Alemania puso cifras el 9 de julio de 2026 a una emergencia que suele pasar casi inadvertida. El Instituto Robert Koch (RKI), la agencia federal de salud pública, estimó que el calor había contribuido a unas 5.120 muertes en el país hasta la semana epidemiológica 26, terminada el 28 de junio. El intervalo de predicción publicado por el organismo sitúa la cifra probable entre 4.410 y 5.850 fallecimientos. La mayor parte se concentró durante la ola de calor de finales de junio, cuando las temperaturas medias semanales superaron ampliamente el umbral a partir del cual la mortalidad comienza a crecer de forma apreciable.
La cifra no procede de contar certificados de defunción en los que aparezca escrita la palabra «calor». En la mayoría de los casos, una persona no muere por un golpe de calor aislado, sino por la descompensación de una dolencia previa: una insuficiencia cardiaca que empeora, una enfermedad respiratoria que se agrava, un riñón que deja de compensar la deshidratación o una combinación de varios problemas. Para aproximarse a ese efecto oculto, el RKI combina los registros de mortalidad del Instituto Federal de Estadística con mediciones de temperatura del Servicio Meteorológico Alemán y compara cuántas muertes se observan con las que cabría esperar sin ese exceso térmico.
El reparto por edades vuelve especialmente significativa la estimación. Alrededor de 4.270 de las muertes correspondieron a personas de 75 años o más. También fallecieron más mujeres que hombres, algo que el instituto relaciona principalmente con la mayor presencia femenina en los grupos de edad más avanzada, no con una vulnerabilidad biológica demostrada por sexo en este episodio.
Más de cuatro de cada cinco muertes estimadas se concentraron entre personas de 75 años o más.
El episodio meteorológico fue excepcional incluso para los estándares de los últimos veranos. El 27 de junio, 46 estaciones alemanas superaron los 40 °C, según el Servicio Meteorológico Alemán. Durante aquellos días se sucedieron registros nacionales provisionales y numerosas estaciones alcanzaron máximos nunca observados. Copernicus confirmó después que junio de 2026 fue el más cálido registrado en Europa occidental, con una temperatura media de 20,74 °C, 3,06 °C por encima del promedio de 1991-2020. La coincidencia entre el pico térmico y el aumento de la mortalidad no demuestra que cada fallecimiento concreto fuese causado únicamente por el calor, pero el patrón estadístico es suficientemente claro para estimar su contribución.
El organismo humano necesita mantener una temperatura interna relativamente estable. Cuando el ambiente permanece muy caliente durante el día y la noche no ofrece descanso, el cuerpo desvía sangre hacia la piel y aumenta la sudoración para disipar calor. Ese esfuerzo obliga al corazón y a los riñones a trabajar más. En las personas mayores, la sensación de sed puede disminuir, la sudoración suele ser menos eficaz y la capacidad cardiovascular de adaptación es menor. Algunos diuréticos, antihipertensivos, anticolinérgicos y otros tratamientos frecuentes en edades avanzadas pueden complicar todavía más la hidratación o la regulación térmica, aunque cualquier modificación de la medicación debe quedar en manos de profesionales sanitarios.
A esa fragilidad fisiológica se suma una transformación demográfica de largo alcance. En 2024, una de cada cinco personas residentes en Alemania tenía 67 años o más. Las proyecciones oficiales indican que en 2035 será aproximadamente una de cada cuatro y que el grupo de mayores de 80 años crecerá con fuerza desde mediados de la década de 2030. La ola de calor de 2026, por tanto, no golpeó a una sociedad estática: anticipó lo que puede ocurrir cuando los extremos térmicos se encuentran con una población cada vez más numerosa que vive con enfermedades crónicas, dependencia o necesidad de cuidados continuados.
El problema ya no es solo meteorológico: cada verano extremo encuentra una población más numerosa con menor margen fisiológico para soportarlo.
La vulnerabilidad tampoco se reparte de forma uniforme. Vivir solo, tener movilidad reducida, ocupar una vivienda mal aislada o situada en una planta alta, residir en un barrio con poco arbolado y carecer de acceso a espacios frescos aumenta la exposición. En una residencia o un hospital, el riesgo depende también de la refrigeración de los edificios, de la disponibilidad de personal y de que existan protocolos para revisar la hidratación y detectar a tiempo confusión, debilidad, mareos o agravamiento de enfermedades previas. La escena más inquietante de estas crisis suele ser precisamente su silencio: muchas víctimas no aparecen en una emergencia espectacular, sino en habitaciones que no consiguen enfriarse durante la noche.
La Organización Mundial de la Salud considera el estrés térmico la principal causa de muerte relacionada con el clima en Europa. También advierte de que el continente se calienta aproximadamente al doble de la media mundial y de que el envejecimiento, la urbanización y la expansión de las enfermedades no transmisibles están haciendo a la población más susceptible. En su guía europea publicada en junio de 2026, la organización reclama planes de acción que combinen alertas tempranas, seguimiento de personas vulnerables, centros de refrigeración, adaptación de hospitales y residencias, comunicación sanitaria y cambios urbanos que reduzcan la acumulación de calor.
El dato alemán debe leerse, en definitiva, como una estimación provisional y no como un balance cerrado. El verano aún no había terminado cuando el RKI difundió el informe. Tampoco permite atribuir por sí solo cada muerte al cambio climático. Sí encaja, sin embargo, en un contexto medido: las olas de calor son más frecuentes, intensas y duraderas en un planeta que acumula energía, mientras Alemania y buena parte de Europa envejecen. La convergencia de ambas tendencias convierte la protección frente al calor en una política de salud pública, vivienda, urbanismo y cuidados, no en una recomendación estacional limitada a beber agua y evitar el sol.

















