Algo sobre el perdón

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Nuestra existencia en el mundo está signada, posiblemente, por el destino. A cada persona le ha tocado nacer y asimilar determinadas circunstancias, las que difieren entre unos y otros. A propósito de ello, un refrán que nunca ha perdido vigencia es aquel que reza:

“Unos nacen con estrella y otros, en cambio, nacen estrellados”.

Sin embargo, aunque la suerte acompañe a los más privilegiados, existe un componente que resulta común a todos los seres humanos, desde el más exitoso al más desgraciado. Se llama DECEPCIÓN.

¿Quien no se ha decepcionado por culpa de algo o de alguien a lo largo de su existencia? Unos más, otros menos, pero todas las personas, en mayor o menor medida, vamos sufriendo decepciones. La razón es simple de entender: radica en nuestra imperfección de humanos desde la que solemos equivocarnos, erramos y no llegamos, a veces, a alcanzar lo que nos hemos propuesto.

Pero hay algo más respecto a las decepciones: ocurre que pueden ser otras personas quienes las provocan, porque nos ocasiona decepción quien nos hiere en nuestra buena fe, quien traiciona nuestros sentimientos.

En ese tema existe también una segunda parte: la de la disculpa o el perdón que solicita quien ha quebrantado la confianza.

Cierto es que nos han mentalizado con la idea de entender que existen enmiendas, por lo que no debiéramos dejar de aceptar unas disculpas o un perdón. Pero en ese tema el que manda es nuestro corazón, y si desde nuestro interior no se siente realmente que todo queda debidamente saldado, las palabras de aprobación serán vanas, es que la intención de perdonar suele estar relacionada con el tamaño de la ofensa recibida.

Siempre manda el corazón, incluso sobre la razón. Por eso ocurre que asistimos a actos de perdón en los que algunas personas, por grandeza o por amor, perdonan lo que para otros podría resultar imperdonable. De ello sobran ejemplos: un Papa perdonó a quien intentó asesinarlo. Traiciones olvidadas. Infidelidades perdonadas. Será por eso que el mundo no se ha partido en trozos a pesar de que a lo largo de los tiempos y en nombre de conquistas y de muchas cuestiones más se afectaron pueblos en luchas encarnizadas, sin embargo, hoy se convive con las heridas cicatrizadas.

Si se dejaran de lado las connotaciones religiosas del perdón para intentar entenderlo como un proceso terapéutico necesario, quizás se avanzaría sobre todo para entender que el factor tiempo es fundamental para que las heridas cicatricen, ya que no se trata solo de perdonar con palabras a quienes nos han afectado, sino más bien de realizar un proceso de sanación sobre nosotros mismos y, sobre todo, aprender a no responder al recibir un golpe con otro golpe. Las venganzas y las revanchas no conducen a nada positivo, al contrario, solo generan más dolor. Aquello de “acción-reacción” no es válido en estos temas.

Consideremos al tiempo como un aliado imprescindible, confiemos en nosotros mismos y en nuestra capacidad de sanarnos, así como lo hacen los animales que se lamen las heridas para curarlas. Igual.

Hemos recibido decepciones y seguiremos recibiéndolas, ellas son parte de la vida, pero a pesar de eso, deberíamos de centrarnos en la idea de encontrar la calma, esa ansiada serenidad que nos merecemos para vivir mejor, y para eso nada más recomendable que olvidar o al menos alejarnos de los daños recibidos, porque como decía Vicente Blasco Ibáñez:

“Poseemos dos fuerzas que nos ayudan a vivir: el olvido y la esperanza”.

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Silvia Alasino
Escribo para la gente que valora la vida. Solo si se tiene sensibilidad, se habrá encontrado el verdadero sentido de nuestra existencia. Mis primeros libros: “El círculo” y “Emigrando”.

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