Incredulidad, desprecio y escepticismo: la historia detrás de las pinturas de Altamira

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 “¡Papá, mira, hay toros pintados!”

La niña que descubrió las pinturas de la cueva de Altamira se llamaba María Justina Sanz de Sautuola. Nació en Santander en 1871, única hija de Marcelino Sanz de Sautuola, perteneciente a una acomodada e importante familia de Puente San Miguel (Cantabria).

A los 30 años contrajo matrimonio con el presidente del Banco de Santander, Emilio Botín López. Un año después, en 1903, nació Emilio Botín-Sanz de Sautuola López, que presidiría el banco Santander de 1950 a 1986.

Emilio Botín-Sanz de Sautuola y García de los Ríos, también presidente del Santander hasta su muerte en 2014, fue biznieto de Marcelino Sanz de Sautuola y nieto de María Justina Sanz de Sautuola.

La cueva de Altamira: una cueva como las demás

Corría el año de 1868 cuando un labrador y tejero asturiano llamado Modesto Cubillas estaba buscando a su perro extraviado por los alrededores de Altamira.

El perro se encontraba atrapado entre las grietas de una pared de roca, cuando el hombre intentó liberarlo, las piedras cedieron y quedó al descubierto la entrada a una cueva.

En esta zona de terreno kárstico hay infinidad de grutas, por lo que seguramente no le  presto demasiada atención.

Un día, mientras realizaba trabajos esporádicos en la casa de Don a Marcelino Sanz de Sautuola, le comento al propietario el descubrimiento.

Marcelino Sanz de Sautuola
Marcelino Sanz de Sautuola (1831-1888)

Don Marcelino agradeció la información pero no le dio mayor importancia. Aficionado a la paleontología, sabía que en la zona las grutas se contaban por miles. “Una más”, pensó.

El descubrimiento de las pinturas de Altamira

Sanz de Sautuola no visito la cueva hasta 1875. Las recorrió pasando por alto los gravados que veía, convencido de que no eran humanos.

En el verano de 1879 regresó a la cueva con intención de excavar la entrada buscando algún resto de presencia humana. En esta visita le acompañaba su hija de ocho años, María.

La niña, con curiosidad infantil, se adentró en la cueva por un lateral y miró el techo de la gruta. Por las rocas ondulaban bisontes, caballos, figuras que recordaban a hombres, huellas de manos humanas…

Salió corriendo diciéndole a su padre que en la gruta había vacas pintadas.

Esta niña pequeña fue la primera persona en ver las pinturas de Altamira en más de 13.000 años. Cuando el padre entró a corroborar lo que decía su hija, se percató de la gran importancia del hallazgo.  

Bisontes de Altamira
Bisontes de Altamira (Thomas Quine)

En poco tiempo, Don Marcelino presentó al mundo las pinturas redactando un informe titulado “Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander”.

Momentos de incredulidad y desprecio

El descubrimiento y la datación fue desacreditado por la mayoría de expertos del momento. Argumentaban que las pinturas no podían proceder de la mano de un sapiens del Paleolítico.

Alguna de las máximas autoridades en arqueología de la época, como Gabriel de Mortillet y Émile Cartailhac, insinuaron la posible falsedad de las pinturas en el Congreso Internacional de Lisboa de 1880.

Marcelino Sanz de Sautuola era un rico abogado aficionado a la paleontología, por lo que, a nivel nacional, el descubrimiento no tuvo recorrido y rechazaron la hipótesis.

La Institución Libre de Enseñanza sacó la conclusión de que las pinturas las habían elaborado las legiones romanas.

El catedrático de Paleontología de la universidad de Madrid Juan Vilanova y Piera y el periodista de la Ilustración Española y AmericanaMiguel Rodríguez Ferrer defendieron la posible veracidad de las pinturas.

Daguerrotipo de Juan Vilanova
Daguerrotipo de Juan Vilanova, 1850 (Museo de Prehistoria de Valencia)

Con sus trabajos de Altamira rechazados por la comunidad científica,  Marcelino Sanz de Sautuola murió en 1888.

El arrepentimiento de los escépticos

Al descubrirse, en 1895, los grabados de a Mouthe, en Francia, se confirmó la veracidad del descubrimiento de las pinturas de Altamira.

Veinte años después, en 1902, Henri Breuil reconoció su error, publicó el famoso “La grotte d’Altamira, Espagne. Mea culpa d’un sceptique” (La cueva de Altamira, España. Mea culpa de un escéptico), donde pide perdón a Marcelino Sanz de Sautuola, fallecido 14 años antes.

Después de visitar las cuevas, Henri Breuil se acercó a la finca de la familia Sanz de Sautuola y pidió disculpas a María por haber desacreditado el trabajo y el descubrimiento de su padre.  

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