Key West, sábado 1 de enero de 1994. El Fort East Martello Museum, una fortificación de ladrillo situada junto al aeropuerto de Key West, incorporó a su colección un objeto que no encajaba del todo con las vitrinas habituales de historia local, arte popular y reliquias militares: un muñeco de poco más de 1 metro de alto, vestido con traje de marinero, relleno de excelsior —una fibra de madera— y con una expresión difícil de clasificar entre infantil, burlona y levemente hostil. Se llamaba Robert, aunque ese nombre, en realidad, se lo había cedido su dueño. El niño era Robert Eugene Otto, conocido por todos como Gene; el muñeco pasó a ser Robert.
La entrada de Robert en el museo se registra oficialmente en 1994 y la ficha pública de la Key West Art & Historical Society sitúa el comienzo de la exposición el 1 de enero de ese año. El propio museo atribuye la donación a Myrtle Reuter, la mujer que había comprado la antigua casa de la familia Otto tras la muerte de Gene en 1974. Según la versión recogida por la institución, Reuter conservó al muñeco durante años y lo entregó al Fort East Martello afirmando que Robert se movía solo por su casa y que estaba embrujado.
La historia venía cargada de leyenda mucho antes. Robert habría sido fabricado hacia 1904 por la compañía alemana Steiff. Su primer compañero fue Gene Otto, hijo de una familia acomodada de Key West, que creció tratándolo no como un juguete común, sino casi como una presencia doméstica. La anécdota más repetida cuenta que, cuando el niño hacía alguna travesura, desviaba la culpa con una frase sencilla y perturbadora: “Robert lo hizo”. Con los años, el relato se volvió más oscuro. Se habló de voces, de cambios de expresión, de pasos en el ático y de niños del vecindario que aseguraban haber visto al muñeco moverse en la ventana de la casa de Eaton Street.
Nada de eso puede verificarse como fenómeno paranormal. Lo comprobable es más prosaico, pero no menos raro: Robert se convirtió en una pieza museística y, al hacerlo, la leyenda empezó a producir documentos. Primero llegaron los curiosos. Después, los visitantes que se acercaban con una mezcla de burla, desafío y miedo. El museo terminó difundiendo una regla sencilla: había que ser respetuoso y pedir permiso antes de fotografiarlo. Quienes no lo hacían, según la tradición del lugar, podían cargar con mala suerte. A partir de ahí nació el detalle más inquietante del caso: comenzaron a llegar cartas dirigidas al muñeco.
No eran simples notas de admiradores. Muchas eran disculpas. Algunas personas escribían para pedir perdón por haber tomado una foto sin permiso; otras atribuían accidentes, enfermedades, problemas económicos o rachas de infortunio a una visita mal llevada ante la vitrina. La web oficial de Robert conserva una selección de esas cartas y explica que pueden llegar por correo postal, email o formulario de contacto. En varias, los remitentes hablan con el muñeco como si pudiera leerlas, enfadarse o perdonar. El efecto es extraño: un objeto inmóvil, encerrado tras un cristal, acabó convirtiéndose en destinatario de confesiones íntimas de desconocidos.
El Fort East Martello, por su parte, era un escenario casi perfecto para que la historia prendiera. La construcción empezó durante la Guerra Civil estadounidense y nunca fue un fuerte de batalla en el sentido heroico de la palabra: quedó inacabado, no fue armado como se había previsto y, décadas más tarde, fue rescatado como museo por la Key West Art & Historical Society. Sus pasillos de ladrillo, sus galerías y su ubicación algo apartada del centro turístico de Key West aportaban la atmósfera adecuada para que Robert dejara de ser solo una curiosidad familiar y pasara a formar parte del folclore local.
La noticia, vista con distancia, no es que un muñeco esté “maldito”. La noticia es que en 1994 una institución cultural recibió una pieza doméstica cargada de rumores y, al exponerla, activó un fenómeno social documentable: visitantes que siguen tratándolo como si estuviera vivo, turistas que modifican su conducta ante un objeto de museo, cartas que piden perdón a un muñeco por temor a una supuesta maldición. Robert no necesitó moverse para convertirse en protagonista. Le bastó con quedarse quieto, mirar desde su vitrina y dejar que los demás escribieran el resto.




















