Opinión

¿Dios? No. ¿Jesús? Menos. ¿Navidad? ¡Saquen las luces que la casa no se adorna sola!

La Navidad es una época bastante extraña. La celebración está envuelta en costumbres que no tienen ni pies ni cabeza. ¿Un pino con luces en medio de la sala? ¿Calcetines enormes rellenos de dulces colgados en la chimenea? ¿Renos voladores, muñecos de nieve y un señor obeso vestido de rojo obsesionado con los niños? Si los extraterrestres nos visitasen por estas fechas, no creo que supieran exactamente qué pensar de nosotros.

¿Y qué decir de la música? La cosa se pone más absurda todavía con villancicos sobre montarse en un burro y atravesar tiempo y espacio hasta llegar a la Belén del año 1 d.C., con un reno con una nariz fosforescente víctima de Bullying, o con cantares que aseguran que la mismísima madre de Dios va a bajar del cielo para mandar a los políticos corruptos al infierno (de esta última no es que me queje, es más, si llegase a pasar, quiero una retransmisión en directo, en 4K, ¡eso si es motivo de celebración!).

Por esto y muchas cosas más, y a pesar de (o, quizás, más bien debido a) sus excentricidades, la Navidad es una de mis épocas favoritas del año. Cuando piensan en esa persona que decora cada recoveco de su casa y lugar de trabajo, esa persona que pone villancicos a todo volumen en el estéreo, esa persona que prepara recetas navideñas durante la totalidad de noviembre, diciembre y hasta la mitad de enero, o persona que se ha ganado un cinturón negro doble dragón de especialista en envoltura de obsequios, chicos, esa soy yo.

¿Lo irónico? Soy atea hasta la médula.

¿Lo interesante? No creo que celebrar la Navidad y no creer en algún dios sean conceptos enfrentados entre sí.

Obviamente, a la hora de explorar la raíz de la celebración, no se puede dejar de reconocer el origen religioso de la Navidad. Sin embargo, ¿es realmente la religión lo que nos impulsa a celebrarla hoy en día?

Como la mayoría de los países de tradición cristiana sabe, la Navidad no es, ni más ni menos, que la celebración del nacimiento de Jesús de Nazaret, reconocido por varias tradiciones como el Hijo de Dios y una de las figuras centrales de La Biblia. No obstante, cuando hablamos de fechas exactas, la cosa se torna algo vaga.

El Nuevo Testamento, que describe el nacimiento de Jesús, nunca habla de un día en específico y resulta algo impreciso en los detalles. ¿Y cómo no iba a ser impreciso si los Evangelios fueron escritos entre unos 50 y 100 años después de los hechos que narran? Hay quien incluso habla del posible nacimiento de Jesús durante septiembre, octubre o agosto, si tenemos en cuenta el calendario lunar que se usaba en la época. Siendo así ¿Por qué tanto afán con diciembre?

Muchos autores explican la necesidad de la joven Iglesia de eliminar festejos paganos para poder extender la fe, ¿y qué mejor forma de hacerlo que reemplazándolos? No es coincidencia que la navidad suela celebrarse por las fechas del solsticio de invierno, ampliamente celebrado por muchas culturas antiguas. La Iglesia hasta tuvo el buen sentido de rescatar algunas tradiciones paganas (a saber, pinos decorados, ciertas comidas y hasta los intercambios de regalos).

Habiendo restado la religión de la ecuación ¿Nos queda realmente algo para celebrar? Yo creo que sí.

La Navidad, más que de fiesta, regalos, lotería y comida deliciosa, se trata de felicidad. Sí, por muy cursi que suene. En este mundo moderno en el que vivimos, lleno de compromisos, lógica y trabajo, lleno de malas noticias y de conflictos, un descanso es más que merecido. Pero no me refiero necesariamente a esas vacaciones en las que el mundo a nuestro alrededor continúa moviéndose a su ritmo mientras nosotros nos asoleamos en la playa. Eso no tiene tanta gracia. Hablo de una época en la que todo parece ponerse en pausa.

El tiempo se torna excepcional, nada funciona como normalmente. Las cosas a nuestro alrededor tienen más luces y color. La comida es más rica. La gente es (o por lo menos intenta ser) más amable. Las personas buscan unirse, saltándose diferencias económicas y sociales regularmente insalvables. Incluso naciones enemistadas son capaces de detener las hostilidades, como ocurrió durante la famosa Tregua de Navidad de 1914, cuando, en plena Primera Guerra Mundial, unas tropas de Alemania e Inglaterra protagonizaron un alto al fuego espontáneo que pasó a la historia.

La Navidad es una especie de espacio temporal artificial creado por nosotros mismos. Una pausa en el tiempo que decidimos dedicar a nuestra felicidad. Ya sea en una comida con la familia, en una fiesta con los amigos o en una noche tranquila tomando chocolate junto al gato. No hay muchas ocasiones en las que celebrar el ser felices solo porque podemos, y festejar esos momentos encapsulados en los que la felicidad concentrada nos inunda.

Cuando estudiaba en el colegio católico solía pensar que era curioso que la Navidad fuera más celebrada que la Semana Santa, muerte y resurrección de Cristo y, según la Iglesia, la fiesta más importante de la cristiandad. Ahora, años después, creo que puedo entenderlo mejor.

Una familia pequeña, feliz por el nacimiento de su hijo en medio de condiciones tan adversas, es un mito con el que todos pueden identificarse. Ellos, a su manera, lograron hacer que su momento de felicidad encapsulada resonara de tal manera que hoy, milenios después, seguimos con la tradición. Es algo diferente, sí, porque los tiempos cambian, pero se trata de esa misma felicidad pura.

Y es que, tomándome el atrevimiento de parafrasear a Tolstoi, “la infelicidad nos hace distintos, pero la felicidad, oh, la felicidad termina por hacernos a todos iguales”.

Luigina Lamanna C. es licenciada en Periodismo y especializada en Producción de Medios. En un triángulo amoroso con la escritura y el dibujo. Vivo a base de libros, películas, música y videojuegos. Se aceptan pagos con helado. Autora de la novela Juggernaut → Disponible en Amazon. Twitter | Instagram

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