Apartar montañas con pequeñas cucharas

Siempre me ha llamado la atención y me ha resultado contradictorio que países con sus economías destruidas que carecen de lo necesario para que sus ciudadanos puedan mantener una vida mínimamente digna; tengan recursos para comprar armas y sostener conflictos bélicos interminables.

¿Quién les da las armas? ¿A quién le interesa mantener esos conflictos? Sobran ejemplos, por desgracia, en África, Sudamérica, etc.
Esto se puede extrapolar, de alguna manera, a cualquier país de nuestra maltratada Tierra.

Pese a crisis económicas, sistemas corruptos, a falta de liquidez, a los pagos enormes de los intereses de la deuda, etc., siempre hay dinero para comprar armas o cualquier otra barbaridad bélica. ¿A quién le interesa mantener esta situación?

A los ciudadanos, a la gente del pueblo, a la que paga todos los impuestos y todas las facturas, seguro que no. ¿Entonces, a quién?

El siglo XX ya se ha perdido en el tiempo y se ha sumergido en la historia. El balance positivo que se podría hacer de él en muchos campos queda en cierta manera, eclipsado por la sangre que se ha derramado y la violencia que ha desatado el hombre durante esos cien años.

Investigadores e historiadores han cuantificado el coste en millones de euros, libras o dólares de las numerosas guerras locales, civiles, mundiales o en defensa de los derechos humanos (vaya paradoja), que se han producido entre los años 1901 y 2000.

La cifra resultante es astronómica. Si esos inmensos recursos económicos se hubieran utilizado adecuadamente, se podría haber dado educación, sanidad, alimento y una vida digna, prácticamente a todos los habitantes del planeta.

Esta idea me resulta profundamente descorazonadora. Resulta que hubiera sido posible construir un mundo mejor en el siglo XX y no se ha hecho. ¿Por qué?

Hagámoslo bien en el siglo XXI, aunque no ha empezado bien y ya tiene su propia lista de guerras y atrocidades de todo tipo. Las cosas parecen no cambiar, ¿a quién le interesa que esta situación se perpetúe siglo tras siglo?

Hay una constante común en todos los pueblos: que quieren Paz y Libertad en su tierra y para sus hijos. ¿Quién no lo permite? ¿En manos de quién estamos?

Solo puedo decir que empecemos por algo, por una cadena interminable de pequeños gestos, desarmemos a los niños, por ejemplo.

Es terrible ver a un niño con un fusil al que se le ha robado uno de sus bienes más preciados, al que se le ha robado la infancia y su maravillosa inocencia.

¿Y sí les damos a cambio un libro para que tengan una oportunidad de construir una vida mejor? Los niños tendrán que sostener las distintas civilizaciones el día de mañana, pero para ello hay que dotarlos de los recursos necesarios y ambientes adecuados. 

Se puede empezar dándoles un libro a cambio de que entreguen el arma que alguien les puso un día en sus manos para que matara a otro ser humano.

Ningún hecho sucede de manera aislada. Si pudiéramos dar marcha atrás desde el momento en el que alguien entrega un fusil a un niño, hasta el responsable último de que esto pueda ser posible.

Sin duda nos sorprenderíamos de quienes iniciaron todo el proceso, de quienes están justo en el otro extremo del niño, iniciando está cadena trágica y siniestra que acaba en ese niño disparando contra otro ser humano.

No olvidemos que la guerra para algunos es solo un negocio, una inversión en la que obtener los mayores réditos o beneficios posibles.

Cambiar un arma por un libro, ¡qué cosas digo! A veces me sorprendo a mí mismo, por lo que llego a escribir: Ideas propias de un ser, al mismo tiempo, preso de alguna locura incurable, de una inocencia sin precedentes e iluso hasta extremos inimaginables…, siempre luchando contra lo imposible. Aunque puede que solo los locos, los ilusos y los inocentes puedan cambiar el mundo.

Un antiguo cuento oriental dice así:
Había una aldea a la que nunca le daba el sol por estar siempre bajo la sombra de una montaña. Desde que se tenía memoria, todos los niños enfermaban por la falta de luz, pero nadie hacia nada al respecto y todos los aldeanos vivían resignados ante esta situación.

Cierto día, un anciano harto de lo que ocurría, cogió una cuchara y se dirigió hacia la montaña. Le preguntaron que a dónde iba tan decidido. “Voy a apartar la montaña con mi cuchara”, les dijo.

Sus vecinos se rieron de él. Sin importarle las burlas, el anciano se encaminó con decisión hacia la montaña para apartarla con lo único que tenía para hacerlo: su pequeña cuchara.

Alguien tiene que empezar a cambiar las cosas, aunque sea con  pequeños gestos.

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