¿Fuiste feliz?

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Una vida de esfuerzo y lucha no siempre tiene una recompensa justa. Este relato de Alicia Drancin invita a reflexionar sobre lo único que, a fin de cuentas, está por encima de cualquier convicción, creencia o valor: la felicidad…

Siempre preocupado por el dinero y el trabajo. La vida desde niño, cuando enviudó su madre, le enseñó que había que arreglarse solo. Así fue como empezó de cadete en una tienda. Trece años tenía. Y solo pudo ir a la escuela primaria.

Tal vez era seco y tosco, porque todo lo que logró fue a base de esfuerzo. Luchó callado, poniendo el despertador cada día a las seis de la mañana. Viento, lluvia, granizo… Él salía con su paraguas hacia la tienda y llegaba siempre el primero.

Siendo cadete, su tarea era llevar el muestrario de botones a la casa de cada cliente. Y, como a veces pasa, cuando la voluntad se respira en cada acción, después de unos años, cuando tenía dieciocho, le asignaron la preparación de maniquíes con las prendas más novedosas. También el decorado de escaparates.

La suma de cada actitud lo llevó por un camino de lados opuestos: de cadete a Gerente de Tiendas “La Perla”. Parece que lo estoy viendo con su traje azul, camisa blanca, corbata rayada y mocasines negros impecables. Para que tuvieran brillo, les pasaba un algodón con manteca, viejo truco que aprendió en algunas de esas pensiones en las que vivió.

Era de hablar poco, pero alguna vez le escuché decir que antes de casarse almorzaba y cenaba solo. Colación favorita: papas con perejil. Postre: rodajas de durazno amarillo en vino tinto.

Simple. De principios. No le gustaba demostrar lo que sentía. Recuerdo que pasaba a mi lado y me acariciaba la cara. Pero no era una caricia rápida, era como si la mano quisiera quedarse. Después de mi divorcio, los domingos al medio día me llamaba por teléfono y decía: “Vení a almorzar. Ya está todo listo”. Formas de saber que me quería, sin usar palabras, sin que me lo dijera.

La diabetes apareció cuando tenía 44 años. Una enfermedad que engaña y ataca en el momento menos pensado. Primero lo descompensó, le bajó el azúcar en sangre de forma drástica y con ella la presión arterial. Entró en coma. Fueron dejando de funcionar poco a poco sus órganos. Por último, su corazón se paró…

Ella está dentro del vehículo, llorando. No puedo dejar que pase por todo esto. Ya elegí el traje azul para que lo vistan. Me preguntan si tienen que afeitarlo. Asiento con la cabeza.

Un muchacho muy simpático me habla como si fuera a venderme pasajes de avión a una isla. Me dice: “¿Conoce los servicios?”. No tengo idea de qué quiere decirme. Al instante, comienza a detallarme las cualidades de cada madera, los materiales y tallado de las cruces, la calidad y entramado de las puntillas. Y no me importa nada. Me encuentro en un salón lleno de ataúdes y elijo el primero al que dirijo la mirada.

Ahora entiendo que nunca voy a saber si fuiste feliz, papá…

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Alicia Drancin

Profesora en Ciencias Económicas, especializada en Educación y nuevas tecnologías, y en Políticas Socioeducativas. Mujer que escribe. Mi primer libro editado, “El desorden de mis versos”; el próximo, “La física de mis versos”. Cuando no estoy en el aula, me enloquece el cine y la fotografía.

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