Literatos, fobias y complejos

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La literatura y la psiquiatría comparten el humanismo, la esperanza, el pesimismo, la compresión… Parecen tener vasos comunicantes.

La literatura ha recurrido, en muchas ocasiones, a la ciencia neuropsiquiátrica, con la cual participa en la creación de mundos paralelos a la realidad.

La enajenación se ha tratado en el campo de las letras desde múltiples prismas y en el imaginario colectivo transitan personajes paradigmáticos como Don Quijote, Gregor Samsa, el sombrerero loco o el doctor Jekyll. Seguramente un lector inglés incluiría en este listado a Hamlet, el príncipe de Jutlandia que al perder la cordura dejó de sentir miedo y pudo vengar el asesinato de su padre.

En esta ocasión vamos a dejar de lado a los personajes y nos vamos a adentrar en los lugares más recónditos del alma de sus creadores, en el escenario en el que nacen sus traumas, fobias y temores.

Fobias para todos los gustos

Las fobias son frecuentes entre los escritores, algunos tienen miedos que podrían considerarse comunes, como puede ser el temor al abismo que aparece cuando pisamos un suelo agujereado (Espido Freire), el pavor a las ratas (Andrés Trapiello) o al vértigo (Fernando Trías de Bes).

Otros, por el contrario, tienen fobias esperpénticas. Sabemos que Marcel Proust temía a morir asfixiado, por ese motivo escribía sin cesar, pensando que solo así evitaría un ataque de asma; Honoré Balzac sufría delirios de persecución y Alfredo de Musset sufría ante la idea de que lo pudieran sepultara vivo.

Tampoco faltan algunas fobias con las que los lectores se pueden sentir identificados. Juan Rulfo sufría de «miedo escénico» -tenía pavor a hablar en público-; Vicente Aleixandre agorafobia (miedo irracional a los espacios abiertos) y Dostoievski nunca pudo superar su miedo infantil a la oscuridad.

Miedo disparatado a ser rechazado

Los escritores sudamericanos tampoco son ajenos a estas insurrecciones del estado de ánimo. Pablo Neruda ya había ganado todos los honores y glorias de este mundo cuando declaró:

«Todavía me ocurre que cuando llego a una recepción, me parece que el camarero me va a decir: haga el favor de salir. Usted no ha sido invitado».

En más de una ocasión Gabriel García Márquez confesó algo parecido:

«Durante mucho tiempo tuve la sensación de que yo sobraba en todas partes».

Por su parte, el guatemalteco Augusto Monterroso no solo ha confesado sus aprensiones y manías en entrevistas y artículos, sino que también aparece en el más famoso de sus cuentos:

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».

El complejo de castración de Baudelaire

El escritor norteamericano Tennessee Williams era propenso al insomnio y sufría claustrofobia y ataques de pánico. El autor de “Un tranvía llamado deseo” reconoció que tan solo se sentía seguro de sí mismo y era capaz de vencer sus temores “cuando bebía”.

Las fobias pueden llevar a los escritores a situaciones, aparentemente, disparatadas como no acudir a la entrega de un premio. Esto sucedió en el año 2004, la protagonista fue la prestigiosa escritora austríaca Elfriede Jelinek, laureada con el Nobel de Literatura. Se vio obligada a enviar un vídeo a la Academia Sueca para que se proyectase durante la entrega del premio. ¿La razón? Ella misma lo explicaba:

«Tuve que hacerlo porque no podré viajar a Suecia a causa de mi “fobia social”. No soporto las multitudes».

Dentro del universo de los complejos, posiblemente, Charles Baudelaire se lleve la palma. Estuvo dominado durante sus cuarenta y seis años de vida por la intransigente personalidad de su madre, a veces arbitraria y siempre severa. Esto le provocó un terrible complejo de castración, tan solo encontraba su paz interior cuando estaba en compañía de mujeres esperpénticas, inválidas, jorobadas o perversas.

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Pedro Gargantilla
Médico, escritor y divulgador. Jefe de Medicina Interna del Hospital de El Escorial de Madrid. Profesor de la Universidad Francisco de Vitoria.

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