Una cita en las calles del viejo Madrid

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25 de diciembre de 1993. Pasaron la tarde juntos. Una cita propiciada por un amigo de él, amigo que casualmente no pudo acudir a dicha cita, dejándolos solos a los dos. La amistad es como llevar siempre contigo monedas de oro de gran valor…

Habían ido a la Gran Vía, a unos de sus cines hoy desaparecido, a ver: “Un Mundo Perfecto”, en Vitamina. Tras la película se tomaron unos zumos, agua de Valencia en otro lugar y una bebida más en otro local… Allí, él le acarició sutilmente el cabello…

A las diez ella debía marcharse a otra cita con unas amigas. Él la acompañó hasta el portal de su casa, donde llegaron tras un breve paseo, aunque es difícil medir el tiempo cuando este parece no existir… Él la observaba mientras ella trataba de abrir la cerradura del portal de su casa…

En ese justo momento el tiempo y el espacio dejaron de ser tiempo y espacio para él. Las leyes de la física comenzaron a producirse de una forma que él nunca había experimentado hasta ese momento.

Pasado, presente y futuro comenzaron a manifestarse al mismo tiempo, en el mismo instante, permitiéndole penetrar profundamente con su mirada en todas las direcciones posibles.

El futuro ya era solo un sencillo libro abierto para él…, su corazón se estremeció por lo que pudo ver, por lo que le fue revelado como un incierto y dudoso regalo.

Por favor, no te vayas aún -le dijo de pronto-. Alarguemos este encuentro aunque sean unos pocos instantes más.

Ella le miró sorprendida, sin entender, impactada por el tono profundo de su ruego.

Amor mío -continuó él-, hoy será la única vez que se nos ha concedido vernos. Nuestros caminos no se cruzarán más. Las circunstancias nos alejarán al uno del otro, por eso te pido unos minutos más…

¿Sabes? Por muchos años que pasen, nunca te olvidaré. Nunca tendré tus besos y abrazos. Pero sé que siempre te querré y que siempre te llevaré en mi corazón. Nunca dudes de esto, por favor.

Este día lo recordaré para siempre y será el madero flotante al que me asiré para no hundirme cuando cruce el abismo que me aguarda entre las sombras.

Por eso te pido que te quedes a mi lado unos instantes más, porque nunca te tendré, porque desaparecerás de mi vida como un sueño al amanecer

Por eso te pido unos instantes más, tan solo unos instantes más para que mi corazón se nutra un poco más de ti, antes de perderte para siempre…

Lo siento, de verdad, me esperan…

Entonces ve, pues nuestro tiempo se agota apenas ha nacido. Recuerda que nunca te olvidaré, que siempre amaré cada minuto de este día y que las largas décadas de tiempo por venir no te podrán arrebatar de mi corazón.

Tras un ligero y cálido beso en la mejilla, ella desapareció tras la puerta que se cerró a su espalda.

Él se quedó observando el inseguro y frágil aleteo de una mariposa, que se perdía en la noche hasta desaparecer. Después reemprendió  su paseo por las viejas y entrañables calles de su viejo Madrid.

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Luis Maroto Rivero
Luis Maroto Rivero
Autodidacta apasionado por la lectura y la escritura. Mi primer libro fue autobiográfico: Camino Suave. Luego vinieron otros de distinta temática. La literatura debe comprometerse con las causas de sus días, y no ser simplemente un reto intelectual con el que pasar buenos ratos, sin descartar estos, ni las buenas historias.

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