Noche del domingo 30 de octubre de 1938. Por las ondas de la CBS sonaba música de baile cuando, de repente, un locutor interrumpió la programación con una noticia urgente: algo grande había caído en una granja de Grover’s Mill, Nueva Jersey. Lo que siguió fue uno de esos momentos que, décadas después, todavía cuesta calibrar con exactitud.
La emisión formaba parte de The Mercury Theatre on the Air, el espacio dramático que Orson Welles —23 años, ya con fama de enfant terrible del teatro neoyorquino— dirigía para la CBS. Aquella noche habían elegido adaptar La guerra de los mundos, la novela que H. G. Wells publicó en 1898. Pero en lugar de narrarla como una obra teatral al uso, el equipo de Welles la disfrazó de cobertura informativa en directo: boletines que interrumpían la música, corresponsales supuestamente desplazados al lugar de los hechos, partes ficticios de autoridades que iban perdiendo el control de la situación. El oyente que sintonizara la CBS a mitad del programa, sin haber escuchado la presentación inicial, tenía bastantes razones para dudar.
La ambientación ayudó. La invasión marciana de Wells, que transcurría originalmente en la campiña inglesa victoriana, se trasladó a Nueva Jersey —un escenario perfectamente reconocible para la audiencia estadounidense— y se actualizó al presente. Las criaturas que salían del cilindro metálico que se había estrellado usaban rayos calóricos. Las comunicaciones se cortaban. Las autoridades no daban abasto. Era, en definitiva, el lenguaje exacto que la radio informativa había ido construyendo durante años para cubrir catástrofes reales.
Y 1938 no era precisamente un año tranquilo. La crisis de los Sudetes había mantenido a medio mundo pegado al receptor durante semanas, esperando noticias que podían cambiar de un momento a otro. En ese clima, un boletín de emergencia activaba reflejos muy concretos.
Lo que pasó después es donde la historia se complica. Al día siguiente, la prensa describió una oleada de pánico nacional: ciudadanos huyendo en coche, llamadas masivas a comisarías, gente convencida de que los marcianos estaban arrasando el noreste del país. Titulares contundentes, relatos dramáticos, la imagen de una nación en shock. El problema es que esa versión no resistió del todo bien el escrutinio posterior.
Investigaciones más recientes —entre ellas la del historiador Jefferson Pooley y el sociólogo Michael Socolow— sugieren que la audiencia real del programa era bastante más pequeña de lo que los periódicos daban a entender, y que los casos de pánico genuino fueron más acotados de lo que las primeras crónicas indicaban.
Dicho esto, tampoco hubo silencio. Sí hubo llamadas. Sí hubo confusión. Algunos oyentes, especialmente quienes habían perdido el aviso inicial, interpretaron los boletines como noticias reales y reaccionaron en consecuencia. La pregunta es si aquello fue un pánico masivo o un malentendido puntual que la prensa amplificó hasta convertirlo en mito. Probablemente algo intermedio, aunque los periódicos de la época tenían sus propios motivos para exagerar: llevaban meses en guerra abierta con la radio por la publicidad y la credibilidad del público.
Welles compareció ante los periodistas al día siguiente con cara de no entender muy bien qué había pasado. Dijo que jamás habría imaginado esa reacción. Puede que fuera sincero, puede que no. Lo cierto es que la controversia lo catapultó a una fama que difícilmente habría conseguido con una adaptación más convencional.














