Nueva York vive una de esas jornadas que, vistas con algo de distancia, parecen algo más que un movimiento de mercado. SpaceX, la compañía fundada por Elon Musk en 2002, comenzó a cotizar en el Nasdaq bajo el símbolo SPCX después de fijar su oferta pública inicial en 135 dólares por acción. La operación colocó 555.555.555 acciones de clase A y levantó 74.999.999.925 dólares, una cifra que por sí sola ya situaba la salida a Bolsa muy por encima de los grandes estrenos bursátiles anteriores.
La campana de apertura no sonó en un hangar ni junto a una plataforma de lanzamiento, sino en el Nasdaq MarketSite, en el número 4 de Times Square. Allí, en el corazón publicitario de Manhattan, directivos de SpaceX y sus invitados celebraron la entrada de la empresa en los mercados públicos. Musk intervino por videoconferencia, mientras que en Texas, en torno a Starbase, la compañía mantuvo su propio centro emocional: cohetes, empleados y seguidores convertidos en parte del relato.
La OPV recaudó casi 75.000 millones de dólares antes de que el mercado empujara a SpaceX por encima de los 2 billones de valoración.
El matiz importante está en el momento exacto de la valoración. La oferta se cerró con una valoración inicial aproximada de 1,77 billones de dólares. Fue el primer día de negociación, con la acción abriendo a 150 dólares y cerrando en 160,95 dólares, el que llevó el valor bursátil de SpaceX hasta unos 2,1 billones de dólares. Dicho de otra manera: el récord de la OPV (Oferta Pública de Venta) estaba en el dinero recaudado; el salto por encima de los 2 billones llegó cuando los inversores compraron en masa durante el debut.
La operación superó de largo el listón que durante años había simbolizado el techo de las salidas a Bolsa: Saudi Aramco. La petrolera saudí había colocado en 2019 una oferta de 25.600 millones de dólares, ampliada después hasta 29.400 millones mediante una opción de sobreadjudicación. SpaceX, con 75.000 millones, no solo cambió el orden de la lista, también cambió el tipo de empresa que podía ocupar el primer puesto. Ya no era una petrolera estatal, sino una compañía que mezcla lanzamientos orbitales, internet satelital, contratos públicos, ambición marciana e infraestructura de inteligencia artificial.
El entusiasmo no nació de la nada. SpaceX llega al mercado después de dos décadas de avances que la han convertido en un actor central del sector espacial privado. Falcon 9 normalizó la reutilización de cohetes en la industria, Dragon la puso en el mapa de los vuelos tripulados y Starlink transformó una constelación de satélites en un negocio de conectividad global. A esa historia se sumó en 2026 una capa más discutida: la integración de ambiciones de IA y capacidad de cómputo, un terreno en el que los inversores parecen dispuestos a pagar expectativas muy altas.
También hubo una anomalía deliberada: SpaceX reservó una parte relevante de la oferta para inversores minoristas, algo poco habitual en una OPV de semejante tamaño. La compañía y sus bancos colocadores intentaron convertir el estreno en una operación con base popular, no solo institucional. Esa estrategia ayudó a alimentar la demanda, aunque parece probable que también aumente la exposición de pequeños ahorradores a una acción que, por su valoración y por el escaso porcentaje de capital realmente disponible en Bolsa, puede moverse con brusquedad.
El mercado compró una promesa gigantesca: cohetes reutilizables, internet orbital e IA, todo dentro de una empresa que aún arrastra pérdidas millonarias.
La otra cara de la jornada apareció casi al mismo tiempo que los aplausos. SpaceX había declarado ingresos de 18.670 millones de dólares en 2025 y una pérdida neta cercana a 4.940 millones. Reuters calculó que, tras el cierre del primer día, la compañía cotizaba a unas 112 veces sus ingresos, un múltiplo que incluso en el sector tecnológico resulta extremo. Esa distancia entre resultados actuales y precio de mercado es el punto incómodo de la historia: SpaceX salió a Bolsa como si el futuro ya estuviera parcialmente descontado, pero ese futuro aún depende de inversiones enormes, contratos inciertos y tecnologías que no están plenamente maduras.
Hubo, además, una escena casi inquietante en Times Square. Mientras algunos turistas se hacían fotos con las pantallas del Nasdaq y seguidores de Musk celebraban el estreno, también aparecieron protestas contra la concentración de riqueza y poder empresarial. En el mismo día en que SpaceX se convertía en símbolo de ambición tecnológica, su fundador quedaba retratado por algunos manifestantes como el emblema de una economía demasiado inclinada hacia unos pocos nombres propios. No fue un detalle menor; fue parte de la noticia.
La sesión terminó sin el fallo técnico que muchos temían en Wall Street. La magnitud de la demanda había obligado a bancos, plataformas, creadores de mercado y al propio Nasdaq a preparar sus sistemas durante semanas. El arranque, aunque tardío respecto a una apertura ordinaria, fue ordenado. Eso reforzó una lectura compartida por varios operadores: si Wall Street podía absorber a SpaceX, quizá también podía prepararse para nuevas OPV gigantes de compañías de inteligencia artificial.
En los días siguientes al estreno, la acción mostró una volatilidad poco habitual incluso para una OPV tecnológica de gran tamaño. Tras colocarse a 135 dólares, SPCX llegó a marcar un máximo intradía de 225,64 dólares el 16 de junio —aproximadamente un 67 % por encima del precio de salida— y después cayó hasta un mínimo de 147,11 dólares el 23 de junio. A 1 de julio, la cotización se movía en torno a los 160-163 dólares, todavía más de un 20 % por encima de la OPV, pero casi un 28 % por debajo de su pico. La tensión se alimentó por dos fuerzas opuestas: la entrada en los índices Russell y la incorporación prevista al Nasdaq 100 el 7 de julio, que obligan a compras de fondos pasivos, y el rápido aumento de posiciones bajistas, que Reuters situó en 196 millones de acciones, cerca del 31 % del capital libremente negociable.
Aun así, la pregunta de fondo queda abierta. SpaceX no entró en Bolsa como una empresa espacial más, sino como una promesa de infraestructura planetaria y orbital. Sus defensores ven en ella una versión moderna de los ferrocarriles o de las eléctricas en sus primeras grandes expansiones. Sus críticos ven un precio que obliga a que casi todo salga bien durante muchos años. El 12 de junio de 2026 no resolvió esa discusión. Lo que hizo fue convertirla en una discusión pública, líquida y diaria, con ticker propio en el Nasdaq.














