Los dos duendes gruñones

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En cierto árbol, de cierto bosque secreto, vivían dos duendes que estaban todo el día discutiendo. Sus discusiones eran famosas en el bosque.

Todos los habitantes del lugar las comentaban y las seguían con interés. Las hadas, los gnomos, las ardillas y el venerable búho, intercedían entre los dos para que se llevaran bien, pero enseguida comenzaba una nueva discusión por el motivo más tonto.

¡Ah! No lo he dicho, los discutidores duendes se llamaban Samuel y Héctor. Samuel, vestía siempre de rojo, con un sombrero terminado en punta de color verde. Héctor, iba de azul y su sombrero terminado en punta era amarillo.

Aquella mañana, se despertaron los dos con el primer rayo de luz del amanecer. Estaban contentos, pues al mediodía, se celebraba la fiesta de los pasteles, en la que podrían comer los que quisieran.

Eran unos glotones y disfrutaban mucho con la comida. Aunque pronto tuvieron la primera discusión por quién se miraba al espejo en primer lugar, para peinarse. Terminaron peinándose los dos a la vez,  apretujados frente al espejo.

Salieron por la puerta de su casa, oculta entre las raíces del anciano y amigo roble. Por supuesto, lo habéis adivinado, tuvieron que salir los dos a la vez por la puerta para evitar una nueva discusión.

Iban caminando por las sendas del bosque y los vecinos les seguían con la mirada, pues estaban enredados en una nueva discusión sobre el lado del camino por el que debía ir cada uno. Al final optaron por ir los dos por el centro, aunque continuaron contendiendo por quién iba delante y quién detrás. Al final, decidieron ir por caminos distintos…

Al llegar al claro del bosque donde se celebraba la fiesta, por supuesto, los dos se fijaron en el mismo pastel y comenzó una nueva disputa. Pero esta vez, la paciencia del magistrado del bosque, un anciano búho que el mes anterior había cumplido ciento treinta y cinco años, llegó a su límite.

Su plumaje enrojeció del enfado por el mal comportamiento de los dos duendes. Convocó al consejo de ancianos para una reunión en el círculo de piedras para esa misma noche, que además era de luna llena.

Llegada la hora, el primero en hablar fue el venerable búho; expuso la situación de los dos duendes y sus continuas peleas que turbaban la paz y la armonía de la comunidad y el mal ejemplo qué para los más jóvenes ofrecían con sus disputas y riñas sin fin.

Terminó la reunión del consejo acordando que debían vivir separados, uno a cada lado del río. Por la mañana ya estaban cada uno en su nueva casa, alegres por no tener que pelear y de hacer su vida lejos del otro…

Aunque la alegría les duró poco, pasadas unas pocas semanas, sus sentimientos habían cambiado, ambos sentían un vacío en el corazón que les hacía daño, pues echaban de menos a su antiguo amigo. Samuel añoraba a Héctor y Héctor añoraba a Samuel.

Ambos recordaban los viejos tiempos en los que eran los mejores amigos del bosque, sus mil juegos, sus exploraciones a las cuevas de los trolls y como hacían rabiar a los gorriones.

Pasaban los días y los duendes estaban cada vez más tristes por estar el uno sin el otro, cada uno en su lado del río. Estar triste es un grave peligro para los duendes, siempre alegres y juguetones, pues la tristeza acaba por hacerles desaparecer. Se desvanecen en el aire como si nunca hubiesen existido.

El anciano búho, alarmado y muy preocupado por este peligro, revisó los viejos libros del bosque, que contienen toda la sabiduría desde los tiempos antiguos, para encontrar una solución y así evitar que los duendes se evaporaran en el aire.

¡Ah bien! Dijo con satisfacción el venerable búho tras muchas horas de búsqueda y estudio. Convocó con rapidez a Samuel y a Héctor bajo la encina sagrada.

Una vez reunidos los tres, el búho les enseñó a interiorizar  y a comprender una vieja y sabia palabra llena de magia: COMPARTIR.

Aprendedla bien, les dijo, y los problemas y riñas entre vosotros desaparecerán, pues es una de las palabras más poderosas que existen y que más magia contienen. La amistad volverá a brotar de vuestros corazones…

Y así fue, Samuel y Héctor disfrutaron de muchas fiestas de los pasteles juntos y fueron por siempre muy, muy felices…, pues un cuento que se precie debe de acabar con una sonrisa.

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Luis Maroto Rivero
Autodidacta apasionado por la lectura y la escritura. Mi primer libro fue autobiográfico: Camino Suave. Luego vinieron otros de distinta temática. La literatura debe comprometerse con las causas de sus días, y no ser simplemente un reto intelectual con el que pasar buenos ratos, sin descartar estos, ni las buenas historias.

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