Algo sobre las mentiras

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No es necesario dar una definición de lo que significa mentir porque el género humano sabe mucho al respecto. La mentira ha sido, y es, una práctica habitual a la que podríamos tildar de intemporal. Se mentía antiguamente, se miente ahora, y se seguirá mintiendo en el futuro.

Si se habla claramente sobre el tema, se ha de reconocer que, a lo largo de nuestra vida, hemos mentido y nos han mentido también, y, si hacemos el intento de recordar aquellas situaciones en las que hemos tirado de mentirijillas para salir airosos, vendrán a nuestra mente varios recuerdos relacionados con esas prácticas.

También podríamos realizar un ejercicio de memoria intentando traer a nuestra mente aquellos difíciles momentos en los que pudimos comprobar que las personas a quienes les habíamos depositado nuestra confianza, nos habían engañado.

La vida es así, caminamos por ella como si transitáramos en una mar de verdades y también de mentiras que hay que tomarse el trabajo de descubrir.

Aunque habría que reconocer que, dentro de la amplia variedad de mentiras, están aquellas que no lastiman, y otras, en cambio, pueden hasta cambiar los destinos de los pueblos.

Dicen que detrás de injustas guerras también hubieron mentiras que las provocaron. Lo cierto es que, si adjudicáramos categorías para clasificarlas, el listado sería el siguiente:

  • Mentiras inocentes
  • Mentiras piadosas
  • Mentiras dañinas
  • Engaños imperdonables

En nuestra infancia recibíamos pequeños y dulzones engaños con un halo de magia especial, aquello de que en determinada fecha los Reyes Magos visitaban sigilosamente nuestra casa por la noche para depositar obsequios, era ese un engaño que nos generaba ilusiones.

También en ese mundo de infancia, en algunos pueblos, se acostumbraba a meter miedo a los críos para que se quedaran quietecitos dentro de la casa en esas siestas tórridas de verano donde parece que se detiene el tiempo, así los padres descansaban tranquilos y los niños, por temor a un personaje llamado “solapa”, no salían de la casa.

La advertencia sobre la aparición de la solapa no fallaba. Aquel famoso personaje no tuvo una presencia determinada, sino que cada niño o niña se lo imaginaban a su manera. Nunca nadie pudo verle, justamente por la eficacia de la amenaza.

Fuimos creciendo y las picardías nos hicieron mentir también, con solo recordar el “No he podido estudiar porque tuve vómitos” o “No he asistido a tu fiesta porque me sentía mal, muy mareada”. Acusar a una dolencia siempre era oportuno e ideal motivo de pretexto.

Sería interminable y agotador detallar el listado completo de mentiras, por eso es preferible referirnos a esas que no ocasionaban daños, las mentiras piadosas, por ejemplo, una especie de medida solidaria que se toma para no mostrar una verdad cruel a la persona a la que le afectaría.

Sabido es que no todos estamos preparados emocionalmente para recibir noticias espantosas.

Lo cierto es que vamos cambiando, algunos deciden dejar de lado las mentiras y ser sinceros en su vida de adultos, otros, en cambio, siguen con esa costumbre, solo que los métodos se han llegado a modificar.

Hoy ya no es necesario mentir desde un cara a cara, también se puede hacer desde las redes sociales, las que permiten todo tipo de montajes para que la gente se muestre como estrellas de cine, donde se pueden incluso inventar escenarios que no les son propios.

Hasta tal punto se ha llegado que parecería que la vida de algunas personas es todo una mentira. Muestran lo que quisieran haber logrado, quizás desde una problemática de autoestima baja, entre otros motivos.

Pero como la vida es limitada, y lo sabemos, lo mejor es hacer honor a la verdad, ser auténticos incluso con nosotros mismos, como bien recomendaba Niezstche cuando decía: “Conviértete en quien eres”.

Porque de eso trata el haber descubierto el verdadero sentido de vivir, de ser sinceros, de no engañarnos ni engañar. La pose es solo eso: pose, mientras, la vida pasa por otro lado.

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