Un fósil recogido en 1985 en la isla James Ross, al noreste de la península Antártica, ha sido identificado formalmente como el primer fósil de dinosaurio hallado en la Antártida. La confirmación llegó el 29 de junio de 2026 con la publicación del estudio en Acta Palaeontologica Polonica y con el anuncio del British Antarctic Survey (BAS), la institución que custodiaba el ejemplar en Cambridge. La pieza no es un esqueleto espectacular ni una mandíbula llena de dientes: es una vértebra caudal anterior, pequeña, incompleta y muy gastada. Precisamente por eso, quizá, pasó casi cuatro décadas sin recibir la atención que merecía.
El espécimen, catalogado como BAS D.8621.25, procede de la Formación Santa Marta, en una zona conocida como Abernethy Flats, dentro de la península Ulu, en el noroeste de la isla James Ross. Fue descubierto y recogido el 9 de diciembre de 1985 por Michael R. A. Thomson, geólogo del BAS, y Reinhard Förster, de la Bayerische Staatssammlung für Paläontologie und Geologie de Múnich, según el artículo científico. La expedición no buscaba grandes dinosaurios; su objetivo principal era cartografiar capas de roca y recoger fósiles marinos, sobre todo invertebrados como ammonites, útiles para fechar los estratos de la región.
En las notas de campo, Thomson lo registró como “vértebra de gran reptil”. La descripción no era absurda: en aquellas condiciones, con frío, viento y una prioridad puesta en la geología de campo, distinguir un hueso aislado de dinosaurio de otros restos de reptiles mesozoicos no era nada sencillo. Después, el fósil viajó al Reino Unido y quedó guardado en la colección geológica del BAS. Lo inquietante, o tal vez lo irónico, es que la primera pista dinosauriana de la Antártida no estaba oculta bajo kilómetros de hielo, sino dentro de un cajón de museo.
La pieza no apareció en una excavación nueva: llevaba desde 1985 en las colecciones del British Antarctic Survey, etiquetada como un gran reptil.
La revisión llegó cuando Mark Evans, paleontólogo y responsable de colecciones geológicas del BAS, reparó en la forma del hueso. Evans sospechó que podía tratarse de una vértebra de titanosaurio y consultó a especialistas, entre ellos Paul Barrett, del Natural History Museum de Londres. El equipo comparó la forma externa del fósil con vértebras más completas de saurópodos, utilizó escaneos de superficie y tomografías computarizadas y concluyó que encajaba mejor con un eutitanosaurio no saltasáurido, un grupo dentro de los titanosaurios. Dicho de manera más simple: pertenecía a un saurópodo herbívoro, de cuello largo y cola larga, emparentado con algunos de los dinosaurios terrestres más grandes conocidos.
El estudio no permite ponerle nombre de especie. La vértebra está demasiado fragmentada y la muestra es única, así que los autores optaron por una identificación prudente: Eutitanosauria indet. Aun así, el tamaño y la forma sugieren que el animal medía alrededor de seis o siete metros de largo. Para un titanosaurio, eso es poco. Podría haber sido un individuo juvenil, aunque también cabe la posibilidad de que fuera una forma adulta de menor tamaño. Los investigadores no fuerzan más la interpretación: con un solo hueso, cualquier reconstrucción demasiado detallada sería más vistosa que sólida.
La antigüedad del hallazgo también es una parte importante de la historia. La vértebra procede de rocas marinas del Cretácico Superior, en el Campaniense inferior, con una edad cercana a 82 millones de años. La presencia de ammonites en el mismo contexto ayudó a precisar la datación. Esa asociación marina explica una paradoja aparente: el dinosaurio vivía en tierra, pero su hueso quedó fosilizado en sedimentos del fondo marino. La hipótesis del equipo es que el cadáver, o parte de él, fue arrastrado hasta el mar, quizá por un río o por procesos costeros, y terminó enterrado en el lecho marino.
La Antártida que habitó este animal no era un desierto blanco, sino un territorio templado de bosques y conexiones con otros continentes del sur.
La Antártida de aquel momento no se parecía a la actual. Durante el Cretácico Superior, el continente seguía conectado a otras masas terrestres del sur y tenía ambientes templados, con bosques de helechos, palmeras y coníferas. El BAS señala que la región estaba calentada por una intensa actividad volcánica que elevaba el CO₂ atmosférico. Eso no significa que fuera un paraíso estable: la latitud extrema imponía cambios enormes de luz entre estaciones. Pero sí desmonta la imagen intuitiva de una Antártida eternamente helada. Allí vivían dinosaurios, aves primitivas y otros reptiles en ecosistemas muy distintos de los que hoy cubre el hielo.
La importancia del fósil tiene además un matiz histórico. Hasta ahora, el primer gran hito dinosauriano antártico solía asociarse a Antarctopelta oliveroi, un dinosaurio acorazado hallado en 1986 y descrito años después. La revisión de BAS D.8621.25 mueve la fecha del primer hallazgo un año atrás: 1985. No cambia todos los libros de golpe, pero sí obliga a afinar una frase que parecía cerrada. La primera pieza de dinosaurio recogida en la Antártida era, en realidad, una vértebra de titanosaurio que nadie había reconocido todavía.
El desenlace tiene una nota humana difícil de ignorar. Thomson murió en 2020, antes de saber que aquel “gran reptil” de su cuaderno era el primer dinosaurio encontrado en el continente antártico. La historia deja una lección sobria para la paleontología: no todos los descubrimientos suceden cuando se golpea una roca con un martillo. A veces empiezan en el campo, se duermen durante décadas en una colección y despiertan cuando alguien vuelve a mirar lo ya visto con mejores herramientas y otra pregunta en la cabeza.
















