momento de repliegue y fortificación.
La excavación aún podría ir más atrás. Los equipos esperan alcanzar niveles anteriores a la presencia romana y acercarse a los grupos galos que dieron nombre a París. No está garantizado que aparezcan pruebas claras, y sería imprudente prometerlo. Pero el potencial existe porque la Île de la Cité fue un punto estratégico mucho antes de que Notre Dame dominara el paisaje. La escena tiene algo inquietante: turistas esperando bajo el sol para subir a las torres mientras, a pocos metros, otros descienden hacia una ciudad que no se ve y que quizá explique mejor por qué París está ahí.
Por ahora, el hallazgo modifica la lectura del lugar. Notre Dame no es solo un monumento gótico reconstruido tras un incendio globalmente televisado. Es también la cubierta visible de una ciudad acumulada, rehecha y reutilizada durante siglos. La catedral se levantó sobre un terreno que ya había sido romano, tardoantiguo, merovingio, carolingio y medieval. Y la obra que debía preparar sombra para los visitantes de 2028 ha terminado alumbrando una pregunta más antigua: cuánta París sigue escondida bajo los pasos de quienes creen estar mirando únicamente hacia arriba.















