En 1994, la pequeña localidad costera de Orphea, en los Hamptons, queda marcada por un crimen múltiple ocurrido durante la inauguración de su festival de teatro. Dos jóvenes policías, Jesse Rosenberg y Derek Scott, logran cerrar el caso y seguir adelante con sus vidas.
Veinte años después, cuando Jesse se dispone a abandonar la policía, la periodista Stephanie Mailer aparece con una acusación incómoda: sostiene que la investigación de 1994 señaló al culpable equivocado y que una prueba decisiva estuvo siempre a la vista. No tarda en desaparecer. La coincidencia parece demasiado precisa como para ignorarla, y obliga a Rosenberg y Scott a volver sobre un expediente que ambos consideraban resuelto. La búsqueda de Stephanie se convierte así en una investigación doble: qué le ocurrió a la periodista y qué pasó realmente aquella noche de verano.
Dicker alterna 1994 y 2014 y va ampliando el foco mucho más allá de los dos policías. Orphea se revela como una comunidad llena de relaciones cruzadas, ambiciones, resentimientos y pequeñas mentiras que, vistas desde lejos, podrían parecer triviales. De cerca, algunas resultan bastante menos inocentes. A la investigación se suma Anna Kanner, subjefa de la policía local, mientras otros habitantes del pueblo aportan recuerdos contradictorios o demasiado convenientes.
La novela funciona como un rompecabezas coral: cada personaje parece guardar una pieza, pero no está claro si sirve para completar la imagen o para desviarla. El festival de teatro, los periódicos locales, las carreras políticas y los asuntos privados se mezclan con la pesquisa criminal, creando una sensación persistente de que Orphea ha aprendido a convivir con una versión cómoda de su pasado. La amplitud del reparto exige cierta atención, aunque precisamente esa dispersión permite que sospechas aparentemente menores cobren peso de forma gradual.
Más que apoyarse solo en la pregunta de quién cometió los asesinatos, el relato juega con otra inquietud: cuánto puede deformarse una verdad cuando pasan veinte años y demasiadas personas tienen motivos para protegerla. La desaparición de Stephanie pone en marcha esa revisión y convierte un caso aparentemente cerrado en una carrera contra el tiempo, con pistas que cambian de sentido a medida que el pasado vuelve a ocupar el presente.


