El coraje: la virtud más noble del ser humano

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En El breviario de la caballería medieval hay un texto que debe ser recordado en los momentos de crisis:

“La energía espiritual del Camino utiliza la justicia y la paciencia para preparar tu espíritu.

Este es el Camino del Caballero. Un camino fácil y, al mismo tiempo, difícil, pues obliga a dejar de lado las cosas inútiles, y las amistades relativas. Por eso, al principio, se duda tanto para elegirlo.

He aquí la primera enseñanza de la Caballería: borrarás lo que hayas escrito hasta el momento en el cuaderno de tu vida: inquietud, inseguridad, mentira. Y escribirás, en lugar de todo eso, la palabra coraje. Comenzando la jornada con esta palabra, y manteniendo la fe en Dios, llegarás a donde necesitas.”

La vida nos enseña que los principios más elevados y, por eso mismo, poco comunes, son el coraje y la lealtad. Con el tiempo aprendemos que la inteligencia es un don peligroso de la cual no hay que confiar mucho.

Respetemos la gente inteligente, aún si poseen una inteligencia superior, pero cuidado con su lealtad, la inteligencia es volátil. La máxima virtud, la virtud universal, la más noble y pura de las virtudes del ser humano, es el coraje.

Sí, el coraje entendido no como la temeridad del iluso que ignora las consecuencias de sus actos y decide asumirlos sin medir riesgos y cegado por su impaciencia, sino el valor puro y consciente del que, a riesgo de los retos que enfrenta, no se deja intimidar por ellos y arriesga todo, aun su vida, por una causa que vale la pena.

No existe coraje en la ambición material y unipersonal. El coraje se manifiesta cuando el reto que se asume está lleno de riesgos no menores y es de una naturaleza pura de las que no esperamos contraprestación.

Solo hay coraje cuando el que lo arriesga todo sabe que lo más probable es que lo pierda todo y, sin embargo, percibe ese momento como una aventura que solo tiene sentido si se entiende como único, casi de dimensión épica.

La gloria se consigue cuando se tiene coraje. La sabiduría es un don propio de los que, viviendo el miedo, lo enfrentan y enfrentan su lucha con menos miedo que coraje, o con un coraje tan fuerte que el miedo se olvida, porque nos recuerda que es la razón que acaba a los cobardes, a los miedosos, a los arrastrados y faltos de personalidad, a esas personas a las que nunca nos gustaría parecernos.

Al ser el coraje una virtud propia del ser humano, virtud que se vuelve fundamental para conseguir nuestros objetivos sin importar el tamaño de los mismos, no olvidemos nunca que la lealtad es, en modo cierto, otro tipo de coraje.

La vida, con los años, nos va enseñando a no confiar de los inteligentes y los agazapados y de los calculadores y los avariciosos, nos enseña a no confiar de los que viven la vida en un negocio en el que todo se limita a una relación costo-beneficio, igual que nos enseña a no confiar de los que solo enfrentan las luchas que saben que van a ganar.

La vida, con los años, nos ha enseñado a respetar a los nobles, a los valientes, a los soñadores, a los intrépidos, a los bondadosos, a los locos, a los que idealizan, a los que pelean no las guerras en las que saben que tienen la victoria segura, sino las guerras que su valor de la justicia les indica que deben luchar, sin importar si en ellas se les va la vida.

“Se necesita coraje para crecer y convertirse en quien realmente eres”. E.E. Cummings

La vida nos enseña que los pocos amigos que van quedando son los que se han conseguido en el coraje y la lealtad, dos valores que marcan la vida de las personas y que nos gustaría que algún día dirigieran los hechos más relevantes que lleguen a lo que nos quede de vida.

Pidamos a nuestro Dios, sin importar el que sea, que por el tiempo que nos quede por vivir nos permita demostrarle a nuestra gente, a nuestra adoración, que las verdaderas razones de las guerras que elijamos enfrentar o las que decidimos no hacerlo, a riesgo de que podemos perder o que podremos perder en ellas la vida, son el coraje y la lealtad, la lealtad y el coraje, vistas como dos formas iguales pero diferentes de entender la vida, en esa guerra que sabemos de antemano que podemos perder, pero que debemos enfrentar, sin miedo, limpiamente, con el destino del guerrero que sabe que está en su destino morir en la batalla y esperar la muerte con la dulce confianza del que conoce al miedo.

Levantarnos cuando hemos caído, empujar hacia adelante, y no tirar la toalla frente a la derrota, el desprecio o el olvido, no es equivalente a cobardía. Al contrario: es indicativo propio de casta, de raza, de amor propio y razón de vivir, de coraje y de unas enormes ganas de hacer que las cosas cambien, aún cuando sabemos que no será fácil la batalla, pero igual debemos enfrentarla con coraje y lealtad.

De grandes es aspirar a la gloria humana en un grupo y, entre ellas. ciertamente nuestra familia, por eso luchemos para que seamos recordados como personas que, en sus guerras, siempre les acompañó el coraje y la lealtad, y que sea así como más puramente nos recuerden:

Como los valientes, los soñadores, los felices, que, de la nada, aprendieron a no ser cobardes ni traidores, y que siempre, cuando fuimos a la guerra, leal o no, nunca nos faltó el coraje ni fuimos faltos a la lealtad.

”El secreto de la felicidad y la paz, es la libertad…, y el secreto de la libertad, es el coraje ” Tucídides

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Armando Colmenares
Abogado litigante y profesor universitario. Eternamente irreverente, coach motivacional. Creyente del empoderamiento. Autor del blog matkubblog.wordPress.com.

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