una red nacional de comunicaciones por satélite de baja órbita, pensada para conectar teléfonos y otros dispositivos incluso cuando las antenas terrestres no alcanzan o han quedado fuera de servicio. La decisión se concretó el 30 de junio de 2026, cuando la Asociación de la Industria de Redes de Información y Comunicaciones de Japón (CIAJ), entidad designada para gestionar el fondo, seleccionó a RAST Corporation como representante y a Rakuten Mobile como propuesta conjunta dentro del programa J-LEO, el proyecto oficial para asegurar autonomía en infraestructuras satelitales de baja órbita.
El programa no aparece en el vacío. La administración japonesa había constituido previamente un fondo de 150.000 millones de yenes —150.000 millones de yenes en dinero público— para apoyar la compra de satélites, lanzamientos, estaciones terrestres y sistemas de operación vinculados a este tipo de red. La ayuda concreta al proyecto encabezado por Rakuten se ha situado en hasta 148.000 millones de yenes, unos 912 millones de dólares al cambio citado por Reuters el día del anuncio. La diferencia entre ambas cifras no es menor para los contables, pero la idea política es clara: Japón quiere un sistema que pueda operar y gestionarse desde su territorio, no solo contratar capacidad a constelaciones extranjeras.
El detalle importante es que no se trata de otro servicio de internet rural con una antena en el tejado. La promesa de J-LEO es la comunicación directa entre satélites y móviles corrientes, lo que en la industria se conoce como direct-to-device o direct-to-cell. En teoría, un usuario en una isla remota, una carretera de montaña o una zona costera golpeada por un terremoto podría mantener llamadas, mensajes o datos básicos sin depender de una torre cercana. En la práctica, hay muchas condiciones por delante: licencias, espectro, número de satélites disponible, estaciones de control y acuerdos con operadores móviles.
El problema no es que Starlink funcione mal, sino que una infraestructura crítica queda en manos de proveedores extranjeros cuando más falta hace.
La selección de RAST y Rakuten Mobile se produjo después de una convocatoria pública abierta entre el 30 de marzo y el 29 de mayo de 2026. CIAJ indicó que, tras la selección, quedan todavía los trámites de revisión y aprobación necesarios antes de que el adjudicatario inicie formalmente el proyecto. Ese matiz importa: Japón no ha encendido de la noche a la mañana una red satelital propia. Ha escogido al equipo que recibirá el respaldo público para construirla.
Rakuten lleva tiempo preparando el terreno con AST SpaceMobile, la empresa estadounidense que desarrolla una red celular de banda ancha desde satélites de baja órbita compatible con teléfonos no modificados. En febrero de 2024, Rakuten Mobile anunció su intención de iniciar en Japón un servicio satélite-móvil en 2026 junto a AST. En abril de 2025, ambas compañías realizaron una videollamada de prueba en Japón entre smartphones corrientes, con una estación terrestre de Rakuten en la prefectura de Fukushima y un teléfono en Tokio. La escena tiene algo de futurista y de emergencia a la vez: una llamada normal, pero rebotada por el cielo.
La comparación con Starlink es inevitable. KDDI ya había incorporado Starlink a parte de su infraestructura de respaldo y conectividad en zonas remotas; SoftBank lanzó en abril de 2026 “SoftBank Starlink Direct” para mensajes, datos y comunicaciones de emergencia en áreas sin cobertura celular. En ese contexto, Japón no parece buscar una ruptura brusca con SpaceX. Lo más probable es una estrategia de reducción de riesgo: usar lo que funciona, pero evitar que una sola plataforma extranjera se convierta en el cuello de botella de comunicaciones públicas, privadas y de emergencia.
El recuerdo del terremoto de Noto de enero de 2024 pesa en esa lectura. Aquella catástrofe dañó carreteras, energía y redes de telecomunicaciones en una península difícil de alcanzar. Los operadores japoneses reforzaron después su cooperación para restaurar redes en grandes desastres, y las comunicaciones por satélite pasaron de ser una solución de nicho a un recurso de continuidad nacional. No es difícil entender la inquietud: en Japón, una línea móvil que sobrevive a un terremoto puede ser una llamada médica, una orden de evacuación o el último contacto de una familia.
La promesa técnica es ambiciosa: teléfonos corrientes conectados a satélites de baja órbita, pero el calendario aún depende de licencias, satélites y despliegues terrestres.
La apuesta también entra en una carrera global por la soberanía espacial aplicada a comunicaciones. Europa impulsa proyectos propios, operadores como Vodafone y Orange han buscado alianzas satélite-móvil, y Estados Unidos ya ve a Starlink como un actor casi inevitable en zonas de guerra, catástrofe y baja cobertura. Japón se mueve con una lógica parecida, pero con una sensibilidad muy japonesa: archipiélago, montañas, envejecimiento rural, terremotos, tifones y una vecindad geopolítica complicada.
El riesgo está en prometer más de lo que la primera generación podrá ofrecer. Las constelaciones de baja órbita exigen muchos satélites, lanzamientos repetidos, coordinación internacional de frecuencias y una operación técnica muy fina para que la señal llegue a móviles sin antenas especiales. AST SpaceMobile ha demostrado hitos relevantes, pero su despliegue comercial completo todavía está en construcción. Si los plazos se estiran, el proyecto podría quedar atrapado entre la presión política por la autonomía y la realidad lenta del espacio.
Aun así, la decisión del 30 de junio marca un antes y un después para el mercado japonés. El Estado no solo compra conectividad: está financiando la posibilidad de que Japón conserve una parte del control sobre una capa básica de su infraestructura digital. En tiempos tranquilos, eso puede sonar a política industrial. En una noche de terremoto, con antenas caídas y carreteras cortadas, puede ser algo mucho más simple: que el teléfono todavía tenga una ruta para pedir ayuda.















