El minuto 90 aparece en pantalla y, aun así, el partido sigue como si el cierre no estuviera escrito en ningún lado.
Ese desfase no es solo nervio de final apretado, porque tiene que ver con qué se considera interrupción y con cuánto tiempo “real” se jugó de verdad.
FIFA explicó durante el Mundial de 2022 que el “actual playing time” había subido hasta una media de casi 59 minutos, tras pedir calcular el añadido con más precisión para compensar pérdidas de tiempo.
Por eso el 90’ rara vez es 90’, y la discusión se amplifica cuando el encuentro se sigue a la vez por TV, clips, marcadores en vivo y notificaciones.
En ese ecosistema digital también aparecen plataformas como Scores 24, que incluyen resultados y secciones de apuestas, y por eso resulta coherente que figure un acceso como casa de apuestas online México.
Con esa base, lo primero es aterrizar qué se suma exactamente cuando el balón no rueda, porque ahí empieza el cálculo del añadido.
El añadido no es “capricho”: qué cuenta como tiempo perdido
El añadido existe para compensar el tiempo que se va en pausas inevitables y demoras evitables.
La clave es que no se compensa “lo aburrido”, sino lo que interrumpe el juego de forma medible.
Las Reglas de Juego enumeran causas típicas de tiempo perdido como sustituciones, evaluación y retirada de lesionados, pérdidas deliberadas, sanciones disciplinarias, paradas médicas permitidas, retrasos por VAR, celebraciones de gol y cualquier otra causa relevante.
Eso explica por qué un partido con pocas faltas puede tener mucho añadido si hubo VAR, lesiones o celebraciones largas.
También explica por qué un partido bronco puede tener poco añadido si, pese al ruido, el balón rodó y se reanudó rápido.
La suma se decide por cada mitad, porque el primer tiempo puede ser limpio y el segundo un festival de interrupciones.
El añadido, además, no es un castigo para nadie, sino un intento de devolverle al partido lo que perdió por el camino.
Y cuando se entiende esa lógica, el debate deja de ser “me robaron minutos” y pasa a ser “se jugaron o no se jugaron”.
El cartel del cuarto árbitro marca el mínimo, no el cierre
La pantalla de “+X” suele leerse como si fuera un cronómetro exacto. En realidad, ese número es el mínimo de tiempo añadido decidido por el árbitro al final del último minuto de cada parte.
El cuarto árbitro lo muestra, pero la decisión y el control siguen siendo del árbitro principal. Ese matiz cambia todo, porque el mínimo se puede aumentar si pasan más cosas dentro del añadido.
Y ese mínimo no se puede reducir, aunque el ambiente pida el pitido por cansancio o por ansiedad colectiva.
Por eso un “+5” puede acabar en “+7” si hay una lesión, una revisión o una pérdida descarada de tiempo en el 92’.
Y por eso también hay finales que “se sienten eternos”, aunque el árbitro solo esté devolviendo interrupciones que ocurrieron delante de todo el mundo.
Tiempo efectivo: el partido que ocurre cuando la pelota está viva
El tiempo efectivo no es el tiempo total, sino el tramo en el que el balón está en juego y el partido respira.
Ese concepto aclara por qué dos partidos con el mismo resultado y la misma duración pueden sentirse completamente distintos.
Un encuentro puede durar 100 minutos de reloj y, aun así, tener menos fútbol real que otro que dura 96.
El añadido intenta proteger ese tiempo efectivo, porque evita que los últimos minutos se conviertan en una secuencia de pausas estratégicas.
De hecho, muchas de las situaciones que más disparan el añadido son, precisamente, las que rompen el ritmo del tiempo efectivo.
En partidos con ventajas mínimas, ese ritmo se negocia con cada saque, cada cambio y cada reanudación, y ahí se entiende por qué el árbitro está mirando el reloj con atención quirúrgica.
Cuando se habla de “se jugó poco”, en realidad se está hablando de tiempo efectivo bajo, aunque no se use esa palabra.
Y cuando se habla de “se jugó hasta que empataran”, casi siempre se está confundiendo la emoción del momento con la contabilidad de las interrupciones.
Cómo leer el añadido sin pelearse con el reloj
El añadido se interpreta mejor cuando se mira el partido como una suma de pausas, no como una cifra final.
En vez de obsesionarse con el “+X”, conviene identificar qué cosas grandes ocurrieron en los últimos quince minutos.
Una pauta práctica es sencilla, y suele bajar la frustración en caliente.
- Si hubo VAR largo, el añadido sube porque el juego estuvo parado.
- Si hubo varias sustituciones, el añadido suele subir por acumulación de paradas.
- Si hubo lesiones con asistencia, el añadido sube porque la evaluación consume tiempo real.
Otra pista útil es recordar que el añadido mostrado es mínimo, así que un evento dentro del añadido puede estirar el final sin que sea “extra de regalo”.
También ayuda entender que el árbitro no “paga” un error de cronometraje del primer tiempo cambiando el segundo, porque las Reglas lo prohíben de forma explícita.
Con esa lectura, el añadido deja de ser misterio y se convierte en algo bastante lógico, incluso cuando molesta.
Y, de paso, se vuelve más fácil distinguir entre una decisión discutible y una decisión impopular, que no es lo mismo.
Finalmente, el fútbol se juega con un reloj, pero no se deja dominar por él como si fuera una fábrica.
Cuando el añadido se mira como una forma de devolver tiempo perdido, el “partido largo” deja de parecer conspiración y se parece más a una factura que nadie pidió, pero que igual toca pagar.


