Esos pequeños detalles

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El mundo, tal como se presenta ante nuestros ojos, siempre nos sorprende, sobre todo en aquellos aspectos donde el hombre ha incursionado para transformarlo:

Hoy todo es impresionante, los edificios extremadamente altos, el confort con exageraciones que parecen de ciencia ficción en temas de robótica, los centros comerciales interminables a la hora de intentar recorrerlos, los parques temáticos también.

Todo es extraordinariamente grande, será por eso que se ha puesto en auge el término “mega”, justamente para definir la dimensión de lo que se ha creado (tal vez se deba a que el término “grande” quedaría pequeño, paradógicamente hablando).

Ese progreso que nos enseña obras inmensas también nos va llevando a percibir nuestra pequeñez. Hoy día no somos más que insignificantes criaturas desorientadas por momentos dentro de enormes escenarios donde podríamos perdernos, por ejemplo dentro de un mega-mercado, cuestión que antes, cuando las cosas estaban realizadas a nuestra medida, no nos ocurría.

Con las fiestas y las celebraciones pasa igual, la fastuosidad está presente en la organización de los eventos y la gente que va a acudir a ellos siente que tiene que vestir a la altura de esas circustancias.

Tal vez sea por eso que la asistencia a una fiesta está condicionada, en parte, por los gastos que ocasiona. Son estos tiempos de mega-fiestas, mega-regalos, mega-cruceros, mega-adrenalina en las diversiones.

Sin embargo, la realidad desde un sentido más humanizado es siempre la misma, no ha variado, está ahí, con o sin los adornos propios de cada época, incluso en estos tiempos donde las pompas y la fastuosidad pretenden determinar un mundo ficticio.

Hoy, lo que realmente se ha descuidado es ese aspecto esencial de los pequeños detalles, esos que han surgido como verdaderas demostraciones de afecto, esos que no se podrían adquirir solo con  dinero, esos que provocan en quien los recibe un bienestar único, indescriptible.

Las demostraciones de cariño a través de los detalles materializados desde pequeñas acciones son la base del equilibrio emocional, porque colaboran en el mejoramiento de la autoestima, porque ayudan a sobrellevar la pesada carga de lo cotidiano.

Son los detalles nada más y nada menos que alicientes capaces de estimular el ánimo y de renovar sentimientos.

Por ejemplo: recibir una llamada, ser invitados a tomar un pausado café en agradable charla, hablar sintiéndonos considerados en lo que decimos…, esas son acciones valiosísimas, sobre todo en estos tiempos donde la corriente individualista ha calado muy profundo en la mente de muchas personas.

Siempre es acertado recordar acciones que han tenido para con nosotros y que nos han hecho tanto bien. Aquellas torrijas que nos llegaban de las generosas manos de una vecina, aquella comida casera a la que nos invitaban, aquellos abrazos cuando pasábamos por momentos difíciles…

Eso no tiene precio, y ahí hay que hacer hincapié: sí, aún existen tareas que no se podrían pagar porque ninguna suma de dinero estaría a la altura emocional de lo que se hace desde el corazón.

Si nos pusiéramos a recordar, también aparecerán en nuestra mente aquellas oportunidades en las que hemos sido nosotros los impulsores de detalles para con otras personas, y quizás seguidamente experimentemos aquella maravillosa sensación de bienestar que nos produjo ese logro. Hacer el bien es siempre gratificante.

¡Qué inmensamente grande puede llegar a sentirse alguien cuando percibe el afecto de otros a través de un detalle! Decía Charles Dickens:

“La verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes

Por eso habría que considerar que, tal vez detrás de un ser que podría aparecer ante nuestros ojos como insignificante, puede esconderse un alma enorme y un corazón noble. Nada es lo que parece ser.

Solo nos hace falta entender que quienes más ostentan, quizás menos puedan aportarnos, ya lo decía Ramón y Cajal:

“Evita los amigos ricos y recios, a poco que los trates te convertirás en su lacayo”

Es fácil de entender que detrás de los simples detalles suele esconderse la alegría de vivir. Solo habrá que considerar que el universo de cada persona se traduce solo a sus sentimientos.

La idea es intentar vivir con intensidad todas las experiencias que la vida nos ponga en el camino, pero sobre todo, ser capaces de captar lo más simple, eso que al final resultará ser lo más valioso.

Siente con intensidad y haz sentir a quienes amas, por allí vas a encontrar el verdadero secreto de una felicidad que no necesita de atuendos, ni de estridencias, ni de disfraces.

Para lograrlo, simplemente “tienes que convertirte en quien eres”, como bien dijera Nietzsche.

Bibliografía consultada:

  • Charles Dickens, escritor y novelista inglés.
  • Friedrich Nietzsche: pensador de carácter irreverente que tuvo mucha influencia sobre la folosofía alemana.
  • Santiago Ramón y Cajal, científico e investigador español que consideraba la histología del sistema nervioso, a la que dedicó un profundo estudio, como “La obra maestra de la vida”.

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Silvia Alasino
Silvia Alasino
Escribo para la gente que valora la vida. Solo si se tiene sensibilidad, se habrá encontrado el verdadero sentido de nuestra existencia. Mis primeros libros: “El círculo” y “Emigrando”.

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